El nuevo filme de Pablo Larraín es bastante más que una recreación de los días del plebiscito que permitió el regreso a la democracia. Mirando sus imágenes se nos devuelve a un país lo bastante fracturado como para sentirlo propio. Muy propio.

  • 19 julio, 2012

El nuevo filme de Pablo Larraín es bastante más que una recreación de los días del plebiscito que permitió el regreso a la democracia. Mirando sus imágenes se nos devuelve a un país lo bastante fracturado como para sentirlo propio. Muy propio.
Por Christian Ramírez

En una muy lejana época del cine estadounidense –antes de depender con uñas y dientes de los efectos especiales, las secuelas y los reboots– solía achacarse su buena salud creativa y financiera a una notable capacidad para mirar hacia el pasado; para recrearlo, cuestionarlo y, en último término, rehacerlo. O como decía un personaje de John Ford con cierto dejo de ironía, “si la leyenda supera a la realidad, entonces imprime la leyenda”.

La voluntad de remezclar e interpretar la historia hace más sentido hoy, cuando incluso los objetos filmados en un plano pueden borrarse o ser reemplazados por otros con sólo teclear los comandos adecuados. Lo que no garantiza que algo perdurable emane de ahí: ¿se acuerdan de la muerte de Hitler, baleado primero y desintegrado por una bomba después, en Bastardos sin gloria? La historia como jugarreta, como videojuego…

Comparado con esos delirios, NO –el cuarto filme de Pablo Larraín (estreno 9 de agosto)- se encuentra en las antípodas. De partida, porque no pretende simplificar su anécdota (la historia detrás de las campañas de gobierno y oposición durante el plebiscito de 1988) y porque, en materia de películas de época, el cine chileno difícilmente podría aspirar a la parodia, considerando hasta hace muy poco apenas había rozado tímidamente la épica (Violeta se fue a los cielos).

Aunque el primer impulso sería designarla como el capítulo final de una trilogía, integrada también por Tony Manero (2008) y Post mortem (2010), con la que Larraín y su equipo dieron repaso a los años del golpe y la dictadura, la veta memorialista de NO sería inexplicable sin una audiencia previamente preparada por Machuca (2003) y la serie de TV Los 80, que no solo cubren el mismo periodo sino que agregan algo que los anteriores filmes de Larraín habían evitado explícitamente: evocar una puerta entreabierta hacia un mundo ido, hacia algo que se escapó de entre las manos.

En el caso de Machuca, es el anhelo imposible por un Chile que no fue –sin desigualdad, sin fracturas, violencia ni terror–; en cuanto a Los 80, los Herrera aún funcionan (y funcionarán) como espejo de la familia que alguna vez integramos, de la que hoy estamos creando o de la que alguna vez mandamos al diablo. Ahora, dentro de ese panorama, ¿qué le cabe a NO?

Por cierto que parte del filme está ahí para estimular comparaciones con el presente y satisfacer nuestras necesarias cuotas de nostalgia; pero tal como los filmes anteriores del realizador, en su centro también habita un solitario, alguien que voluntariamente se ha situado al margen: René Saavedra (Gael García Bernal), joven y exitoso publicista cuyo pasado como exiliado en México lo pone en la mira de Urrutia (Luis Gnecco), un operador político y líder de oposición, que ve en él a la figura clave para encabezar la campaña publicitaria del “no” en el plebiscito que se viene encima.

A su manera, NO –el filme– es la historia del otro “regreso” de René: uno que va más allá de su vuelta tras el exilio y que lo saca de su capullo protector, de sus presentaciones a clientes y de sus juguetes de niño grande y lo planta en medio de un Chile al que no puede contemplar sin estupor. ¿Esta gente que va a ir a votar el 5 de octubre es la misma que devora horas y horas de tele en sus casas? ¿La misma que está acostumbrándose a la idea de ir al mall, de comprarse un segundo auto, y que aspira a vacacionar fuera del país? ¿Qué tiene que ver ese Chile de crecimiento al 10% con aquellas imágenes del 73: de una capital ocupada, bajo estado de sitio y en blanco y negro?

René, padre separado, con tren eléctrico armado en el living y skate apretado bajo el brazo, no parece el más preparado para contestar esas preguntas -¿acaso resolverlas no le corresponde a los Urrutia de este mundo?- y, sin embargo, él y sus colaboradores en la campaña por el “no” parecen comprender instintivamente una idea que todavía se siente válida en el contexto de la película y en el de un Chile que, noche a noche, aún tratamos de buscar en las noticias de las nueve: la dictadura de Pinochet bien puede haber sido derrotada por las fuerzas democráticas, pero también cayó a manos de la misma nación de consumidores, de clientes y compradores que alimentó inadvertidamente en su seno. Gente dispuesta y entrenada para elegir el producto mejor presentado, el comercial más convincente, la campaña mejor armada. Bajo reglas como esas, el más convincente gana. Y así fue.

Amplificadas a todo el ancho y largo de la pantalla del cine, las campañas del Sí y del No –que se apoderan de la cinta en su último tercio– son el vívido testimonio de tamaño acierto y de tamaña derrota, y no es casual que su versión ficcionada esté llegando a los multicines en los mismos instantes en que tanto el gobierno como la Concertación padecen de síndrome de reformulación de sus respectivas y desgastadas alianzas.

De más está decir que los políticos no salen muy bien parados en esta película tan dominada por publicistas y audiovisualistas. La suya es otra historia, y así lo va dejando claro secuencia a secuencia el guión escrito con máxima concentración por Pedro Peirano. Es más, a ratos NO se siente como la perfecta culminación, la versión madura de aquellos modestos, divertidos –y, al final, perennes– sketchs de Plan Z. Concebidos en el corazón de los años 90, cuando las memorias del plebiscito todavía estaban frescas, producían el curioso efecto de devaluar y fracturar la historia para luego hacerla propia. Con algo de amargura de por medio. Y claro, también alegría.