Por Roberto Sapag
Director Revista Capital

Tal vez porque es una tema que está en boga en Chile, el recientemente conocido ranking internacional de educación preparado por The Economist Intelligence Unit y Pearson ha sido objeto de mayor análisis y discusión. En especial lo ha sido el caso de una nación, Polonia, que hoy ocupa el décimo lugar de la medición, situándose por encima de países como Estados Unidos, Alemania o Nueva Zelandia.

El milagro polaco en educación, como lo califica la prensa, en realidad tiene poco de milagroso, en el sentido de que los avances registrados por ese país en cosa de 15 o 20 años no son obra de fuerzas misteriosas o sobrenaturales. El avance educacional de Polonia es resultado de una decisión-país ejecutada rigurosamente por etapas a partir de fines de los años 90.

Fue en 1999, una década después de deslastrar el sistema educacional de las pesadas cargas ideológicas del anterior régimen político, que se instrumentó una reforma que dio mayor responsabilidad a las autoridades locales, reorganizó la red escolar, reformó los métodos administrativos y de supervisión; cambió el currículo, introdujo un nuevo sistema centralizado de exámenes, introdujo cambios al financiamiento a través de subvenciones a los gobiernos locales, y ofreció incentivos a los docentes.

La reforma llevaba aparejado un cambio esencial en la arquitectura del sistema, el que pasó de un modelo de ocho años de enseñanza básica, seguidos de cuatro o cinco de secundaria o de tres de formación profesional, a otro conocido como 6+3+3, consistente en seis años de primaria, tres de secundaria inferior obligatoria (llamada “gimnasio”), y otros tres o cuatro de secundaria superior o de formación profesional básica. Y junto a las reformas estructurales, en lo espiritual, si se quiere, se promovió un sistema conocido y potente de incentivos a profesores y alumnos, con mediciones permanentes y con una conexión entre resultados en aula y las remuneraciones y carrera profesional de los docentes.
Una década después, en 2009, los cambios progresaron con una nueva ola de reformas que potenciaron en los alumnos las habilidades, las competencias transversales, la resolución de problemas y la experimentación.

Hoy en Chile hay amplio consenso en la necesidad de dar un salto en materia educacional y antecedentes como los que revela el caso de Polonia deberían estar muy presentes en la discusión. No significa esto que sea un modelo que haya que seguir calcado, porque evidentemente son realidades distintas y porque hay otras aristas políticas y sociales que considerar (el proceso polaco ha tenido bemoles). Pero sí se trata de una experiencia interesante, inevitable y avalada por los números que permitirá sacar más de una lección y poner el acento sobre lo realmente relevante, a saber, incrementar el capital humano y hacer más solventes a todos y cada uno de los habitantes del país. •••