Aunque corren el riesgo de pasar inadevertidos frente a otros aniversarios musicales más publicitados, los 100 años del nacimiento de Olivier Messiaen nos ayudan a reafirmar la enorme trascendencia de su obra.

  • 11 diciembre, 2008

 

Aunque corren el riesgo de pasar inadevertidos frente a otros aniversarios musicales más publicitados, los 100 años del nacimiento de Olivier Messiaen nos ayudan a reafirmar la enorme trascendencia de su obra. Por Joel Poblete.

Ya pasaron los 100 años del nacimiento de Karajan los de la muerte de Rimsky-Korsakov, y el mismo día en que se recordarán los 150 años de Puccini, el 22 de diciembre, se cumplirán dos siglos desde el estreno de la Quinta y la Sexta sinfonías de Beethoven, que aún siguen siendo dos de las cimas de la música orquestal de todos los tiempos.Pero entre tantos publicitados aniversarios doctos de la temporada 2008, hay uno que ha pasado casi inadvertido para muchos melómanos y que se recuerda en estos días: el centenario de Olivier Messiaen, el notable compositor francés cuyo legado en el siglo XX se ha ido acrecentando y valorando tras su muerte, ocurrida hace 16 años.

La forma en que la vida del músico galo se entrelazó con sus creaciones fue de por sí memorable: una suerte de niño prodigio que llegó a estudiar con Dukas, fue organista de la iglesia parisina de La Trinité durante seis décadas; creó y estrenó en paupérrimas condiciones, durante su cautiverio en un campo de prisioneros en la Segunda Guerra Mundial, una de las obras maestras del siglo XX: el Cuarteto para el fin de los tiempos; y como académico fue indispensable en la formación de otros grandes de la música contemporánea, como Boulez y Stockhausen. Su creación siempre surgió de lo que más amaba: su primera esposa le inspiró el bello ciclo de canciones Poèmes pour Mi, antes de que ella perdiera la memoria y debiera pasarse el resto de la vida en instituciones mentales; y su segunda esposa, la pianista Ivonne Loriod, fue indispensable en el origen, interpretación y rescate de algunas de sus partituras más fascinantes.

Pero es sin dudas en dos vertientes donde podemos encontrar la columna vertebral del arte de Messiaen: por un lado su misticismo, la inquebrantable fe que atraviesa toda su obra, en permanente acercamiento a los misterios del catolicismo, con piezas tan memorables como L’Ascension, las Veinte miradas sobre el niño Jesús, Et expecto resurrectionem mortuorum, la ópera San Francisco de Asís, o su última composición, Eclairs sur l’au-delà, estrenada póstumamente, como si el “más allá” de su título hubiera sido premonitorio. Y la otra fuente que marcó sus partituras fue el canto de los pájaros, cuya fascinación fue tan grande y permanente que no sólo le permitió ser un acucioso ornitólogo, sino además el músico que más profundamente abordó los sonidos de las aves, incluso como método y recurso de composición, en trabajos como Le Merle noir, El despertar de los pájaros, Pájaros exóticos y Catálogo de pájaros.

Considerando que apenas un puñado de compositores en la segunda mitad del siglo pasado logró el reconocimiento público más allá de los inexpugnables círculos de expertos, es notable cómo la música de Messiaen es inconfundible, incluso en el a menudo árido panorama de la música contemporánea. ¿Y qué la hace tan especial? Rechazando y desafiando las convenciones de su época, el francés amplió los horizontes musicales explorando nuevas técnicas, experimentando de las más diversas maneras –como esa curiosa e inclasificable mezcla de orquesta, piano y ondas Martenot en la célebre Sinfonía Turangalila– a través de una música compleja en ritmo y estructura, llena de sorprendentes pero oportunos contrastes, que supo beber del legado de Stravinsky y Debussy, pero también de las más arcanas tradiciones sonoras de Grecia, India, Java, Japón y Bali…

Con todo ese bagaje, es notable cómo el compositor nunca se confió exclusivamente en la técnica, poniendo siempre ésta al servicio de fines estéticos, intelectuales y emocionales, conmoviendo y estremeciendo incluso a los oídos menos refinados. ¿Cuántos autores de música contemporánea pueden decir eso en la actualidad sobre sus partituras? Es que defi nitivamente, por sólo mencionar un par de ejemplos, la sobrecogedora y delicada espiritualidad de Louange à l’Eternité de Jésus y Louange à l’Immortalite de Jésus, ambas del Cuarteto para el fin de los tiempos, no parecen de este mundo, y nos transportan a estadios sonoros y sensibles que pocos artistas han alcanzado.