Su pasado la condena y la redime. Educadora por años, Mónica Jiménez sabe que sólo esforzándose al máximo en el metro cuadrado de la sala de clases es posible elevar la calidad de la enseñanza y que, para ello, una prioridad es formar mejores profesores. Sus estrategias de corazón van por ahí, más allá de que en los últimos días sus energías hayan sido focalizadas por el debate de la Ley General de Educación.

  • 25 junio, 2008

Su pasado la condena y la redime. Educadora por años, Mónica Jiménez sabe que sólo esforzándose al máximo en el metro cuadrado de la sala de clases es posible elevar la calidad de la enseñanza y que, para ello, una prioridad es formar mejores profesores. Sus estrategias de corazón van por ahí, más allá de que en los últimos días sus energías hayan sido focalizadas por el debate de la Ley General de Educación. Por Elena Martínez; fotos, Verónica Ortíz.

Hablamos con ella en horas agitadas, cuando los profesores llegaban al Parlamento y los estudiantes marchaban hasta el ministerio de Educación, en protesta por la Ley General de Educación, LGE. Un par de universidades había sido desalojado por Carabineros tras semanas de “toma”. Y como añadidura, la Concertación se dividía ante el acuerdo del gobierno con la Alianza para conseguir los votos que el proyecto necesitaba.

Días tensos para cualquiera. También para ella seguramente, aunque su rostro sereno –si bien algo cansado– parecía decir lo contrario. Tal vez una demostración de que la experiencia acumulada en tareas arriesgadas, como impulsar en plenos años 80 proyectos de participación cívica para el plebiscito y trabajar en casos de derechos humanos en las comisiones Paz y Justicia y luego en Verdad y Reconciliación, no fue en vano. “Esos eran días más difíciles que éstos, ¿no?”, comenta de partida, sonriente, al recibirnos en su oficina del ministerio de Educación, luego de una maratónica reunión con la presidenta Bachelet. A escasos metros de su gabinete la aguardaban impacientes los dirigentes de la Confederación de Estudiantes de Chile.

Asistente social de profesión y educadora de vocación, Mónica Jiménez de la Jara no parece temerle al tremendo desafío que le cayó de golpe cuando reemplazó a la destituída Yasna Provoste. Parece estar más allá del duro entorno que la rodea, con profesores y estudiantes en virtual “pie de guerra”.

Está claro que liderar el Mineduc en las actuales circunstancias no resulta grato ni fácil. Los desafíos son tantos, que alcanzar metas puede parecer una tarea titánica. Alumnos desmotivados, profesores que se niegan por años a ser evaluados y califiados por su desempeño, ranking internacionales en que la educación chilena sale muy mal parada y pruebas que demuestran año a año que las brechas entre colegios públicos y particulares continúan siendo abismales, con niños que no entienden lo que leen, forman parte de este escenario.

Puede ser un panorama demoledor para cualquiera, pero la titular de Educación confía en su experiencia y en su intuición profesional. Sabe de logros concretos, aunque en menor escala. Ex rectora de la Universidad Católica de Temuco, también ha encabezado entidades privadas como la Corporación Educacional Aprender, que maneja dos colegios en poblaciones populares, y la Fundación Araucanía Aprende, que intenta mejorar la calidad de los establecimientos de extrema pobreza en la IX Región.

Un caso es el de la escuela San Francisco de Cunco Chico, la peor evaluada en la prueba Simce, con el más bajo puntaje en lenguaje y matemáticas. Está siendo supervisada desde el año pasado por la Fundación, logrando aumentar notablemente sus resultados tras aplicar una serie de medidas focalizadas en gestión, director, profesores y alumnos. Los magros 152 y 128 puntos en lenguaje y matemáticas aumentaron 50 y 57 puntos, respectivamente, en la prueba siguiente. Un salto notable, si bien falta para llegar al promedio nacional.

Iniciamos la conversación justamente con este caso que, en su opinión, resulta sintomático de que las falencias educacionales se pueden superar con un correcto plan de mejoramiento. “Ellos no creían que podían, pero en la medida en que vieron que había personas que se preocupaban en forma muy dedicada, empezaron a elevar sus expectativas y a pensar que eran capaces de abordar los resultados de la prueba Simce”, dice.

