Una reflexión acerca de Fernando Rosas, las dimensiones de su legado y los alcances de la pasión de su vida. 

  • 19 octubre, 2007

Una reflexión acerca de Fernando Rosas, las dimensiones de su legado y los alcances de la pasión de su vida. Por Joel Poblete.

Sin habérselo propuesto, esta columna se ha convertido en los últimos meses en improvisado recordatorio de figuras desaparecidas. Tampoco había mayores opciones: considerando los reducidos espacios que los medios tradicionales asignan a la música que no sea popular, instancias como el aniversario Solti o la muerte de Pavarotti eran ineludibles en esta página y, aunque la idea es que no se transforme en una costumbre, en esta ocasión es impostergable recordar al fallecido maestro Fernando Rosas, formidable en su labor al frente de la Fundación Beethoven y la radio del mismo nombre, y por el incansable trabajo que desarrolló con la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile, todos hitos de la difusión de la música en nuestro país, además de magníficos ejemplos de tozudez y quijotismo artísticos.

Las interesantes declaraciones que Artes y Letras de El Mercurio publicó tras la desaparición del director de orquesta, extraídas de una entrevista concedida el año pasado al recibir el Premio Nacional de Música, además de confirmar su enorme humanidad y el cariño con que se entregó a las misiones en las que se había embarcado, son muy reveladoras de puntos que rara vez se toman en cuenta al pensar en un músico. De partida, se agradece cómo zanja la permanente discusión en torno a cómo llamar a la música de conciertos: él prefería decirle clásica “o al menos dice que es una denominación menos ofensiva”–, ya que “¡La música docta es una barbarie que inventaron en Chile! Porque, ¿ha oído hablar de pintura docta, de literatura docta? La realidad es que hay música y punto”.

Lo que pudo sorprender a muchos fue cuando dijo en la misma entrevista que los músicos casi no escuchan música, o al menos no de la manera tradicional: “los músicos leen música, porque uno leyendo escucha. No somos grandes auditores, ni grandes dueños de discotecas, ni de equipos de alta fidelidad. Todo ése es el mundo de los aficionados. Porque una cosa es saber de música y otra es saber música. El que sabe de música es quien sabe qué comió Beethoven el 5 de abril de 1821; y el que sabe música es el que conoce la música del compositor, escrita en ese año, desde muy dentro”.

Esta reflexión, que casi puede compararse la célebre frase “viajeros, no turistas” de Paul Bowles en El cielo protector, es tremendamente valiosa y pertinente. Si bien existen melómanos que además de los datos y las colecciones de discos atesoran partituras que estudian y siguen mientras escuchan una grabación, la verdad es que son una excepción que confirma la regla: los fanáticos de la música que compiten por recordar la mayor cantidad de datos de trivia sobre los intérpretes, memorizar las fechas de sus conciertos o están dispuestos a dar la vida por encontrar ese registro histórico que se creyó perdido por años, son una especie muy distinta al músico profesional, serio y riguroso.

De seguro entre estos últimos, a pesar de lo que opinaba Rosas, es posible encontrar a músicos y directores que coleccionen grabaciones, pero es importante establecer la diferencia, que no habla mejor ni peor de uno y otro, pero claramente define la forma en la que se acercan, viven y sienten la música.

En tiempos tan difíciles como los actuales para el mercado de la música “clásica”, cuando los que resisten estoicamente la crisis de las compañías discográficas y el embate de la piratería y la moda de bajar música parecen ser minoría, cada vez se hace más indispensable la existencia de gente que lea música y sepa música, o al menos sienta la música como señalaba Rosas. Que gracias a su entusiasmo y entrega hoy hayan más de 200 orquestas distribuidas en los más lejanos puntos del país, es su triunfo, su legado y el símbolo de la esperanza en que las cosas progresen para que esta música llegue a ocupar su merecido sitial en la sociedad chilena, ese que aún muchos le niegan o ignoran porque la relacionan con el elitismo y la siutiquería. El músico que nos acaba de dejar sabía muy bien que no podían estar más equivocados. Ojalá otros sigan su ejemplo ahora que ya no está.