• 10 julio, 2008

La era de la literatura ligera que en Francia pasaba por posmoderna parece, por suerte, terminada. Fueron cuarenta años —desde La Jalousie, de Alain Robbe-Grillet, en 1957, hasta Les Particules élémentaires, de Michel Houellebecq, en 1998— de sequía. Acaso ningún país con la envergadura cultural de Francia haya producido jamás novelas tan aburridas. Desganados objetos verbales que se acumulaban en las mesas de novedades, con sus petites histoires donde personajes llamados Jo o Bill o X vacilaban durante 120 páginas entre comerse un hotdog o pintarse las uñas, y que en mi época de estudiante en París estuvieron por llevarme al suicidio.

A decir verdad, Patrick Modiano nunca fue del todo de ésos. Pero en la última década venía asentándose un estilo, la “musiquita Modiano”, hecha de melancolía y cariño por el París de su infancia, que lo acercaba a la temible literatura de las pequeñeces. En el café de la juventud perdida, la novela que publicó hace poco y que Anagrama presentará en español a fines de este año, arrasa con su obra reciente y vuelve a mostrar a Modiano como un autor arriesgado.

La época es el comienzo de la década de 1960. El lugar, el café Le Condé, suerte de aguantadero de escritores esotéricos y estudiantes nerviosos, en la zona que corresponde, a grandes rasgos, al carrefour de l’Odéon. Un lugar tan manoseado por la literatura que parece imposible escribir el nombre sin sonrojarse. Lo mismo que la heroína del libro, Jacqueline Delanque, alias Louki, la arquetípica muchacha misteriosa, un poco volátil, un poco inocente y otro poco corrompida, a cuya estirpe pertenecen la Maga de Cortázar o la Holly Golightly de Capote. Y sin embargo, Modiano hace algo sorprendente con estos materiales.

El libro está formado por cuatro monólogos. Esta forma nunca es un juego fácil. El primer narrador, un estudiante de la Escuela de Minas fascinado por la bohemia que jamás ejercerá, presenta a la fauna del café cuyo centro secreto es Louki. El segundo es un detective contratado por el marido de Louki, el maduro e infortunado Jean-Pierre Choureau, para dar con el paradero de la chica. La investigación sirve de excusa para revelar la infancia marginal de Louki. El último monólogo está a cargo de Roland, escritor obsesionado con ideas opacas, como la “zona neutra”, suerte de símbolo del misterio que permea a Louki, que es lo mismo que decir: la juventud. Al final, Roland se entera del trágico final de Louki.

Pero el tercer monólogo es de la propia Louki. Y esto sí que sorprende. Los predecesores de Modiano nunca cometieron la imprudencia de dejar que sus aturdidas heroínas hablaran. Después de todo, eran el emblema de aquello que la racionalidad de los narradores masculinos no podía alcanzar. Darles la palabra, ¿no era violar su necesario misterio? Pero en la emocionante, extraordinaria voz de Louki se nos muestra lo que habríamos debido sospechar desde el principio: que para Louki ella misma es misteriosa. Mejor dicho, lo es la vida, esa vida fugitiva, prostituida, incomprensible que se nos deja entrever.

De esa voz, quizá la más notable de todas las creaciones de Modiano, espero dar una idea con el pasaje que traduzco. Hay que imaginar a una constelación de personajes girando perplejos en torno a un espacio vacío. Y comprender que el espacio también siente perplejidad.

Parrafo escogido

– ¿No quieres un poco de “nieve”?

No entendí el sentido exacto de esta frase, pero la palabra “nieve” me llamó la atención. Me parecía que iba a caer de un momento a otro y volver aun más profundo el silencio a nuestro alrededor. En breve no se oiría más que el crujido de nuestros pasos en la nieve. En alguna parte sonaba un reloj y, no sé por qué, pensé que anunciaba la misa de medianoche. Jeannette me guiaba. Yo me dejaba llevar. Ibamos por la rue d’Aumale, donde todos los edificios estaban a oscuras. Cualquiera habría creído que formaban una misma fachada negra, de ambos lados y de un extremo a otro de la calle.

–Ven a mi habitación… Vamos a tomar un poco de “nieve”…

En cuanto hubiéramos llegado yo le preguntaría qué significaba aquello: tomar un poco de nieve. Hacía más frío por culpa de aquellas fachadas negras. ¿Estaba yo en medio de un sueño, para oír con tanta claridad el eco de nuestros pasos?