• 24 junio, 2009


Sin hambre, sin vocación de poder, las nuevas generaciones marchan derecho a la frustración. Que quede claro: el poder no se entrega generosamente ni se hereda: se quita y se usurpa.



Qué duda cabe, el recambio generacional está de moda. Más tarde que temprano, finalmente se instaló en el debate público la urgente necesidad de renovar a una clase dirigente que, tanto en el gobierno como en la oposición, ha sido protagonista de las últimas tres décadas de nuestra historia.

Alentado por los aspirantes y resistido por los incumbentes, se trata de un anhelo transversal, cuya propagación parece no reconocer fronteras políticas. En efecto, en forma adicional al vistoso esfuerzo emprendido por Marco Enríquez-Ominami, también es posible registrar esta tensión en el oficialismo –a través de liderazgo que ejercen Claudio Orrego o Carolina Tohá, por ejemplo–, tal como sucede con José Antonio Kast, en el caso de la oposición.

El recambio generacional es algo mucho más profundo que la sola idea de renovar los rostros. Entre otras cosas, porque nada asegura que los más jóvenes puedan hacerlo significativamente mejor que los que actualmente detentan el poder. Lo que hay detrás, sospecho, es la convicción de que estamos culminando un ciclo político, no necesariamente electoral, que pondrá fin al protagonismo de una generación que tuvo su pasado, que todavía posee algún presente, pero que definitivamente no tiene ningún futuro.

En efecto, no resulta difícil pronosticar los profundos cambios que experimentará cualquiera de las dos grandes coaliciones que finalmente resulte derrotada en la próxima elección presidencial. Tiene razón Frei cuando advierte sobre la posibilidad de que la Concertación no sobreviva a un revés electoral. No fue el primero en expresarlo, palabras textuales utilizó el ex presidente Lagos en una entrevista a Capital hace un mes. En el caso de la Alianza, incluso peor, una derrota en diciembre podría jubilar a una generación que ni siquiera debutó. Es decir, podrían pasar de jóvenes promesas a viejos cracks sin haber pisado la cancha.

Más interesante todavía, a mi modo de ver, es interrogarse por las ideas o estilos políticos que podrían subyacer en estas nuevas generaciones. Así por ejemplo, Kast habló de volver a la raíces del gremialismo, en lo que imagino es un esfuerzo por reconstruir el proyecto histórico y político que oscureció la candidatura de Piñera: me refiero a un movimiento de inspiración católica, conservador y popular, con una genuina preocupación por los más pobres.

En el caso del oficialismo, se trata de una generación que mayoritariamente se crió al alero del diseño y ejecución de las políticas públicas. Menos anclada en los tradicionales clivajes del pasado, navega con más soltura en las turbulentas aguas del mercado, aunque aboga por la necesidad de una adecuada regulación, para que la promesa del mérito y la igualdad de oportunidades no sean sólo una quimera. Reivindica la importancia del Estado y su rol redistributivo, aunque comprende muy bien que la eficiencia y la eficacia son imperativos éticos de la política.

Se trata de dos aproximaciones vagas, cuando no simples o arbitrarias. No podría ser de otra forma: las disputas generacionales están plagadas de estas injusticias. Es cierto que hay “viejos jóvenes”, con ideas, entusiasmo y ansiosos por innovar y construir. En similar porcentaje, supongo, también están los “jóvenes viejos”, cansados, anquilosados en la comodidad de sus puestos y presas de una inercia cuya mayor aspiración es simplemente administrar.

Bienvenida entonces la competencia, la que, igual como sucede en el sector privado, estoy convencido de que –aplicada a la política– redundará en una mejor calidad de nuestros dirigentes y representantes. Sin embargo, he ahí donde estriba la principal deuda de esta nueva generación: la falta de vocación de poder. Si hay algo que hemos aprendido durante estos años es que cuando se hace política con ropa prestada se entra fácil, pero también se sale rápido. El poder no se entrega ni se hereda; por el contrario, se quita y se usurpa. Pero para eso hay que tener hambre, ambición y coraje. De lo contrario, este esfuerzo tendrá otro nombre: la “Pendejocracia”.