La serie sobre el asesinato del diseñador Gianni Versace es excesiva, ridícula y por lo mismo, trágica.

  • 18 enero, 2018

Por: Juan José Richards

El formato de las series de antología ideadas por el prolífico Ryan Murphy en el que cada temporada cuenta una historia distinta, corre un peligro: el de la comparación. De sus dos franquicias que funcionan así, la menos convencional y más delirante, American Horror Story, sale beneficiada porque es capaz de reinventarse y experimentar año a año. Pero su hermana más seria y documental, American Crime Story, este año puede no superar una excepcional primera temporada.

Estrenada el 2016, American Crime Story: The People v. O. J. Simpson, abordó uno de los juicios más mediáticos del siglo pasado, fue ovacionada por la crítica, recibió 22 nominaciones al Emmy, ganando nueve de las 13 categorías (más que ningún otro programa ese año) y además de llevarse el premio a la mejor miniserie, obtuvo el Globo de Oro en esa misma categoría. Los elogios fueron merecidos. Más que sobre el juicio o sobre el ex jugador norteamericano, era un relato crudo sobre el racismo, la violencia policial, el sistema judicial, el machismo y, sobre todo, la sociedad del espectáculo.

Para su segunda versión, recién estrenada por FX, los creadores eligieron contar la historia de la muerte del diseñador Gianni Versace, quien a los 50 años recibió un disparo en la cara de la mano de un asesino en serie con el que se había involucrado sentimentalmente. Se trata de una serie excesiva, opulenta y ridícula, pero que encierra –debajo de muchas capas– algo dramático. En el primer capítulo conocemos al manipulador y atractivo Andrew Cunanan, un joven que estudia desde su pieza las revistas de moda y decoración como si fueran libros y que es también un mentiroso compulsivo que se las ingenia para conocer al afamado Versace en una fiesta.

Por otro lado seguimos la despreocupada vida de Versace, paseándose en bata por su palacio, siendo atendido por un séquito de sirvientes, tomando desayuno frente a una monumental piscina. Versace representa la vida de lujo a la que Cunanan aspira a vivir, pero este deseo esconde un secreto: en pocos minutos vemos como el anhelo del joven existe en un filo con la frustración, el desprecio y el odio. Édgar Ramírez y Darren Criss, los dos actores que interpretan a los protagonistas de The Assassination of Gianni Versace: American Crime Story, construyen personajes complejos que representan los dos extremos en los que se mueve la cultura aspiracional que la prensa hizo estallar durante los 90: el famoso y su sombra.

Aunque las actuaciones sostienen a un guion peligrosamente superficial, no todo es un acierto en el reparto de la serie. Ricky Martin, que interpreta a Antonio D’Amico, la pareja de Versace, se ve tieso e incómodo. Por suerte, para compensarlo está Penélope Cruz, quien se luce representando a la hermana de Versace y heredera de su imperio, Donatella. En la mitad del primer capítulo la vemos bajándose de un jet privado en Miami y siendo conducida en limusina hasta la mansión de Versace en Ocean Drive, donde enfrenta a los accionistas y abogados de la firma la misma noche que su hermano fue asesinado. La escena debe estar entre las más logradas en la carrera de Penélope Cruz. La cámara no la deja ir nunca y en un primer plano la actriz tiembla, duda, llora, al mismo tiempo que su personaje asume, con determinación, las riendas de la empresa.

La edición es rápida y se mueve en elementos más propios de una telenovela que de una serie documental. Los escenarios son deslumbrantes, al igual que la banda sonora y la dirección de arte. Pero detrás de todo ese brillo, ese exceso, esa ilusión construida alrededor de la riqueza y la fama que caracterizó a Versace –y que dio origen a la mitología alrededor de las celebridades–, los creadores son capaces de instalar una crítica que apunta a la sociedad de consumo: como espectadores sentimos algo de la miseria humana que carcome a ese joven estudiante que desea pertenecer al olimpo de Versace. Entendemos cómo su anhelo se convierte en odio. Y de un segundo a otro, ya somos sus cómplices.