Su vida ha sido contar historias. Escribirlas, actuarlas, gritarlas. Pero la más dramática, la más sabrosa, la más apasionada, la más vivida, es la propia. Una historia cuyo principal capítulo terminó el 18 de julio pasado con la muerte de su compañero, el arquitecto Fernando Castillo Velasco. Fueron páginas que escribieron juntos durante 69 años, […]

  • 26 agosto, 2013

Monica Echeverria

Su vida ha sido contar historias. Escribirlas, actuarlas, gritarlas. Pero la más dramática, la más sabrosa, la más apasionada, la más vivida, es la propia. Una historia cuyo principal capítulo terminó el 18 de julio pasado con la muerte de su compañero, el arquitecto Fernando Castillo Velasco. Fueron páginas que escribieron juntos durante 69 años, donde la palabra libertad, cuenta ella hoy, fue la clave para entenderse.

Mónica Echeverría Yáñez (93 años) nos recibe en el primer piso de un moderno edificio diseñado por su marido en La Reina. Los muros y estanterías del departamento son un recorrido por la vida de esta familia, protagonista, de uno u otro modo, de la historia reciente de Chile. Ahí está el padre, Fernando, con su arquitectura marcadora y su vida en la DC; está Mónica, combativa, rebelde, sensible, bonita, talentosa. Está Carmen, la documentalista, ex MIR, la mujer que luchaba junto a Miguel Enríquez cuando los tiros lo encontraron en la calle Santa Fe. Está también Cristián y su obra arquitectónica; el ojo artístico de Consuelo; la vida en la comunidad de Pirque de Fernando, y el recuerdo permanente de Javier, muerto en un accidente de auto.

Ahí está Neruda, está la artesanía mapuche, están las pancartas políticas. Está también el registro de una mujer nacida en la clase alta chilena que revolvió el naipe ese día en que decidió entrar a estudiar al Pedagógico de la Chile, por allá por los años 40. Y, claro, el recorte de El Mercurio donde aparecen los flamantes novios, Mónica y Fernando, el día de su matrimonio.

Y está su sonrisa. Porque a pesar de la viudez, la escritora dice que fue muy feliz. Asumida en que la muerte es parte de la vida.

Llena de planes, cuenta que la gran lección que le dejó Fernando es “nunca claudicar. Ésa fue la gran enseñanza y lo que nos unió a los dos, más que millones de otras cosas. Uno cree en algo, uno quiere algo y uno debe hacerlo”.

Así lo hizo también ella a lo largo de su vida. Episodios hay miles: cuando la echaron de su trabajo en las Ursulinas por negarse a cantar el himno nacional en tiempos de Pinochet, o cuando en pleno régimen entró a la Corte Suprema y tiró pescados a los ministros. “La justicia en Chile está podrida”, decía el lienzo que junto a algunas de sus amigas colgaron desde el segundo piso de los tribunales.

Me pide que por favor reservemos algunos secretos, que hay verdades que nadie quiere contar, las más horrorosas e incómodas. Es una lección que también le enseñó Castillo. “Si duramos tanto casados, fue porque hay ciertos secretos que nunca se cuentan”.

Mónica y Fernando

-Su marido fue uno de los arquitectos más importantes de Chile. ¿Cómo fueron sus inicios?

-A los arquitectos en esa época les costaba mucho ganar dinero. Nadie aceptaba si no que casas francesas. Nosotros nos teníamos que vestir de negro o de gris para ser elegantes, nunca de colores chillones, ¿me entiendes? Las casas debían ser todas blancas, los muebles todos franceses. Era un mundo bien cerrado, bien poco interesante…

A él le costó años, porque si le pedían una casa, la hacía al estilo nuevo, como él se la imaginaba. Y se la rechazaban. Se presentaba a un concurso, como el de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, y lo perdía. Era muy difícil.

-¿Quién era su referente?

