Aun en primavera, Londres no es la ciudad del amor. Si busca romanticismo y sensualidad, acá no los va a encontrar. Personalmente, no conozco a nadie que sueñe con una luna de miel en el Támesis. La escenografía londinense exuda formalidad, realeza y vanguardia, conceptos que se alejan de los cánones estéticos tradicionalmente asociados a las ciudades parejeras como Roma o París. Pero el problema –si es que se le puede llamar problema– no está en la urbe, sino en sus habitantes. Los londinenses –y en general, los británicos– no hacen del espacio público un territorio de conquista. Hombres y mujeres por igual adolecen de un serio déficit de coquetería. La torpeza con la cual se relacionan los sexos opuestos no tiene nada que ver con la proverbial habilidad latina para flirtear. Lachos y engrupidores tienen la pista pesada en Inglaterra; parafraseando a McCarthy, este no es país para jotes. Dos señales pueden llevar a engaño: después de medianoche, la juventud británica abandona su corrección política y desciende a las cavernas de sus antepasados celtas. El alcohol, como siempre, se encarga de desinhibir las trancas sociales. Según cuenta la leyenda, su uso –y abuso– habría sido incentivado como política pública justamente para aumentar las tasas de reproducción en la población. La segunda aparente contradicción se observa todos los fines de semana en los diminutos atuendos que lucen las adolescentes para salir de fiesta. En Chile serían considerados una abierta y escandalosa provocación a la lujuria. Acá son moneda común, aunque el termómetro marque menos de cero grados. Es verdad que la combinación de mujeres ebrias con semidesnudas puede resultar atómica para la imaginación de los varones inescrupulosos, pero sigue siendo una fachada. A la mañana siguiente, con la claridad que arroja la luz del día, los londinenses recuperan la compostura y la distancia. Sobre todo, la distancia. Hace unos pocos meses el Financial Times publicó una columna titulada “Don’t touch me, I’m British”. En ella, el columnista argumentaba que mientras los franceses no evitaban sexualizar sus encuentros sociales –besándose en el saludo, mirando a los ojos, sonriendo a desconocidos- y los estadounidenses no esquivaban la posibilidad de una conversación aleatoria -en la fila del supermercado o entre las mesas de un restaurante- los británicos evadían ambos comportamientos. Para éstos, el toqueteo y el palabreo abierto serían invasiones inaceptables a la intimidad. Por lo mismo, el autor recomienda abstenerse de las presentaciones espontáneas del tipo “hola, mi nombre es Cristóbal y vengo de Chile” en el pub, reducto de la sociabilidad británica por excelencia. Sabiendo lo anterior, en más de una ocasión he perturbado a mis compañeros de curso con sendos abrazos de cariño que son apenas correspondidos con unas palmaditas en la espalda. Debo confesar que la educada frialdad del inglés promedio tiene sus ventajas. La diversidad de estereotipos culturales encaja a la perfección en un país donde nadie se presta demasiada atención. La chilenísima costumbre de la familia Miranda, usualmente acompañada de pelambre, no se lleva en estos lares. Aun en las pintas más estrafalarias, es raro que te apunten con el dedo –probablemente por lo mismo son tan devotos de las fiestas de disfraces sin motivo especial alguno. Me he encontrado caminando en plena madrugada rodeado de superhéroes, conejos rosados y viejos pascueros fuera de temporada. ¿Significa todo lo anterior que los solteros con espíritu de conquista deben darse por vencidos? Para nada. Parte importante de la población de Londres es extranjera. Descontando a los árabes y a los orientales –quienes por diversas razones tampoco tienen una inclinación especial a la sensualidad–, todavía quedan los griegos, los españoles, los italianos, los portugueses, los nórdicos, los europeos del Este, los africanos y, por supuesto, la gran familia latina, insuperable para estos efectos. Aunque en una ciudad acostumbrada a verlo todo la gracia de ser latino tiende a diluirse, todavía hay instancias en las cuales un par de palabras en castellano basta para el hechizo. Pero tampoco podemos exigir demasiado. Chile no es Colombia ni Puerto Rico. Nuestras ciudades son más bien grises y nuestro temperamento, más bien opaco. Nos decimos latinos cuando nos conviene –como sinónimo de calor y pasión- y lo negamos tres veces cuando nos perjudica –como equivalente de bananero y subdesarrollado. En Santiago no se baila lambada y la atmósfera del Metro no es precisamente erótica. Pasear por la Alameda nunca ha arrancado suspiros. Pero es cierto: nos ponemos más floridos en primavera, cuando el jote criollo disfruta de mejores expectativas.

