Todos los que escriben poesía en español algo le deben, pero es difícil saber dónde están los herederos de Nicanor Parra. Su presencia tan física, e inevitable, aunque la ejerciera desde Las Cruces, nadie ni nada la ha reemplazado. Existe tras la forma en que cantamos cuecas y hacemos arte conceptual. En cómo leemos desde Shakespeare hasta los rayados en las paredes de los baños públicos. Sin él, es difícil saber cómo leer sin confundir lo accesorio con lo esencial y viceversa.
Por Rafael Gumucio.
Foto: Álvaro de la fuente

  • 20 diciembre, 2018

Por de pronto, los jóvenes parecen leer con más furia que ayer a Enrique Lihn y Raúl Zurita, que son dos posibilidades de Nicanor Parra, pero también hay formas de mezclar la lucidez del profesor de física con algo de la vieja alquimia del verbo. ¿Es que volvieron los versos de los poemas poéticos? ¿O la irradiación de la obra de Nicanor y las complejidades detrás de sus aparentes chistes necesitan tiempo para decantar?

Me inclino por esta última posibilidad. Parra es para estos tiempos una lectura contradictoria, la de un hombre que no sentía ninguna nostalgia por el pasado pero que tampoco se hacía ninguna ilusión sobre el presente, aunque amaba el siglo XXI. Estaba feliz en la incertidumbre misma de estos tiempos. ¿Pero no es esa felicidad, de lo que él llamaba “la farándula”, algo más del siglo XX? ¿No son profundamente infelices los que nacieron en este tiempo en que ya nadie niega que la verdadera seriedad resulta cómica? Quizás admitir que vivimos en “contradicción sin conflicto”, como nos pedía Nicanor, resulta más difícil que nunca en un mundo que prefiere “la contradicción sin verdadero conflicto” de las redes sociales. Ese mundo en que parece cool no leer Neruda porque confesó demasiado y no leer al Lemebel porque es una “loca suelta” que los propios alumnos rechazan por miedo al contagio. Esta sociedad no es un lugar en que “El rap de la sagrada familia” o “El poeta y la muerte” de Parra resulten del todo cómodos.

No hay muerto malo, dice el dicho, pero Parra era peor que malo, era profético. No hemos aún reparado en ese otro legado, el incorrecto, quizás porque la sombra del duelo no nos deje leerlo lejos del personaje complejo, pero amable, que se refugió en sus últimos años. Parra fue lo último grande que nos pasó, lo último consensual que unió extrañamente tiros y troyanos –Piñera y Bachelet, por ejemplo–. Quizás por eso no queremos volver a hundirnos en sus versos contradictorios y afilados como cuchillos que disolverían como una bruma el falso consenso.

Hay en lo que publicó, y seguramente en textos inéditos, mensajes de Parra para este tiempo raro. Pero por cierto ninguno de ellos son simples o unívocos, todos cubren de perfume no poca dosis de un sano veneno. Un sano veneno del que no sabe en qué dosis estamos dispuestos, en estos tiempos en que nos aferramos a cualquier cosa que se parezca a creer, a tragar.

Parra es un poeta incómodo escondido detrás de la más grata idea de rockstar con que supo revestirse al final. Su poesía no es difícil de leer, pero uno se puede demorar una vida o dos en asumir lo que aparentemente dice por decir, como un hijo de vecino. Nunca fue un hijo de vecino. Siempre fue una cátedra parte de una universidad invisible. Esa incomodidad es una de las bases de su literatura. Nicanor, para volver a ser Parra, tiene que volver a ser molesto. El tiempo del duelo no ha permitido volver a su poesía. Cuando lo hagamos nos encontraremos con el más incorrecto de todos. Envidio desde ya a quienes descubran como si fuera la primera vez la montaña rusa y la sangre de narices.