• 13 julio, 2010


¿Imagina usted qué no podrían hacer nuestros jóvenes –no los 11 de la Roja, sino todos nuestros jóvenes– si sólo contaran con la educación y el instrumental básico para salir a competir a ese mundo?


scribo estas líneas al día siguiente de que España ganara por primera vez en la historia el derecho a disputar una final de la Copa del Mundo, derrotando a una irreconocible selección alemana. Desconozco, por lo tanto, cuál será la mejor selección de fútbol del mundo… y no me importa.

La copa de Sudáfrica ha sido una experiencia notable. Exceptuando la gravedad intolerante de dirigentes políticos anclados en el pasado a propósito del affaire Kramer- Piñera, el buen humor que se ha respirado en Chile ha sido simplemente fantástico. De alguna manera misteriosa, el esfuerzo, el espíritu competitivo, el temple y la mentalidad positiva de nuestra selección nacional nos hizo sentir a todos como titulares de esas mismas virtudes. Imagine lo que eso vale para un país que aún respira los efectos trágicos del terremoto de febrero.

Notable también, me parece, es la forma en que ese buen ánimo colectivo se extendió en el tiempo para apoyar a las selecciones latinoamericanas que, lamentablemente, fueron quedando en el camino. ¡El sueño bolivariano de Chávez logrado por decenas de hombres corriendo tras una pelota en un continente del que –al menos los chilenos– casi nada sabemos!

No soy sociólogo, periodista deportivo ni buen futbolista, pero intuyo que la experiencia del Mundial no debe pasar de largo sin que aprendamos algunas cosas de ella. Por razones de espacio, aquí van sólo algunas intuiciones básicas. La primera es que nuestro futuro como país pasa por la capacidad que tengamos, casi de manera contrafactual, de derrotar nuestra insularidad y conectarnos al mundo. Pese a que
nuestra economía es incomprensible sin el peso de la actividad exportadora, la que se desplegó de manera formidable durante los gobiernos concertacionistas, nuestra cultura sigue siendo la de isleños temerosos. Pero en Sudáfrica cada chileno tuvo la experiencia, a la distancia, de descubrir un mundo enorme, lleno de posibilidades y desafíos. Las oportunidades de desarrollo profesional que se iban abriendo para nuestros muchachos de la Roja, tras cada jugada de calidad, daban forma a una metáfora sobre los espacios que en este mundo interconectado se abren a quienes saben conjugar talento con esfuerzo y persistencia. ¿Imagina usted qué no podrían hacer nuestros jóvenes –no los 11 de la Roja, sino todos nuestros jóvenes– si sólo contaran con la educación y el instrumental básico para salir a competir a ese mundo?

La segunda intuición tiene precisamente que ver con los dispositivos tecnológicos que nos permitieron seguir en directo cada uno de los partidos, con las excepciones que debemos a la tontera de ejecutivos del “canal de todos”. Chile ha avanzado mucho en materia de telecomunicaciones y desarrollo digital. Como ministro sectorial tuve la oportunidad de aprobar en el Congreso el presupuesto para completar parte importante de la red de fibra óptica nacional. Veo con optimismo el esfuerzo del subsecretario de Telecomunicaciones por negociar junto a nuestros países vecinos mejores precios para la banda ancha. Pero seamos francos: el tren nos deja. Hace pocos días entró en vigencia en Finlandia un proyecto de ley que convierte el acceso universal a Internet en un derecho fundamental. Mientras tanto, nuestros alumnos y profesores aspiran a poder ocupar durante un par de horas a la semana el precario acceso a la red de que disponen.

Nuestras posibilidades de desarrollo, lo sabemos, están estrechamente relacionadas con nuestra capacidad
para integrarnos a ese mismo mundo que durante casi un mes se congregó en torno a los estadios sudafricanos. ¿Cómo hacerlo, si algo tan básico como el acceso a las tecnologías de la información y la comunicación sigue siendo sólo un ruido difuso y lejano para la mayoría de nuestros niños y jóvenes?

Por último, la Copa de Sudáfrica nos dice algo también sobre la forma en que nuestro país se gobierna y debe ser gobernado. En una aguda réplica a la alabanza que un periodista deportivo dedica a Maradona en The New York Times, Daniel Kaufmann argumenta que la diferencia entre la selección argentina y la alemana que la derrotaría inapelablemente radicaba en su “buen gobierno”. Se refería con ello a la capacidad de fijar objetivos y un camino para alcanzarlos, trabajar dura y persistentemente de manera consistente con ellos, aprender de lo errores, así como construir un equipo cuyo valor colectivo es superior al de cualquiera de sus estrellas individuales.

Pocos días después de la derrota de Argentina a manos (o “a pies”) de Alemania, esta última sería vencida por España haciendo gala de un trabajo colectivo brillante.

Es cierto, nuestra selección no alcanzó a avanzar más. Pero nadie duda de la decisión y capacidad de nuestros muchachos para hacerlo el 2014. ¿No es esa otra metáfora sobre la urgencia y viabilidad de hacer de Chile un país desarrollado?