-Yo creo que Le Corbusier tuvo bastante influencia en él, que era el gran innovador en arquitectura. Pero fueron años difíciles. Pasó mucho tiempo en que todo lo que presentaba nunca sacaba el primer lugar, siempre el segundo o tercero, porque lo encontraban bueno, pero demasiado loco. Hasta que hizo su primera casa.

-¿Cuál fue?

-Mi padre tenía un sitio en José Manuel Infante y yo le dije, “estoy de novia, ¿por qué no le das este sitio a este joven, que es arquitecto?”. Lo llamó y le dijo “usted me hace una casa exactamente igual a la que vivo”, que era de Roberto Cruz, un arquitecto que estaba muy de moda en esa época. Listo y hasta luego, porque mis papás se iban a Europa. Entonces le hizo una casa estilo de él: un town house rojo chillón. Cuando llegaron, casi se murieron. Mi padre dijo “imposible, en esta casa yo no voy a poder vivir. Me voy al Club de la Unión mejor a alojar”.

-¿Cómo fueron sus comienzos como matrimonio?

-Respetamos mucho nuestros caminos. Por ejemplo, después de salir de la universidad fui becada y me fui diez meses a España. Y me fui sola, estando casada y con niños chicos. Él se quedó con los niños y una nana. La gente quedó escandalizada, dijeron que este matrimonio no podía durar, que era un error, etcétera.

-¿Y su marido qué opinaba?

-A él no le importó nada. Tuvimos una relación basada en principios y en darnos una libertad que hoy día nadie se da. En esa época éramos un matrimonio raro, extravagante.

-¿Cómo vivió la época en que él fue rector de la UC?

-El cardenal Silva Henríquez lo apoyó siempre, porque fue el primer rector elegido democráticamente. Él estaba lleno de innovaciones y creó una universidad distinta a la tradicional. Le importaban todos: los administradores, los estudiantes y los profesores. Por ejemplo, inventó un currículo abierto que te permitía que si estudiabas leyes y querías saber algo de literatura o de medicina, te aceptaban para aprender más.

-Y esas ideas, ¿dónde las había visto?

-Recibió a la universidad quebrada y tuvo asesores maravillosos, como Enrique Serrano y Domingo Santa María, el jesuita Hernán Larraín y Nani Fiori, un brasileño que estaba exiliado en Chile. Lo interesante de la quiebra fue cuando el Cardenal le dijo que estaban en una muy mala situación y que quién los iba a apoyar. Fue donde Salvador Allende con Enrique Serrano, y llegan los dos y le dicen: “Necesito que nos ayuden. Estamos muy mal”. Y Allende les dice: “Para mí es un honor que alguien del otro lado venga a pedirme ayuda, les prestamos lo que ustedes quieran”. Ni Fernando pensó que iba a suceder. Ahora, en general, Fernando siempre apoyó al gobierno de Allende para que no sucediera el golpe.

-¿Cómo recuerda el 73?

-Antes del 73 fue una época de entusiasmo, de estar haciendo algo muy original, diferente. Mi clase social decía que esto era un error, cosas terroríficas. Fernando además dirigía el Canal 13, que trataba de dar noticias más generales y no hablar de terror. Eso era, para la clase social a la que nosotros pertenecíamos, un horror y comenzaron a llamarnos por teléfono y a gritarnos “traidores, qué se han imaginado”…

Te lo voy a graficar. Por esas casualidades, veraneábamos en Algarrobo y éramos amigos de todos estos políticos. De Salvador Allende, que estaba abajo; de Eduardo Frei, que estaba un poquito más arriba; de Patricio Aylwin, que estaba por el otro lado. Y en la playa se jugaba, salíamos a bañarnos todos juntos. Comenzó este momento y la división en Chile fue terrible. Fue drástica, espantosa, y nadie más se saludó en la playa.

