¿Lo que más escasea en cartelera? Gente de verdad.

  • 27 noviembre, 2008

 

¿Lo que más escasea en cartelera? Gente de verdad. Por Christián Rámirez.

Entre las imágenes más bonitas del año, recuerdo al destartalado Wall-E en el espacio, agarrado fuertemente con su brazo de metal a la nave espacial mientras que con el otro roza polvo de estrellas. Nada hay de natural hay en la escena, pienso: puros pixeles proyectados en pantalla. Bueno, ¿qué importa, si casi todo lo que se ve en el cine en estos días rezuma artificialidad? Por lo menos el robot se movía inspirado por cierto sentido del humanismo. No puedo decir lo mismo del resto de la gente que circula en las películas estos días. Y eso que ellos son de carne y hueso.

No es cosa de acusar de artificialidad a los personajes de Batman, Ironman, Hulk o el último Indiana Jones; mal que mal son invenciones puestas para llenar la trama de un modelo prefabricado. El problema real está en los filmes cuyos personajes deberían reflejar características de un ser humano real. ¿Cuánto de lo que actualmente se exhibe en cartelera se acerca siquiera a llenar ese requerimiento mínimo? ¿Las víctimas de Ceguera, los abuelitos de El regalo, las heroínas de Mamma Mia, los cabritos de High School Musical 3, James Bond convertido en sucesor de Terminator? Tengo la sensación de que el único ser que circula actualmente en los cines capaz de evocar alguna genuina emoción humana es Jack Skellington, el desequilibrado protagonista de El extraño mundo de Jack, reestreno de 1993 (en 3D) protagonizado por monitos de plasticina. Casi todo el resto de los humanos que aparecen nuestras pantallas se comportan dentro de los márgenes del simulacro: guionizados y previsibles en sus reacciones hasta el último detalle, bien podrían ser reemplazados por autómatas.

Fue el francés Robert Bresson quien a principios de los 50, tratando de escapar de la tiranía de esta clase de actuaciones predicaba que los actores deben suprimir sus emociones, sus intenciones, eliminar del rostro todo trazo visible de sus ideas para dejar que estas fl uyan de manera inadvertida desde su interior. Ni siquiera les llamaba actores, sino “modelos”; objetos arrancados de la realidad y puestos en pantalla. Inhumano, dirán; pero basta mirar cualquier imagen de sus películas (Pickpocket, Al azar Balthazar, El dinero), para dejarse seducir por la fuerza vital de estas personas, de esta “gente real”. Claro, el hechizo se acaba cuando entro a ver a DiCaprio y Russell Crowe en Red de mentiras y ¿adivinen con qué me encuentro? Más monigotes