En estos momentos se discute una reforma a la ley de Derecho de Autor que data desde 1970. Un asunto de vital importancia para cualquier melómano o músico y, por cierto, para todos los cibernautas.

  • 24 agosto, 2007

En estos momentos se discute una reforma a la ley de Derecho de Autor que data desde 1970. Un asunto de vital importancia para cualquier melómano o músico y, por cierto, para todos los cibernautas. Por Andrés Valdivia.

Esta no es la primera vez que el asunto de los derechos de autor se hace un espacio en esta columna y no es extraño que así sea. Vivimos tiempos vertiginosos desde el punto de vista de las tecnologías disponibles y, como ha ocurrido siempre, esto implica climas turbulentos para una industria que basaba su rentabilidad en que nunca ocurriera lo que la técnica hoy hace posible.

Los datos son claros: la industria discográfica, su modelo de negocios y también gran parte de sus estrategias, estándares y formas de operar, está contra las cuerdas. Si ya alguna vez el viejo y ruidoso casete había amenazado con hacer daño a las cifras de ventas de música en el mundo, el CD generó una revolución en una industria que mantenía una potencial amenaza en las sombras. La autocomplacencia se instaló en un mercado basado en una asimetría: si la tecnología imperante permitía a la industria digitalizar música y distribuirla eficientemente en un formato seguro inviolable para el usuario, al mismo tiempo doblaba su capacidad y reducía su precio a la mitad cada 18 meses. De modo que tarde o temprano, las cosas tenían que cambiar.

Hoy, cualquier persona puede crear contenido digital relativamente profesional –canciones, videos, fotografías, textos y remezclas de todas las anteriores– a muy bajo costo y distribuirlas globalmente vía internet. Al mismo tiempo, los consumidores han decidido que el precio que se les cobra por la música envasada está sobre lo que están dispuestos a pagar y se han lanzado a compartir sus discotecas en los sistemas p2p de la web.

Como siempre, correspondía legislar para estar a la altura del nuevo escenario: una nueva ley de Derecho de Autor está siendo discutida en nuestro Congreso y los distintos intereses involucrados entran en pugna. La idea es enchular nuestra legislación haciéndose cargo del creciente problema de la piratería y de la necesidad de equilibrar los intereses de los titulares de derecho de autor con el “interés común”. La respuesta de la nueva ley para la piratería sería aumentar las penas, pero en el resto de los asuntos en disputa la cosa se ve más ambigua. Entre la Sociedad del Derecho de Autor y organismos como Derechos Digitales (www.derechosdigitales.org) se está librando un notable debate en blogs de estos temas, uno que, para variar, poco espacio ha tenido en los medios tradicionales. Una de las propuestas de la SCD, particularmente resistida por los organismos que abogan por leyes menos restrictivas, es la de instaurar un impuesto a cualquier aparato o soporte capaz de reproducir contenidos, impuesto que sería entregado a los autores, previo cobro de una tarifa por el organismo. En España existe un impuesto como éste y los resultados han sido, por decir lo menos, bizarros: precios cada vez más altos en la tecnología digital de alcance masivo, multiplicación inusual de CDs del organismo hispano análogo de la SCD y nula caída en los índices de piratería e intercambio de música en internet. Mal.

La discusión está lejos de estar saldada pero, para observar el debate, se hace necesario entender dos asuntos importantes. El derecho de autor no es un asunto inamovible y, de hecho, ha evolucionado sistemáticamente con los cambios tecnológicos en el pasado. Un ejemplo: en 1947, la Corte Suprema norteamericana se metió al bolsillo la ley que imperaba hasta el momento en la que se decía que el propietario de un terreno era dueño del espacio por sobre el terreno hasta los límites del universo. Y claro, el desarrollo de la industria de la aviación y la notable explosión cultural que generó el viaje en avión no habrían sido posibles si cada aerolínea hubiese tenido que pagar a los dueños de cada terreno por los que sobrevolaban compensaciones por su uso. La tensión vuelve a producirse. El fundamentalismo en cualquier extremo del balancín está fuera de lugar y cabe mirar este tema con la cabeza abierta.

Por último, lo de siempre: la música como fenómeno cultural y emocional no está en riesgo de morir. De hecho, la gente la consume más que nunca. El mundo muta, pero la canción aún es la misma.