  • 4 julio, 2011

Aun en primavera, Londres no es la ciudad del amor. Si busca romanticismo y sensualidad, acá no los va a encontrar. Personalmente, no conozco a nadie que sueñe con una luna de miel en el Támesis. La escenografía londinense exuda formalidad, realeza y vanguardia, conceptos que se alejan de los cánones estéticos tradicionalmente asociados a las ciudades parejeras como Roma o París. Pero el problema –si es que se le puede llamar problema– no está en la urbe, sino en sus habitantes. Los londinenses –y en general, los británicos– no hacen del espacio público un territorio de conquista. Hombres y mujeres por igual adolecen de un serio déficit de coquetería. La torpeza con la cual se relacionan los sexos opuestos no tiene nada que ver con la proverbial habilidad latina para flirtear. Lachos y engrupidores tienen la pista pesada en Inglaterra; parafraseando a McCarthy, este no es país para jotes. Dos señales pueden llevar a engaño: después de medianoche, la juventud británica abandona su corrección política y desciende a las cavernas de sus antepasados celtas. El alcohol, como siempre, se encarga de desinhibir las trancas sociales. Según cuenta la leyenda, su uso –y abuso– habría sido incentivado como política pública justamente para aumentar las tasas de reproducción en la población. La segunda aparente contradicción se observa todos los fines de semana en los diminutos atuendos que lucen las adolescentes para salir de fiesta. En Chile serían considerados una abierta y escandalosa provocación a la lujuria. Acá son moneda común, aunque el termómetro marque menos de cero grados. Es verdad que la combinación de mujeres ebrias con semidesnudas puede resultar atómica para la imaginación de los varones inescrupulosos, pero sigue siendo una fachada. A la mañana siguiente, con la claridad que arroja la luz del día, los londinenses recuperan la compostura y la distancia. Sobre todo, la distancia. Hace unos pocos meses el Financial Times publicó una columna titulada “Don’t touch me, I’m British”. En ella, el columnista argumentaba que mientras los franceses no evitaban sexualizar sus encuentros sociales –besándose en el saludo, mirando a los ojos, sonriendo a desconocidos- y los estadounidenses no esquivaban la posibilidad de una conversación aleatoria -en la fila del supermercado o entre las mesas de un restaurante- los británicos evadían ambos comportamientos. Para éstos, el toqueteo y el palabreo abierto serían invasiones inaceptables a la intimidad. Por lo mismo, el autor recomienda abstenerse de las presentaciones espontáneas del tipo “hola, mi nombre es Cristóbal y vengo de Chile” en el pub, reducto de la sociabilidad británica por excelencia. Sabiendo lo anterior, en más de una ocasión he perturbado a mis compañeros de curso con sendos abrazos de cariño que son apenas correspondidos con unas palmaditas en la espalda. Debo confesar que la educada frialdad del inglés promedio tiene sus ventajas. La diversidad de estereotipos culturales encaja a la perfección en un país donde nadie se presta demasiada atención. La chilenísima costumbre de la familia Miranda, usualmente acompañada de pelambre, no se lleva en estos lares. Aun en las pintas más estrafalarias, es raro que te apunten con el dedo –probablemente por lo mismo son tan devotos de las fiestas de disfraces sin motivo especial alguno. Me he encontrado caminando en plena madrugada rodeado de superhéroes, conejos rosados y viejos pascueros fuera de temporada. ¿Significa todo lo anterior que los solteros con espíritu de conquista deben darse por vencidos? Para nada. Parte importante de la población de Londres es extranjera. Descontando a los árabes y a los orientales –quienes por diversas razones tampoco tienen una inclinación especial a la sensualidad–, todavía quedan los griegos, los españoles, los italianos, los portugueses, los nórdicos, los europeos del Este, los africanos y, por supuesto, la gran familia latina, insuperable para estos efectos. Aunque en una ciudad acostumbrada a verlo todo la gracia de ser latino tiende a diluirse, todavía hay instancias en las cuales un par de palabras en castellano basta para el hechizo. Pero tampoco podemos exigir demasiado. Chile no es Colombia ni Puerto Rico. Nuestras ciudades son más bien grises y nuestro temperamento, más bien opaco. Nos decimos latinos cuando nos conviene –como sinónimo de calor y pasión- y lo negamos tres veces cuando nos perjudica –como equivalente de bananero y subdesarrollado. En Santiago no se baila lambada y la atmósfera del Metro no es precisamente erótica. Pasear por la Alameda nunca ha arrancado suspiros. Pero es cierto: nos ponemos más floridos en primavera, cuando el jote criollo disfruta de mejores expectativas.

