• 22 agosto, 2008

 

¿A qué nos referimos cuando exigimos más crecimiento? Las motivaciones más toscas del actuar humano hay que convertirlas en fuerzas que empujen hacia bienes más altos.

 

Estamos bastante nerviosos por el escaso crecimiento. Casi todas las cifras para el 2008 se corrigen a la baja y, de vez en cuando, recordamos con nostalgia la posibilidad de estar ahora en el 8% anual o más.

 

 

Crecimiento. ¿De qué estamos hablando?

 

Una reunión de 10 ó 15 cincuentones (edad de los balances anticipados y época de los proyectos finales) arrojaría resultados muy dispares si entre los asistentes hubiera total sinceridad (o sea, tendría que ser bien acompañada de alguna mistelita).

Para algunos, la respuesta sería: mejorar el tren de vida que llevo, porque aún hay algunas metas incumplidas, una que otra posición que conquistar, activos que acumular, presencias que consolidar… antes de que llegue la jubilación. Sería la mirada cuantitativa, algo egoísta o, incluso, bastante materialista.

Para otros, el crecimiento quizás estaría más asociado a tareas estructurales y algo más intangibles: agregar valor a nuestras exportaciones, desarrollar los aportes de la ciencia y la tecnología, descentralizar las regiones o consolidar la vida democrática.Podría califi carse a esta respuesta como mirada país (horrendo, pero así se entiende hoy).

Un tercer grupo se iría seguramente por la vía de la contestación cordial y solidaria: crecer de verdad, nos dirían, es superar la pobreza, dignifi car el trabajo, terminar con las divisiones de todo tipo entre los chilenos, facilitar el acceso a los grandes bienes culturales. Sería el grupo de los líderes sociales, de los humanistas.

¿Tres visiones del crecimiento incompatibles, irreductibles unas a las otras? Depende.

Cuando se es niño, en ocasiones se es apartado de algunas actividades y entonces el enano pregunta el porqué. La respuesta, dura y enigmática, le recuerda al niño su lugar relativo: por ahora no; cuando seas grande, sí. Y llega el día en que es grande, o al menos, comienza a serlo. Entonces puede realizar todo o casi todo lo que soñaba. Y se lanza a quemar etapas en la vida, a crecer; pero, curiosamente, siempre le falta algo, siempre está insatisfecho.

Pasa por los 40 y por los 50, cruza los 60 y los 70; y ha seguido creciendo, claro está, porque ha acumulado experiencias, es más conocido, su curriculum dice cada día menos cosas, pero más importantes (a veces basta con su solo nombre para que las puertas se abran de inmediato). Mas la pregunta fundamental sigue viva: y todo este crecimiento personal, ¿para qué? ¿Ha valido las penas (en plural, porque suelen ser muchas)? Desde la niñez hasta la ancianidad, ¿se ha vivido una vida plena?

Los países no son idénticos a la persona individual y, por lo tanto, el proceso de maduración y dudas, de crecimientos y cuestionamientos que cada conciencia se plantea –por ejemplo, hacia los 70 años de edad– no vale igual para la entidad abstracta llamada Patria. Pero las naciones están, tremenda novedad, conformadas por la agregación articulada de conciencias personales: cada chileno –cada cincuentón, en este caso– tiene la posibilidad de contestarse la pregunta por el crecimiento nacional, desde su propia experiencia personal; y ciertamente es mejor que lo intente a los cincuentitantos que a los 70. Al país le sirve más.

Es mejor, porque dadas las tres posibilidades que antes se reseñaban, para un país no da lo mismo que el crecimiento se aborde como el conjunto de cifras que reflejan el aumento de mi poder adquisitivo, o como el conjunto de datos que muestran un desarrollo estructural o como el conjunto de actitudes que hablan de mayor humanización. Son tres conjuntos bien diferentes, con resultados prácticos bien diferenciados.

Pero sigue pendiente la pregunta… ¿son tres conjuntos irreductibles? No. Al igual que en una persona las más básicas tendencias pueden ser corregidas e integradas en ideales superiores (ganar más para servir mejor), el crecimiento de una nación también puede articular -depurándolas– a las motivaciones más toscas del actuar humano (dinero, fama, placer) para convertirlas en fuerzas que empujen hacia bienes más altos (participación, integración) y que finalmente se consuman en los mayores logros (dignidad, trascendencia).

El aprendizaje de esta conjugación de tendencias es lento y no todos lo aceptan como posible. Pero un país de egoístas no subsiste y uno de idealistas no crece. Por eso, el aprendizaje, que es lento y difícil, es tan decisivo y noble como lo es la vida humana. Renunciar a ese empeño, fijarse sólo en las cifras estructurales, lamentarse sin poner remedios costosos pero fundantes… todo eso, lleva a una situación aún peor: conformarse en el futuro con crecer al 2.3%.