“El secreto del mal”, libro póstumo de Roberto Bolaño, es una colección de cuentos que deslumbra pese a ser una obra fallida, inconclusa. POR MARCELO SOTO Distancias aparte, para la nueva generación de lectores y escritores chilenos la muerte de Roberto Bolaño, en 2003, representa algo parecido al asesinato de Lennon en 1980. Todos quienes […]

  • 20 abril, 2007

“El secreto del mal”, libro póstumo de Roberto Bolaño, es una colección de cuentos que deslumbra pese a ser una obra fallida, inconclusa.
POR MARCELO SOTO

Distancias aparte, para la nueva generación de lectores y escritores chilenos la muerte de Roberto Bolaño, en 2003, representa algo parecido al asesinato de Lennon en 1980. Todos quienes habían seguido sus libros lamentaron la partida del autor como si se tratase de la de un amigo. A ese dolor se unía la triste constatación de que ya no sería posible contar con una nueva obra suya cada dos o tres años.

El consuelo de estos tiempos sin Bolaño –en los que, sin embargo, ha estado más presente que nunca– ha sido la publicación de su narrativa póstuma. Y no ha sido desdeñable. Por el contrario, su mejor novela, 2666, vio la luz en este período, y ahora llega una última evidencia de su maestría en el género corto. El libro se llama El secreto del mal y presenta una serie de relatos, la mayoría inconclusos.

El secreto del mal está lejos de ser perfecto, pero de todos modos es un volumen notable. La gracia de la colección radica en su contundencia, por más fallida que sea. Probablemente tengan razón quienes digan que no está al mismo nivel de Llamadas telefónicas o Putas asesinas, pero tiene algo, una cualidad difícil de definir, que se nos escapa, más brillante, más enigmática, más profunda. Como El último magnate, la gran novela inacabada de Fitzgerald, la colección subyuga tanto por lo que es como por lo que pudo ser.

Compuesto de diecinueve textos, muchos de ellos de 3 ó 4 páginas (el más largo no supera las treinta), el libro está espléndidamente editado por Ignacio Echevarría y puede leerse sin esfuerzo de principio a fin, como si hubiese estado programado para publicarse de tal manera. Incluso el último relato, Las jornadas del caos, termina con una frase que resume de cierta forma todo el libro… y toda la vida de su autor. Obviamente, no vamos a citarla.

Este no es un libro para empezar a leer a Bolaño. Algunos pueden sentirse defraudados al ver el punto final de una historia justo cuando se pone interesante, un fi nal abrupto, desoladoramente abierto, que nos deja con ganas de saber más. Pero tal era la manera en la que el autor entendía el género. Pese a su admiración por Cortázar, estaba más cerca de Borges. Un cuento podía ganar no por paliza sino por una imagen, una frase, una palabra.

En una acertadísima decisión editorial, El secreto del mal incluye dos de sus mejores ensayo-conferencias, un género que el escritor asumía en plan de guerrilla y en el que demostró seguir los pasos de Nicanor Parra: Derivas de la pesada y Sevilla me mata. El primero es un fusilamiento inapelable a la literatura argentina post Borges, del que ni siquiera sus amigos se salvan. El segundo es ya un texto clásico y cifra un demoledor pronóstico sobre la narrativa en español. “Somos como niños atrapados en la mansión de un pedófi lo”, dice sobre los nuevos autores y la herencia que reciben. “Alguno de ustedes dirá que es mejor estar a merced de un pedófi lo que de un asesino. Sí, es mejor. Pero nuestros pedófilos son también asesinos”.

Los cuentos de Bolaño hablan de derrota, que no es lo mismo que el fracaso, derrota que tiene como contraparte la supervivencia de un ente perverso, inasible, que en algunos casos alcanza la dimensión de una película de terror. Debido a que varios están protagonizados por escritores –Laberinto, por ejemplo, magistralmente elaborado a partir de una fotografía donde aparecen algunas de las estrellas de la neovanguardia francesa– se ha dicho que Bolaño peca de intelectual, de artifi cioso. Sin embargo, junto a este tipo de relatos está otra vertiente considerable de su narrativa: la épica de la juventud.

En este aspecto, sobresale un episodio real-ficticio llamado Muerte de Ulises: “Ya no es el joven de pelo largo que una vez recorrió estas calles. Ha venido a México invitado a un congreso de escritores hispanoamericanos. En el congreso participan, por lo menos, dos amigos suyos. Sus libros se leen (aunque no mucho) en España y Latinoamérica y están todos traducidos a varias lenguas.

¿Qué hago aquí?, piensa”. Ahí está, otra vez, la oscura desazón que recorre sus historias.