Por Cristóbal Bellolio/ desde Londres

Aun en primavera, Londres no es la ciudad del amor. Si busca romanticismo y sensualidad, acá no los va a encontrar. Personalmente, no conozco a nadie que sueñe con una luna de miel en el Támesis. La escenografía londinense exuda formalidad, realeza y vanguardia, conceptos que se alejan de los cánones estéticos tradicionalmente asociados a las ciudades parejeras como Roma o París.

Pero el problema –si es que se le puede llamar problema– no está en la urbe, sino en sus habitantes. Los londinenses –y en general, los británicos– no hacen del espacio público un territorio de conquista. Hombres y mujeres por igual adolecen de un serio déficit de coquetería. La torpeza con la cual se relacionan los sexos opuestos no tiene nada que ver con la proverbial habilidad latina para flirtear. Lachos y engrupidores tienen la pista pesada en Inglaterra; parafraseando a McCarthy, este no es país para jotes.

Dos señales pueden llevar a engaño: después de medianoche, la juventud británica abandona su corrección política y desciende a las cavernas de sus antepasados celtas. El alcohol, como siempre, se encarga de desinhibir las trancas sociales. Según cuenta la leyenda, su uso –y abuso– habría sido incentivado como política pública justamente para aumentar las tasas de reproducción en la población. La segunda aparente contradicción se observa todos los fines de semana en los diminutos atuendos que lucen las adolescentes para salir de fiesta. En Chile serían considerados una abierta y escandalosa provocación a la lujuria. Acá son moneda común, aunque el termómetro marque menos de cero grados. Es verdad que la combinación de mujeres ebrias con semidesnudas puede resultar atómica para la imaginación de los varones inescrupulosos, pero sigue siendo una fachada. A la mañana siguiente, con la claridad que arroja la luz del día, los londinenses recuperan la compostura y la distancia. Sobre todo, la distancia.

Hace unos pocos meses el Financial Times publicó una columna titulada “Don’t touch me, I’m British”. En ella, el columnista argumentaba que mientras los franceses no evitaban sexualizar sus encuentros sociales –besándose en el saludo, mirando a los ojos, sonriendo a desconocidos- y los estadounidenses no esquivaban la posibilidad de una conversación aleatoria -en la fila del supermercado o entre las mesas de un restaurante- los británicos evadían ambos comportamientos. Para éstos, el toqueteo y el palabreo abierto serían invasiones inaceptables a la intimidad. Por lo mismo, el autor recomienda abstenerse de las presentaciones espontáneas del tipo “hola, mi nombre es Cristóbal y vengo de Chile” en el pub, reducto de la sociabilidad británica por excelencia. Sabiendo lo anterior, en más de una ocasión he perturbado a mis compañeros de curso con sendos abrazos de cariño que son apenas correspondidos con unas palmaditas en la espalda.

Debo confesar que la educada frialdad del inglés promedio tiene sus ventajas. La diversidad de estereotipos culturales encaja a la perfección en un país donde nadie se presta demasiada atención. La chilenísima costumbre de la familia Miranda, usualmente acompañada de pelambre, no se lleva en estos lares. Aun en las pintas más estrafalarias, es raro que te apunten con el dedo –probablemente por lo mismo son tan devotos de las fiestas de disfraces sin motivo especial alguno. Me he encontrado caminando en plena madrugada rodeado de superhéroes, conejos rosados y viejos pascueros fuera de temporada.

¿Significa todo lo anterior que los solteros con espíritu de conquista deben darse por vencidos? Para nada. Parte importante de la población de Londres es extranjera. Descontando a los árabes y a los orientales –quienes por diversas razones tampoco tienen una inclinación especial a la sensualidad–, todavía quedan los griegos, los españoles, los italianos, los portugueses, los nórdicos, los europeos del Este, los africanos y, por supuesto, la gran familia latina, insuperable para estos efectos. Aunque en una ciudad acostumbrada a verlo todo la gracia de ser latino tiende a diluirse, todavía hay instancias en las cuales un par de palabras en castellano basta para el hechizo.

Pero tampoco podemos exigir demasiado. Chile no es Colombia ni Puerto Rico. Nuestras ciudades son más bien grises y nuestro temperamento, más bien opaco. Nos decimos latinos cuando nos conviene –como sinónimo de calor y pasión- y lo negamos tres veces cuando nos perjudica –como equivalente de bananero y subdesarrollado. En Santiago no se baila lambada y la atmósfera del Metro no es precisamente erótica. Pasear por la Alameda nunca ha arrancado suspiros. Pero es cierto: nos ponemos más floridos en primavera, cuando el jote criollo disfruta de mejores expectativas.