Isabel Allende entrega su mejor libro desde Mi país inventado, una chispeante e indiscreta crónica sobre enredos familiares.

  • 21 septiembre, 2007

Isabel Allende entrega su mejor libro desde Mi país inventado, una chispeante e indiscreta crónica sobre enredos familiares.
Por Marcelo Soto.

"No es la verdad expuesta lo que nos hace vulnerables, sino los secretos”, le dice a Isabel Allende su marido y bien podría tal comentario ilustrar la ética de su nuevo libro, La suma de los días. Contar lo que pasó, aunque duela, y eso es lo que la narradora chilena hace en 362 páginas, sin importar que muchas veces ni ella ni su familia queden bien parados. Los que ganan son los lectores.

Allende no es una prosista dotada ni tiene en su registro un abanico de lujos literarios, pero posee una vocación natural, se diría irrefrenable, por narrar. Más que escribir, la autora de La casa de los espíritus cuenta historias, recopila anécdotas y las maquilla un poco, con la imaginación ligera y cariñosa que suelen usar las abuelas con sus nietos. Su estilo irradia simpatía y habría que ser mezquino para negarlo. La suma de los días es la historia de un colapso familiar. Aquí están develados los conflictos que los clanes chilenos ocultan y que han inspirado a buena parte de la literatura nacional, donde la verdad supera a la ficción. José Donoso debió censurar sus memorias, para evitar una guerrilla con algunos de sus parientes, pero Allende ha sido menos precavida y más indiscreta.

El libro se inicia tras la muerte de Paula, hija de la escritora, y se centra en los enredos sentimentales de los sobrevivientes. Nico, su otro hijo, ha quedado tan devastado como la madre, pero encuentra refugio en Celia, una venezolana que desprecia a los gays, no obstante que termina enamorándose de la novia del hermanastro de su marido.

Las pasiones se desatan en una catastrófica cena de Acción de Gracias, que concluye con un enorme pavo lanzado por la ventana. El asunto no es broma y quedan muchos heridos. Celia abandona a su esposo y a sus tres hijos y se va a vivir con Sally, quien por su parte deja con los crespos hechos a su novio Jason, hijo de Willie, el marido estadounidense de Isabel Allende.

“En Chile habría sido un escándalo digno de la prensa amarilla, sobre todo porque Celia consideró necesario anunciarlo con un megáfono y predicar las ventajas del amor gay. Decía que todo el mundo debía probarlo, que era mucho mejor que ser heterosexual, y ridiculizaba a los hombres y sus caprichosos piripichos. Creo que lo supo toda California. Mucha bulla”, dice la escritora.

El clan vive en la región más liberal de Estados Unidos y puede que la ligereza con que se narra el episodio sorprenda a algunos lectores, sin embargo más que una comedia, es un drama, sobre todo porque provoca una distancia entre la autora y su adorado hijo. En este aspecto, en la delicada y explosiva naturaleza de las relaciones filiales, está uno de los puntos altos del libro.

Este tipo de problemas también afecta a Willie, quien tiene tres hijos enredados en la heroína. El caso más penoso es el de Jennifer, una chica atractiva e inteligente, que se pierde para siempre en el bajo mundo de la droga. Un día, tras dar a luz a una niña muy enferma, desaparece sin dejar rastros. ¿Qué hacer con la recién nacida? Después de varias peleas con la burocracia local, la pequeña queda en manos de una pareja de lesbianas budistas amiga de la novelista. Solo en San Francisco.

No todas las historias son igual de atractivas y, por momentos, Allende cae presa de la frivolidad, aparte de su acostumbrada tendencia a mistificar los hechos, pero sus seguidores disfrutarán el libro de punta a cabo, pues incluye anécdotas y revelaciones sobre su proceso creativo y la forma en que surgieron novelas como La hija de la fortuna e Inés del alma mía, además de su trilogía infantil. La autora, afortunadamente, no se toma demasiado en serio, y tampoco es ajena a la autocrítica. Confiesa su temor ante la vejez y reconoce que se hizo una cirugía plástica para estirarse la piel del rostro, que le quedó por un tiempo como “una máscara de madera”. Si alguien pensaba que se codeaba solo con ricos y famosos, estaba equivocado. Incluso las estrellas que protagonizaron adaptaciones fílmicas de sus obras no le devuelven los llamados. Así se define, en pocas palabras: “Los problemas emocionales me producen retortijones de barriga y dolor de cabeza, no puedo ver películas sanguinarias, no me gustan las reuniones sociales, devoro chocolates a escondidas y boto dinero como si éste creciera en los árboles”.