Es lo que llama “la cultura de las altas expectativas”, que aspira a instalar en todos los colegios públicos.

En Cunco Chico se sumaron esfuerzos en infraestructura, y entonces surgieron otros procesos importantes, como el de los profesores: “empezaron a pensar que podían ser competentes y a aceptar que los ayudaran a actualizar sus conocimientos; también, a ser evaluados. Entendieron que la evaluación no era algo que iba contra ellos, sino que los podía beneficiar (…) y comenzaron a sentirse orgullosos de ser profesores”.

Los resultados que se puedan alcanzar en un colegio dependen de lo que califica como “tres círculos virtuosos”: el primero, la autopercepción, es decir, la confianza de que se pueden alcanzar los logros fijados; el segundo, elevar el desempeño de los profesores, lo que redunda en una mejor gestión en el aula. Y el tercero, ampliar la gestión del director más allá de lo administrativo y pasar a la supervisión directa de lo que pasa en la sala de clases y con los estudiantes.

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Para la ministra, estos procesos pueden ser “virtuosos o viciosos” porque, si resultan bien, “todo se va canalizando a que los niños aprendan más y tengan mejores resultados”. Pero si alguno de los factores no se compromete, “todo contribuye a que los niños tengan bajos resultados, se porten mal, haya indisciplina y aprendan menos”.

 

 

 

 

Enseñando a enseñar

Lo que sucede en el aula es la clave de todo, recalca. De hecho, no dudó en llamar a los profesores a asumir sus responsabilidad es como agentes protagónicos ante los últimos resultados del Simce que, una vez más, demostraron que no hay avances en enseñanza básica.

Así, llegó a un acuerdo en el Consejo de Rectores con los decanos de las facultades de Educación, a fin de poner en marcha una estrategia para fortalecer todos los establecimientos que forman docentes. Explica que se aplicará un examen a todos los alumnos de Pedagogía que estén egresando, para poder tener un mínimo: “con ese examen vamos a saber cuánto saben de los contenidos y cuánto saben de la didáctica, y va a servir para que el futuro profesor haga su propio plan de mejoramiento”.

Igualmente, dice, las entidades académicas tendrán información actualizada sobre cómo prepara a los profesores.

También consiguió la aprobación de la presidenta Bachelet para la creación de un currículo mínimo para la formación de los pedagogos, tal como existe para los médicos. En su opinión, esta idea, que pasará antes por una comisión que tratará el tema, “no está en contra de la libertad de enseñanza, sino que es una acción en conjunto de todas las universidades, que se van a sentar en esta comisión de alto nivel”.

Si esos mínimos se cumplen y se cumplen bien, “por lo menos vamos a tener garantizado un currículo mínimo de formación”, anticipa. Y agrega que después podrán venir todos los sellos adicionales.

También está pensando en implementar un plan de apoyo con académicos de universidades chilenas y extranjeras, de
alto nivel en la enseñanza de la Pedagogía.

Estos proyectos, hoy a nivel de las instituciones representadas en el Consejo de Rectores, serán ampliadas a otras entidades de educación superior con las que ya está conversando. Cree que nadie se puede negar porque, afirma, “tener un buen diagnóstico de lo que uno está haciendo y poder recibir los apoyos para mejorar, debería tener el respaldo de todos”.

-Ministra, ¿esto significa que el diagnóstico coincide en que el problema central es que hoy se está enseñando mal a los niños?

-Ese es uno de los factores. Los temas de la educación son multifactoriales. Creo que uno de los elementos son los profesores. Pienso que también tenemos que dar más autonomía a las escuelas. Son las que tienen que tomar la decisión, como las unidades académicas, para hacer su autodiagnóstico. ¿Qué cosas tienen que diagnosticar? Primero, les vamos a hacer mirar el aula. Entrar en todo el tema que se llama gestión curricular y después, en materias como recursos, liderazgo y convivencia.

