• 6 abril, 2007

 

No basta una sola explicación para tamaño desastre. Cuando esto pasa tan generalizadamente, es porque las causas son múltiples.
Por Gonzalo Rojas

 

Ni aun requisando todos los ejemplares de la Ley de Murphy existentes en el mercado, el gobierno podría hacer que se olvidase la máxima fundamental que contiene ese texto: todo lo que puede salir mal, saldrá mal.

Es tan continua y extendida la aplicación de esa ley a todas las dimensiones de la vida nacional en las que intervienen la presidenta, los ministros y la Concertación, que algunos han llegado a preguntarse si no corresponde acaso colocar la dichosa norma entre los contenidos mínimos y transversales de la educación. Quizás así, dentro de 20 años, miles y miles de conciudadanos ya adultos dirán que nunca más votarán por tan fieles exponentes de la fatalidad murphyana.

Hay, eso sí, un problema teórico con el librito en cuestión; entre las máximas subordinadas a la principal que contiene la obra, hay una que reza así: las cosas dejadas por sí solas tienden a ir de mal en peor. Aparentemente, es lo único que no calza con los resultados que el país está apreciando, porque en realidad, han sido las cosas en manos del gobierno las que han ido de mal en peor. Pero solo aparentemente, porque también es lícito considerar la posibilidad que un desgobierno como el actual sea equivalente a dejar las cosas libradas a su suerte.

No hay espacio para el listado completo, ni equilibrio emocional que resistiese si pudiera consignarse entero el catálogo de los desastres gubernamentales y concertacionistas, todo logrado en plazo record: Chiledeportes uno, límites marítimos, ceguera educacional, Transantiago, píldora para niñas sin discernimiento, Chiledeportes dos, Ferrocarriles, becas presidenciales, Epopeya, tribunales de familia, crecimiento pobrísimo, segunda pista de Pudahuel, Conicyt, inseguridad ciudadana generalizada, Contraloría vacante, usurpaciones y atentados en la IX Región, Venezuela, la ONU y embajadores que se sinceran… No sigamos, porque se aprieta todo, desde los puños hasta el estómago.

Una sola explicación para tamaño desastre no basta: el historiador intuye y sabe –las dos actitudes se complementan– que cuando esto pasa tan generalizadamente, es porque las causas son múltiples y no hacen más que reforzarse unas a otras, ya que siendo primas hermanas en su maldad, se buscan y potencian.

En primer lugar, la soberbia. Por más de 17 años el concertacionista se ha arrogado en exclusiva el retorno de la democracia, el crecimiento económico y la inserción internacional.

Nada le ha querido reconocer al gobierno de Pinochet. Pero cuando se asume un marco mental de Año Cero, de época originaria, el pecho se infl a, la cabeza se embota, y la vista se nubla. Pareciera que en el reciente cambio de gabinete la presidenta ha comenzado a darse cuenta: “Las cosas no se han hecho bien”, ha reconocido. Pero eso no basta; para desterrar la pegajosa soberbia habría que ir mucho más a fondo, mucho más atrás y deshacer tanta descalificación y tanta humillación.

No basta solo con descubrir atisbos de la propia miseria en el quebrado espejo del Transantiago.

De la mano con la soberbia, se ha presentado el desprecio por la opinión diferente. Acentuada esta tendencia por las recientes mayorías parlamentarias, en realidad han sido 17 años en que el gobierno le ha negado la sal y el agua a la oposición, mientras ésta le salvaba sucesivamente a su principal partido, la DC, y a su entonces presidente estrella, Lagos.

No ha faltado tampoco como causa de tanto desastre la burda provocación, el simple incentivo de nuevos modos de confrontación social, cultural y moral, porque para algunas ministras en ejercicio o ya defenestradas, todas las formas de lucha han sido válidas en ese campo, desde el decreto espúreo hasta la presión a nobles instituciones armadas.

Y no hay que olvidar el simple atolondramiento en la toma de decisiones, la ya reconocida desprolijidad, el no chequeamos a tiempo los antecedentes, todo con tal de ganar votos el año antepasado o de aplacar las furias de los propios aliados en los últimos doce meses. Si las tentaciones electorales le costaron a un candidato aliancista no pasar a segunda vuelta, ahora le están costando a un ex presidente su prestigio y a la concertación, simplemente, el gobierno.

Y más atrás, en dupla, se hacen presentes la mediocridad de los incapaces y la ideología predominante. Sí, porque el verdadero socialismo real se ha instalado en Chile, con sus dos coordenadas multiseculares: muchos mediocres que planifi can sin matices, mientras profi tan del poder, pero inmunes a las consecuencias de sus propias decisiones.

A todo lo anterior se suma el comprensible desánimo de dirigentes, parlamentarios, funcionarios y electores concertacionistas, porque saben que el listado de sus fracasos no es un invento opositor. Lo asumen en silencio, pero se aprecia ya una neblina paralizante en tantos de sus rostros.

Intuyen que la Ley de Murphy quizás sea la Ley de Michelle.