-Pero vivieron episodios muy duros como familia…

-Una semana después de allanar la Católica, nos allanaron la casa. Fue en la noche, lo que siempre da más miedo. Yo tenía dos hijos pequeños, de seis y siete años. Los sacaron a todos a la calle, a los niños, a las empleadas, a todos. A mí me dejaron en la cama. Quemaron libros, pero no encontraron ni armas ni un plan secreto. Después perdí el trabajo por no cantar el himno nacional en el colegio y dar las gracias a Dios por la salvación del país. Entonces la cosa se fue tornando cada vez más complicada.

-Ahí se fueron de Chile…

-A Fernando le ofrecieron un puesto de profesor en Cambridge. Nos pagaban todo, y yo comencé a trabajar de profesora de Literatura. Estuvimos cuatro años, cuatro años muy difíciles, de mucha angustia. Tienes que pensar que al poco tiempo que habíamos llegado cayó mi hija Carmen muy malherida, no se sabía si estaba viva o muerta.

-¿Cómo fue la espera de Carmen en Inglaterra?

-El Cardenal y la Iglesia se portaron bien. Conseguimos una carta del Papa donde decía que ella estaba embarazada, que tenían que dejarla salir. Llegó muy malherida, tenía pedazos de granada por todo el cuerpo. Una cicatriz que todavía tiene, inmensa. Y el niño murió al poco tiempo de nacer.

-¿No pensaron olvidarse de Chile?

-No, eso no se nos pasó por la mente. Fernando todo el tiempo quería volver a Chile. “Hay que hacer la resistencia”, me decía.

-¿Cómo fue volver al país?

-Lo primero que me tocó fue un 1 de mayo y dos de mis hijos, que estaban acostumbrados a vivir en Inglaterra, dijeron “vamos a salir”. Yo les dije “no vayan vestidos así”, ¡uno con una chomba roja y el otro no sé qué! Los tomaron detenidos inmediatamente y hubo que sacarlos. Por suerte teníamos a Jaime Castillo, que estaba a cargo de los derechos humanos, y que nos salvó muchas veces estando detenidos.

-Usted manifestó sus diferencias con el régimen desde un status social especial. La mayoría de la clase alta estaba con Pinochet.

-Claro. Y se me ocurrían distintas cosas. Una de ellas era ridiculizar a Pinochet. Entonces mandé a comprar un chancho y lo largué en el centro, vestido de Pinochet, con banda tricolor, con gorro, con todo. Corrió unas tres cuadras, porque los carabineros corrieron todos detrás de él. Decía “Vote por mí”. Los detenidos me contaron que los habían puesto a todos en fila, cuando llegan los carabineros con este chancho todo maltrecho, con la gorra por un lado, la banda por el otro, y dicen: “Aquí está el causante de todo el desorden, ¿qué hacemos con él? Vamos a comerlo”. Y era un chancho enfermo (se ríe), así que supongo que todo el cuartel cayó mal del estómago.

Varias detenciones le costaron sus ocurrencias…

-Como seis veces. Pero sabían que detrás estaba el cardenal Silva o la Iglesia, y que era una señora del ex rector.

Los viejos al olvido

-¿Cómo se reintegró su marido a la arquitectura?

-Comenzó a hacer las famosas comunidades, a construir barrios con la idea de hacer arquitectura comunitaria. Era juntar gente que se compraba un terreno y cada uno hacía la casa que quería. Fueron, en parte, para mucha gente que esperaba volver a Chile. Había varios profesores de universidades y políticos, como José Joaquín Brunner.

-Después del plebiscito partió su carrera como político…

-Exactamente. Primero salió de alcalde de La Reina. Era una comuna nueva que él ayudó a fundar con la idea de que cada uno tuviera su casa, de todas las clases sociales. Promovía la autoconstrucción. Eso fue muy hermoso. Y después de ser alcalde varias veces, Frei hijo lo nombró intendente de Santiago.

-Y tuvo que renunciar a ese cargo.