Para esto –añade– a raíz de la entrega de la subvención escolar diferenciada, el Mineduc habilitó elementos para evaluar los colegios públicos. Estos están en una página web llamada www.plandemejoramiento. cl, la que contiene todos los factores que los directivos de las escuelas deben analizar para saber cómo están funcionando.

Revisando la web, salen factores como el ambiente escolar, las expectativas de estudiantes y maestros, el dominio de los contenidos por parte del profesor, el buen uso del tiempo, la planificación de las clases y los métodos pedagógicos que se aplican. Su mirada apunta, en particular, a acompañar a los docentes en su proceso de perfeccionamiento. Cuenta con admiración que los japoneses, reconocidos mundialmente por sus altos niveles en diversas materias, encargan a los mejores docentes en matemáticas del país la planificación nacional del ramo y los demás profesores siguen esa línea de trabajo.

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-Volvamos al tema de los profesores, ministra. Independiente de que usted diga que hay múltiples factores, los expertos y los estudios aseguran que ahí es donde hay que enfocarse: que los profesores enseñen bien, y supervisarlos…

-Seguirlos, sí. Por eso es importante, por ejemplo, cuando un profesor recién se está incorporando al mundo educacional. Se sabe que en los primeros dos años, un recién egresado, aunque sea un genio, hace sus peores clases, porque le faltan experiencia y el desafío de la sala de clases. Y está probado en los países en que les va bien que necesita un tutor. Entonces, tenemos programas experimentales; pero que tenemos que convertir en políticas públicas, de modo que los mejores, la red de maestros de maestros, sean los que acompañan a los que comienzan.

La ministra confía en que los docentes apoyen esta idea, aunque reconoce que, hasta ahora, en general han sido “un poco reacios” a reconocer sus falencias. Pero recalca que en los planes pilotos en Temuco ha habido buenos resultados, con el apoyo de entidades expertas de Israel. Y recientemente habló del sistema de tutorías con representantes de Nueva Zelanda. Por ello, enfatiza, está pensando, si no en masificarlo, por lo menos en aplicarlo en algunas regiones en una primera etapa.

Yendo más allá, a la evaluación profesional, de modo que los mejores calificados sean premiados y los deficientes obligados a superarse, reconoce que hay una tarea pendiente. Tras años de conflictos magisterio autoridades, el sistema es sólo voluntario. De los 70 mil profesores que hay en el país, 40 mil se han sometido a la evaluación. Muy pocos han sido mal calificados. Para la ministra está claro que “deberían haberse sometido muchos más”, pero puesta a que la institucionalidad que está poniendo en marcha –y que incluye agencias técnicas de supervisión en las escuelas públicas– ayude a avanzar en el tema.

Un eje, enfatiza, es generar una conciencia nacional de la importancia de la evaluación. Para esto, es clave que sean los padres y apoderados quienes exijan a los profesores de sus hijos que aumenten sus parámetros de excelencia. “Sólo así los profesores van a sentirse motivados, seducidos, atraídos… pero somos los padres los que tenemos que pedirlo. Tenemos que pedir que los profesores sean evaluados y que ellos realmente den garantías de que los procesos de evaluación son los mejores”.

 

 

 

 

Creación de pruebas de medición

Su experiencia práctica le dice que también es fundamental no preocuparse sólo de los resultados finales, sino que de seguir, paso a paso, el proceso de aprendizaje. “Por eso no puedes esperar el Simce –sostiene–. Tienes que estar al comienzo y al final del año”.

Y así, adelanta que se crearán pruebas para que los profesores evalúen a sus alumnos al partir el año escolar, tengan claro qué deben aprender y qué conocimientos deberían ir asimilando. “Si todos los años analizamos los resultados y vamos definiendo acciones correctivas pedagógicas, no vamos a llegar al Simce fracasados. ¿De qué te sirve, cuando es tarde?”.

Y en esta tarea deberían cumplir un importante rol las 60 agencias técnicas que verificarán los mejoramientos, según la entrega de la subvención escolar diferenciada. La Universidad de Chile selecciona a las escogidas entre más de mil postulantes.

