Ya sea por el efusivo y a ratos sobregirado interés del público, la inesperada cobertura mediática o simplemente por los alcances culturales y artísticos de su visita, los ecos del paso por Chile de Ennio Morricone seguirán vigentes por mucho tiempo. 

  • 2 abril, 2008


Ya sea por el efusivo y a ratos sobregirado interés del público, la inesperada cobertura mediática o simplemente por los alcances culturales y artísticos de su visita, los ecos del paso por Chile de Ennio Morricone seguirán vigentes por mucho tiempo. 

Ya sea por el efusivo y a ratos sobregirado interés del público, la inesperada cobertura mediática o simplemente por los alcances culturales y artísticos de su visita, los ecos del paso por Chile de Ennio Morricone seguirán vigentes por mucho tiempo. Por Joel Poblete

“Es sólo Morricone, no Mozart”, escribió un lector en la sección de cartas de El Mercurio hace un par de semanas, en medio del fervor mediático y de público que había alcanzado la visita del compositor italiano. Y es cierto que el asunto ya había alcanzado ribetes inesperados, porque salvo quizás John Williams, los autores de música de película rara vez son famosos a nivel asivo al margen de sus partituras, o al menos más allá del habitual círculo de fanáticos de los soundtracks. De hecho, cuando a fines de los años 80 el compositor francés Maurice Jarre – ganador de tres Oscar y recordado por sus inolvidables melodías en cintas como Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago – aprovechó su visita a Chile como presidente del jurado del Festival de Viña (¡!) para dar un hoy casi olvidado concierto con algunas de sus melodías más famosas, no tuvo ni la tercera parte de cobertura de prensa o de interés del público que logró Morricone en este viaje.

Se habló mucho en estos días de las causas del “fenómeno”: porque era un evento gratuito, porque los medios le asignaron una inédita importancia y, por supuesto, porque nuestro público tiene sed de cultura, aunque es imposible no pensar que enmuchos también pesóuna importante cuota de esnobismo, esa irresistible necesidad de asistir a algo simplemente “porquehay que estar ahí”, aunque no se tenga idea de qué se trata. ¿Y eso significa que los conciertos sólo debían estar pensados exclusivamente para los conocedores de la obra de Morricone? En absoluto, porque tanto quienes se sorprendieron al descubrir que el maestro era el autor de melodías que evocaban imágenes que ya creían perdidas, como quienes se fascinaron por primera vez con la belleza y energía de sus partituras, también merecían ser parte de esta oportunidad única. Incluso es probable que muchos de los asistentes que sólo fueron porque era gratuito o habían escuchado que era “un evento imperdible”, finalmente se hayan convertido en admiradores suyos.

En cuanto al concierto mismo, el programa fue elegido con dedicación y cariño, y no podían eludirse los “hits” más populares, como el ya legendario tema principal de El bueno, el malo y el feo y, obviamente, La misión; pero a pesar de que estos fragmentos fueron los que más fácilmente se ganaron a los espectadores, a título personal, me quedo con los bellos y nostálgicos acordes de Cinema Paradiso, Erase una vez en América, Erase una vez en el Oeste y particularmente el hermoso tema principal de la recordada serie de TV Marco Polo. ¡Cuántos recuerdos! Y por supuesto, la contagiosa fuerza épica de El éxtasis del oro de El bueno, el malo y el feo. Más allá de lo musical, la enorme sencillez, la humanidad y el rigor que pude apreciar en el encuentro de Morricone con artistas locales y en el ensayo general del concierto confirman que tuvimos entre nosotros a uno de los grandes. Su visita fue un innegable acierto de Celfi n Capital, que incluso logró organizar un segundo concierto en tiempo récord. OK, no será Mozart, pero tampoco es “sólo” Morricone.