La culminación de nuestro fracaso sería escondernos, rendirnos o apanicarnos frente a la acción de unos muy pocos. Nuestro fracaso sería permitir que el futuro de esta comunidad sea impuesto por aquellos que no quieren escuchar -menos razonar- y por aquellos que quieren ver fracasar los caminos del diálogo.
Por: Jorge Navarrete.
Fotos: Verónica Ortíz.

  • 28 febrero, 2020

Podremos largamente discutir sobre cuáles han de ser las funciones y roles del Estado. Pero si hay uno principal, fundante y que justifica su existencia, no es otro que el de preservar la seguridad de los miembros de la comunidad política. Puestas así las cosas, hemos fracasado de manera estrepitosa.

Han fracasado nuestras policías y funcionarios judiciales, al verse sorprendidos y sobrepasados primero, como ineficaces e irrelevantes después. Han fracasado las autoridades políticas del gobierno, los que -partiendo por el Presidente de la República- parecieran no comprender que el exceso de palabras y discursos ha sido inversamente proporcional a la efectividad de sus acciones y deberes. Ha fracasado la clase política dirigente; la que, hundida en sus pequeñeces y mezquindades, no sólo ha sido incapaz de lograr un real acuerdo para condenar la violencia, sino que -desde sus propios partidos o algunas organizaciones sociales- la han tolerado, justificado y alentado, al punto de muchas veces ponerse al margen de la ley y el orden social.

Pero, qué duda cabe, fracasamos todos nosotros: me refiero a la gran mayoría de ciudadanos que dejamos que las cosas llegaran hasta aquí, y que, puestos en esta coyuntura, no hemos tenido la capacidad, coraje o posibilidad de levantar la voz y hacer efectiva la voluntad de esa gran mayoría silenciosa de ciudadanos.

Esa mayoría silenciosa, que estoy convencido anhela la paz, la prosperidad y la justicia, es tan diversa como lo es nuestro país. Sin embargo, y cualquiera sea nuestra condición social, opción política o identidad cultural, estamos ahí los que creemos en la democracia y la libertad, como los que sostenemos que un país mejor es aquel que le otorga igualdad de oportunidades a todos sus hijos para poder prosperar y ser felices. Y aunque podremos diferir apasionadamente en los instrumentos o caminos, en lo que sí deberíamos estar de acuerdo es que este país debe construirse con el esfuerzo de todos.

Y por eso que la culminación de nuestro fracaso sería escondernos, rendirnos o apanicarnos frente a la acción de unos muy pocos. Nuestro fracaso sería permitir que el futuro de esta comunidad sea impuesto por aquellos que no quieren escuchar y menos razonar, por aquellos que quieren ver fracasar los caminos del diálogo y que menos todavía quieren que fruto de éste pueda avanzarse en un nuevo pacto económico-social y político-institucional. Entonces, nuestro mayor fracaso sería terminar como aquellos mismos que estamos criticando, cuestionando los caminos que colectivamente nos hemos dado, o agitando el miedo, la intolerancia o la violencia verbal o intelectual con quienes piensan diferente.

En esa gran mayoría silenciosa, están los que votarán apruebo y rechazo en el próximo plebiscito, aquellos que piensan que debemos contar con una nueva Constitución y los que sostienen que los cambios deben acometerse reformando la actual, aquellos que promoveremos el diálogo y la confrontación política civilizada y respetuosa; en definitiva, aquellos que estamos esperando, y queremos, que se visibilice de una vez por todas esa mayoría silenciosa y se manifieste la real voluntad ciudadana.