• 27 diciembre, 2010


Su pensamiento de índole metafísica, su carisma de educador y su amor y conocimiento de Jesucristo lo hacen tener siempre una mirada profunda de la realidad. La misma que se espera de un pastor, de un líder, de un conductor.

El nuevo arzobispo de Santiago asumirá el 15 de enero del 2011. Se llama Ricardo Ezzati. Es italiano de nacimiento, pero ha entregado lo mejor de sí a la Iglesia Católica en Chile y, a través de ella, a la nación. Es chileno. Ama a Chile y está agradecido de todo cuanto le ha dado. Las caricaturas que de él se hacen como el hombre “con muñeca política” no se condicen con lo que realmente lo definen: un hombre de gran talante espiritual que quiere con sencillez seguir a Jesucristo y servir a los demás. Y punto.

Su modo originario desde donde se acercó para seguir al Señor es Don Bosco, un hombre visionario que se dedicó a los jóvenes.

Si hay algo por lo que doy fe es que el nuevo arzobispo de Santiago no buscó esta responsabilidad y no hizo nada para que este nombramiento recayera en él. Más bien, me inclino a pensar que hasta donde le fue posible lo rehuyó. A don Ricardo, más que los cargos, le gusta trabajar y, sobre todo, dar testimonio de la verdad que hay en el mundo a la luz de quien precisamente es la verdad: Jesucristo. Ahora bien, una vez nombrado, estará en lo suyo, porque monseñor Ezzati vibra con la vida eclesial, con la liturgia, con las comunidades, con los encuentros con los obispos y sacerdotes, con los colegios y la vida universitaria. El sacerdocio, en sus múltiples y hermosas facetas, es su vida. Lo ha sido siempre. Su pensamiento de índole metafísica, su carisma de educador y su amor y conocimiento de Jesucristo lo hacen tener siempre una mirada profunda de la realidad. La misma que se espera de un pastor, de un líder, de un conductor. Todo lo que diga y todo lo que haga será un aporte de monseñor Ezzati para creyentes y no creyentes. Su clara identidad lo hace abrirse a todo hombre de buena voluntad sin temor alguno. Es un hombre universal.

Ello lo hace ser una persona muy interesante para conversar y muy grata de escuchar. Simpático es monseñor Ezzati, afable en el trato. Se ríe cuando hay que reír y se emociona cuando hay que emocionarse. Y si de ponerse firme se trata, lo sabe hacer, y muy bien. Calidez y firmeza lo caracterizan, como si siempre estuviera educando. Apreciamos a monseñor Ezzati. Su sencillez y afabilidad y la capacidad de diálogo que ha demostrado tener en varias ocasiones inspiran confianza. Usa el mismo traje para ir a visitar a los presos o para ir a conversar con el presidente. Es un hombre transparente y sin doblez. Otro aspecto notable es su gran libertad interior. De Santiago a Roma, de Roma a Valdivia, de Valdivia a Santiago. De Santiago a Concepción y de Concepción a Santiago. Siempre con una sonrisa, viendo en todo ello la voluntad de Dios. Es un servidor, llano y transparente.

Afronta los temas con decisión. No teme a las críticas. Ello es propio del hombre que sirve a la humanidad desde su amor a Jesucristo. Hará una gran labor pastoral en Santiago, siguiendo la huella de monseñor Errázuriz.

Los temas que inquietan y apasionan a monseñor Ezzati son los que tienen que ver con el hombre y su felicidad. Le preocupa una cultura que se ha ido imponiendo y que deja al hombre entre paréntesis en aras de la conveniencia o de la utilidad. Desde la centralidad de Jesucristo pone su mirada en el hombre y en su centralidad. De allí su férrea defensa de la vida desde el momento de la fecundación hasta la muerte natural, así como la urgencia de promover mayor equidad entre los chilenos para que los pobres logren condiciones más humanas de vida. Esta preocupación es movida y alimentada por una vida de oración constante y una lectura meditada de la palabra de Dios y de la rica vida intelectual y pastoral de la bimilenaria tradición de la Iglesia.

Ha sido muy bien recibido el nombramiento de monseñor Ezzati. Empezando por monseñor Errázuriz, con quien ha trabajado por más de veinte años. Los sacerdotes, tanto del clero secular como los religiosos, lo conocemos. Sabemos de su sabiduría y de su firmeza para afrontar los desafíos que la vida va deparando en su belleza y en su complejidad. Sabe que contará con todos quienes, como él, hemos sido tomados por las redes del Señor para convertirnos en sus discípulos.