“La víctima es el héroe de nuestro tiempo”, escribe el filósofo italiano Daniele Giglioli en su último ensayo Crítica de la víctima (Herder, 2017). Evidentemente, no es un ataque contra las víctimas reales de abusos o injusticias. Lo que Giglioli observa es que “hacerse” la víctima tiene una serie de beneficios, pues se presume automáticamente que la víctima es buena e inocente. Es decir, inmuniza ante la crítica y genera una especie de derecho al reconocimiento moral de la comunidad. Por eso, insinúa, las redes sociales están repletas de acusadores: una vez identificado el victimario, uno queda libre de toda sospecha. Es enteramente comprensible, entonces, que exageremos cada agravio que recibimos. Hasta la falta más mínima se presenta como el peor de los pecados. Ya lo había notado John Locke: la razón por la cual se hace necesario un tercero imparcial para juzgar nuestras disputas es porque somos especialmente severos y desproporcionados con aquellos que nos hacen un mal, pero rara vez consideramos igual de graves los males que nosotros cometemos. 

Un amigo lo definió como el síndrome del Neymar emocional. Más allá de su habilidad superlativa, el crack brasileño se hizo famoso en el último mundial por exagerar a destajo las faltas en su contra. Todavía circula el gif de Neymar rodando hasta el infinito. Algo parecido ocurre en el debate actual: ante un pequeño empellón, nos tiramos al suelo bramando de dolor y exigiendo tarjeta para el agresor. Sabemos lo feo que se pone el fútbol cuando los jugadores caen en esa práctica. El debate público no es la excepción: se pone horrible. Cuando la batalla de los argumentos se pone cuesta arriba, muchos esperan la oportunidad de agrandar una falta que les permita vestirse de víctimas y con ello inhabilitar moralmente al contradictor. El senador Jaime Quintana, por ejemplo, se pasó tres pueblos acusando al presidente Piñera de articular un “discurso de odio” por sugerir obstruccionismo por parte de la oposición. La diputada Andrea Parra acusó de misógino a su colega René Manuel García por una expresión que no tuvo la connotación sexual que prácticamente todos los medios le dieron. Valga la aclaración: el diputado García está lejos de ser santo de mi devoción, pero me parece injusto que no nos hayamos dado el trabajo de analizar de buena fe lo que quiso decir en esa ocasión (en corto, que no se le “caerían los pantalones” como quien no se deja amilanar). Para qué: una vez identificado el victimario, lo imperioso era sumarse a la camotera de las víctimas, aunque sean presuntas. Si andamos por la vida con las antorchas prendidas, siempre encontraremos a quien quemar.

Si el síndrome del Neymar emocional es común en política, lo es más aún en las universidades. En The Coddling of the American Mind, Greg Lukianoff y Jonathan Haidt sacan una extraordinaria foto del momento crítico de la educación superior en Estados Unidos. Muchas de sus observaciones se aplican también a Chile. Son tres los grandes problemas, según los autores. Primero, muchos estudiantes piensan que la universidad debe ser un “espacio seguro”, donde no se vean expuestos a ideas desafiantes o controvertidas que puedan causarles algún cuadro de ansiedad. El fenómeno de vetar invitados en los campus no es nuevo. Lo nuevo es justificar la censura en nombre de la salud mental. Sin embargo, advierten Lukianoff y Haidt, la universidad es el gimnasio intelectual ideal para aprender a enfrentar, en pequeñas dosis como las vacunas, los inquietantes fenómenos políticos que los estudiantes encontrarán fuera de sus burbujas.

En segundo lugar, muchos estudiantes se han malacostumbrado a obedecer a sus emociones, sin necesidad de pasarlas por un filtro de racionalidad crítica. Importa poco si un profesor o un compañero tuvo la intención de causar un daño o si acaso existe mérito objetivo para declararlo. Lo que importa es si acaso los estudiantes se “sienten” ofendidos o vulnerados. Es decir, todo depende de la percepción subjetiva del daño. El problema es que muchas veces nuestras emociones juzgan demasiado rápido y, de cuando en cuando, se equivocan. Sin espacio para generar esa reflexión, el umbral para la victimización es muy bajo. Un ejemplo es lo que ocurrió hace algunos meses con el candidato gremialista a la FEUC. Descontando la arista política del caso, lo más probable es que el centenar de estudiantes que abandonaron el Aula Magna abrazadas y entre lágrimas hayan experimentado una sincera sensación de angustia y vulnerabilidad. Fueron un cuerpo representando una víctima. Lo que faltó fue una evaluación racional del escenario, tomando en cuenta que se trataba de una acusación anónima en redes sociales, sin indicios remotamente serios de su culpabilidad. Las dirigentes sostuvieron incluso que no se sentían seguras a su lado en la tarima, como si el joven en comento fuera un monstruo incapaz de contenerse frente a cientos de espectadores. Una suposición escasamente racional.

Finalmente, agregan Lukianoff y Haidt, el tercer problema es la reconfortante pero distorsionada idea de que el mundo se divide entre los buenos (nosotros) y los malos (ellos). Bajo ese marco, víctimas y victimarios están predeterminados. Ni siquiera es necesario juzgar caso a caso. Lo que hace falta, sugieren, es aplicar el principio de caridad, es decir, hacer el esfuerzo ético e intelectual por interpretar lo que la otra persona hace o dice en la mejor de sus versiones, tomando en cuenta su contexto y considerando la posibilidad de que no actúa motivado por el egoísmo mezquino o es malo del alma. A fin de cuentas, todos hemos sido malinterpretados o sacados de contexto alguna vez. Por el contrario, si no les damos el beneficio de la duda a nuestros pares, la sentencia condenatoria ya viene escrita. En ella, nosotros siempre somos las víctimas, rodando eternamente por el pasto como Neymar, pidiendo tarjeta para el rival, aunque apenas nos hayan rozado.