Hasta ahora, la estrategia afinada por la ministra y su equipo –del cual destaca que “son todos personas con experiencia en el aula, aquí no hay ningún teórico”– aprovechó dos instrumentos ya existentes en el Mineduc: el Marco de la Buena Enseñanza y el Sistema de Aseguramiento de Calidad de la Gestión, y los reformó, poniendo el acento en el aula y el aprendizaje.

Esto, enfatiza, va a marcar la diferencia al final de su gestión. Los recursos van a los establecimientos educacionales más vulnerables y ha elaborado una “vieja forma, pero reciclada, de enfocar el trabajo en la sala de clases”. Explica que todos son profesionales con experiencia, permanentemente enfocados en cómo recibirán y aplicarán estas herramientas el director del colegio o el profesor, “no el que nosotros queremos que sea”, sino “el que tenemos”.

Para ella, “este es el tema”, y reconoce que “me encantaría estar en todas partes hablando de esto”, porque allí, en el aula, es donde se juega el futuro de los estudiantes. Ello, pese a que desde su debut en el Mineduc ha estado abocada en gran parte a la LGE, que reconoce como “un marco indispensable para centrarla no sólo en la libertad de enseñanza sino que en los derechos de la educación y del estudiante, y en los deberes del Estado y poner el acento en
los recursos y en los sostenedores”.

“Mira –añade ya observando su reloj, porque debe reunirse con los estudiantes, según le advierte su secretaria–: cuando un hijo tiene que aprender, uno tiene que buscar al mejor profesor, igual que cuando está enfermo uno acude al mejor hospital. Lo mismo debe imperar en la educación. Todos tenemos que tratar de ser los mejores, para que nos elijan. Y ese es el esfuerzo que tenemos que hacer”.

 

 

 

Cristiana y demócrata, pero no militante

Aunque generalmente se la asocia a la Democracia Cristiana, lo cierto es que Mónica Jiménez de la Jara nunca ha militado en un partido. Se autodefine como cristiana y demócrata, y ha optado por no asumir compromisos partidarios, lo que –según ha señalado– le permite ser más independiente en las tareas de servicio público que se le encomiendan.

Esta convicción le surgió cuando encabezó por años la Comisión Justicia y Paz, dependiente de la Conferencia Episcopal, y luego integró la Comisión Verdad y Reconciliación, y de su independencia en el trabajo con todos los sectores. Respeta a quienes tienen vocación de partido, pero su camino va más por lo que ha calificado como una “vocación integradora”.

Con una trayectoria dilatada, su rostro se hizo conocido a fines de los años 80, cuando fundó la organización Participa. Esta entidad tuvo la ambiciosa tarea de conseguir que muchos jóvenes se inscribieran y votaran en el plebiscito de 1988.

Nunca ha ejercido como asistente social propiamente tal. Tiene un máster en Educación para el Trabajo Social. Cuando todavía estaba en la universidad, fue contratada en Invica, una entidad a cargo de las cooperativas de vivienda.

Pero no hay duda de que su vocación más profunda está en la educación. Miembro del directorio de la Fundación Araucanía Aprende, en la IX Región, era rectora de la Universidad Católica de Temuco cuando la presidenta Bachelet la invitó a asumir como titular de Educación. La tarea académica le apasiona y le ha servido para comprender y reflexionar sobre lo que hoy, como ministra, le toca resolver desde la otra vereda.

Cómo reducir la brecha que hay entre pobreza y calidad de la educación ha sido su norte. En la Araucanía, la zona con peores evaluaciones educacionales de los últimos años, se sumió en diversos proyectos destinados a impulsar una mejor enseñanza.

A contar de 2001, encabeza el proyecto “Universidad construye país”, que apunta a consolidar la responsabilidad social universitaria. En esta iniciativa participan 13 planteles de enseñanza superior. Y, también en el ámbito de la enseñanza, dirige la Corporación Educacional Aprender, que tiene dos establecimientos en sectores populares de la capital; uno de ellos, el Colegio Polivalente de La Pintana.