Cuarenta y ocho años debieron pasar para que llegara a nuestra lengua el primer libro de Philip Roth. Una mirada furiosa, que anticipa los temas y estilos del gran autor judío americano. 

  • 27 julio, 2007

 

Cuarenta y ocho años debieron pasar para que llegara a nuestra lengua el primer libro de Philip Roth. Una mirada furiosa, que anticipa los temas y estilos del gran autor judío americano. Por Marcelo Soto.

 

Por esas cosas del destino, los lectores en español hemos tenido la suerte de disfrutar en el último tiempo de una marejada de obras de Philip Roth. Hace poco llegó su última novela, la estupenda Elegía, y ahora aparece Goodbye, Columbus, su primer libro, recién traducido al castellano. Hay casi medio siglo entre ambos textos, toda una vida de distancia, y la posibilidad de compararlos es como esos regalos que, por inesperados, nos parecen doblemente buenos.

 

Publicado en 1959, cuando Roth tenía 26, Goodbye, Columbus contiene seis relatos, empezando por el que da título al conjunto, el más largo y el más notable de todos, una novela corta cercana a la perfección. Fuera de estar brillantemente escrita, salvo uno que otro pecado de estilo que perdonamos agradecidos, tiene el ímpetu y el desasosiego de la juventud, unidos a una sabiduría y un rigor que dan señas de un talento superior.

 

La soltura y el virtuosismo que demuestra Roth en este debut narrativo serían difíciles de encontrar en un escritor galardonado de 70 años y por lo mismo resultan aún más sorprendentes viniendo de alguien que entonces no cumplía los 30. Como diría Saul Bellow, “a diferencia de quienes llegamos a este mundo ciegos y desnudos y llorando, el señor Roth ha nacido ya con uñas, con pelo, con dientes, y hablando a la perfección”.

 

Goodbye, Columbus es como la cara B de A este lado del paraíso, la primera novela de Fitzgerald. En ambos libros el protagonista tiene 23 años y conoce su primera gran decepción amorosa, sin embargo, el relato de Roth es menos artificioso y más radical.

 

El protagonista se llama Neil, un chico judío de barrio pobre que conquista a la judía más guapa del sector acomodado de Newark. Parece imposible no enamorarse de Brenda, pese a las galaxias que los separan. Son los años 50 y aunque nadie habla de sexo ni preservativos, los muchachos lo practican sin aspavientos, desatados e impacientes. Roth escribe sobre la intimidad de una manera directa y al mismo tiempo apasionada, como un cruce entre la visión de un cirujano y la de un hedonista romántico, cualidad presente en varios de sus libros posteriores.

 

Así, por ejemplo, describe el primer encuentro amoroso entre los jóvenes: “Cuando empecé a desabrocharle el vestido se resistió un poco, y quiero creer que fue porque sabía lo guapa que estaba con el vestido. Pero mi Brenda estaba guapa de cualquier manera, de modo que lo plegamos con cuidado y nos abrazamos estrechamente y sin mucha tardanza estábamos ya en ello, Brenda cayendo lentamente hacia atrás, con una sonrisa, y yo alzándome”. Enseguida, se permite una licencia sentimental que sin previo aviso da paso a una comparación groseramente masculina. “¿Cómo puedo describir el amor con Brenda? Fue tan delicioso como si por fin hubiese hecho ese vigésimo primer punto que se me quedó pendiente”, dice el narrador, en alusión a un partido de ping pong que acababa de perder. Brenda representa para Neil el paraíso y el infierno juntos, lo que anhela y aquello en lo que no desea convertirse. Bastará una decisión que hoy parece nimia –la compra de un anticonceptivo– para que se derrumbe el espejismo. En este aspecto la novela tiene una potencia política formidable, al desnudar la hipocresía de la buena conciencia de la clase media próspera, tanto como la impostura de los anhelos de ascenso de los letrados pobres. Siempre, por supuesto, desde la óptica de los judíos llegados a Estados Unidos hace dos o tres generaciones, una imagen retorcida de las flaquezas y virtudes de la sociedad americana.

 

La otra cima es El defensor de la Fe, sobre un sargento judío que, tras combatir a los nazis en Europa, llega a un regimiento en Missouri para descubrir en carne propia las causas del antisemitismo. Es un cuento descarnado que provocó la furia del sionismo. De la misma forma relatos como La conversión de los judíos, Epstein y No se conoce al hombre por la canción que canta exploran la epidemia del prejuicio social y religioso, el primero como parábola, el segundo como comedia y el tercero como panfleto.

 

De este modo, Goodbye, Columbus, cuyo título alude a esos cantos de sirena que nos atraen pero pueden conducir al despeñadero, se transforma en una anticipación y resumen de los estilos y temas que Roth abordará hasta hoy, un viaje fabuloso, tan lleno de placer como de culpa, de rabia como arrepentimiento, de lujuria como pesadumbre.