-Renunció porque no le quiso negar una marcha al PC para un aniversario del 11 de septiembre. Fue un gran dolor para él. Tenía todo tan claro, tan estudiado para comenzar a construir un nuevo Santiago y no poder llevarlo a cabo fue una pena. Su idea era sacar a la capital de donde estaba, darle más importancia a las regiones.

-¿Cree que las autoridades escucharon esas ideas?

-No, y él estaba muy decepcionado. Es una ciudad que va al caos por muchas razones. Hacer un barrio sólo para los ricos es absurdo; primero, porque se echa a la persona que ha vivido allí. Segundo, porque los ricos van a necesitar de los pobres. Antiguamente, las viejas casonas de Chile en la calle Dieciocho o Catedral, tenían al lado un conventillo. Entonces de ahí sacaban la lavandera, el chofer, la nana, es decir, se convivía. Un empleado tiene que recorrer dos horas para llegar a una mansión. Es marginar, es tratar de que no se vea, que no se sepa que existen pobres en Chile.

-¿Y mantuvo esa sensación de inconformismo?

-Él no tuvo ningún resentimiento. Pero hay cosas… bueno, nosotros llamamos para el terremoto a algunos políticos para decirles que la autoconstrucción era una solución. Pero la gente se olvida de las personas viejas, de la experiencia.

Salir del clóset

-¿Qué pasó con el Chile que Castillo trató de armar desde la Católica? ¿Se estancó?

-Chile y la sociedad chilena todavía está mal. Es un país en que los ricos ganan demasiado y que los pobres tienen sueldos miserables. La ostentación de los más ricos ha llegado un poquitito a pasarse.

-¿Qué culpa tiene la política en eso?

-Todo el mundo está dominado. Está de capa caída el socialismo. Vamos a tener que reinventar, que recrear, y eso le va a corresponder a los jóvenes. Creo que hubo una generación que sufrió demasiado el golpe militar y se fue a dos extremos: o se quedó estancada, o se vendió. Muchos se dejaron hipnotizar por lo que significaba el bienestar y la riqueza.

-Piñera, Matthei, Bachelet, ¿se hipnotizaron?

-Se saltaron una etapa, veo que les falta contenido. Al ME-O también, es un amor, pero le falta mucho. Pese a ello, no soy pesimista. En Latinoamérica se nota una rebeldía contra todo lo que se ha creado como país. Se están dando cuenta que no son felices. Tengo mucha esperanza, y Fernando también la tenía, en las nuevas generaciones que van a airear, que van a pensar, que van a darse cuenta de todos los errores.

-¿Y usted espera cumplir un rol en esa reinvención?

-Yo siempre trato de revelar la verdad. Y lo hago a través de lo novelesco cuando muestro lo malo que es alguien, lo perverso de una sociedad basada en el dinero, en el capitalismo y en la falta de humanidad, a través de historias que son propias de Chile. Es lo que estoy haciendo. Y en mi próximo libro voy a tratar de explicarlo.

-¿De qué se tratará?

-Se llama Conversos y el derecho a réplica. Es toda la gente de izquierda, algunos exiliados, algunos que estuvieron detenidos, que se ha vendido a este nuevo sistema capitalista.

-La lista es larga…

-Larguísima. Algunos ya se están medio negando a hablar conmigo, pero como ya han escrito antes y yo tengo las biografías, me voy metiendo.

-¿Y cómo llegar a la verdad cuando el otro no la quiere contar?

-Las amantes son muy importantes, ¡y las amantes despechadas para qué decirte! Después los amigos, los compañeros de ruta. Tengo una lista tremenda que voy a tener que interrogar. La idea es delatarlos un poco. Es comprensible que se hayan tentado, pero algunos pasaron de ser perseguidos a ser grandes señores con dos o tres piscinas, con salas de cine, con viajes a todos lados, con avión, con su helicóptero, en fin. No creo que ellos queden demasiado contentos con este libro (se ríe). •••