Marcela Serrano aborda un tema importante –la adopción ilegal en países pobres– pero su mirada es simplista. Por Marcelo Soto

  • 5 mayo, 2008

 

Marcela Serrano aborda un tema importante –la adopción ilegal en países pobres– pero su mirada es simplista. Por Marcelo Soto

 

 

Se habla mucho de la decadencia de la literatura, de la falta de grandes figuras, pero poco se dice del declive de la edición. Sucede que hasta en los libros de autores renombrados no es difícil encontrar errores burdos, que obligan al reseñador a convertirse en profesor de ortografía y sintaxis. Tal reflexión surge luego de la lectura de La llorona, de Marcela Serrano. Siendo una escritora tan popular, sorprende la cantidad de ripios que exhibe su prosa, que debieron haber sido oportunamente corregidos por el editor. Lamentablemente, no es eso lo más grave. Si los problemas gramaticales pueden resolverse,
no pasa lo mismo con las fallas profundas del relato. Una novela, como una casa, no puede estar sustentada en bases débiles. La llorona es narrada desde la perspectiva de una mujer criada en la pobreza y se entiende que su lenguaje sea parco y limitado. La autora, sin embargo, no es capaz de dar vuelo poético al habla de la protagonista y recurre a la frase telegráfica, que dice poco o nada más allá de la anécdota. En resumidas cuentas, la historia es la de una mujer que ha perdido a su hija recién nacida. En el hospital le dicen que ha muerto, pero todo resulta muy extraño y ella intuye que está viva. Al poco tiempo, sin mayores dificultades,descubre una trama ilegal de venta de órganos y adopciones de bebés para losricos. Con la ayuda de una abogada, llamada Olivia, denuncia exitosamente la red de corrupción y se transforma en una figura pública de alcance internacional. Pero la causa está lejos del triunfo, pues hay oscuros poderes involucrados en el tráfico.

Aparte de inverosímil, una falla estructural del relato es su escasa profundidad. El lugar común siempre acecha y Serrano casi nunca sale inmune. El siguiente párrafo ilustra el espesor de la narración: “Una de las cosas que me asombra y duele de este continente, me dijo Olivia un día (…), es que, desde siempre, todo se desvanece. Las cosas y las personas. Mira este invento de las dictaduras militares, de los presos políticos desaparecidos. Y antes, la eliminación de los pueblos originarios, de los insurgentes en las guerras de la independencia, de los mineros y los obreros en las primeras huelgas. Y ahora, hasta los recién nacidos. Siempre se desaparece en este continente”.

Quizá sin darse cuenta, Serrano asume las penumbras de su escritura cuando la protagonista afirma: “descubrí que usar las palabras era como coser a ciegas, por eso me enamoré de ellas y ellas de mí”. Pero, a juzgar por este libro, pareciera tratarse de un amor no correspondido.