Mirene Elton, la mujer detrás de la oficina de arquitectura Elton Léniz, detalla el método de trabajo que desde hace 25 años tiene con su socio Mauricio Léniz; cree que en el arte, “el género pasa a segundo plano”, y dice que en sus obras el rol del cliente es primordial: “Detrás de una buena arquitectura, siempre hay un buen cliente”.
Por: Constanza López

  • 20 diciembre, 2018

Aún no había salido de la universidad cuando le encargaron la primera casa. Tenía 25 años cuando ella y Mauricio Léniz obtuvieron el primer lugar en la Bienal Panamericana por la casa Pirihueico –construida a partir de placas de madera terciada, a la manera de un mecano, y cubierta por un techo plano de cobre–, lo que rápidamente los situó, a nivel internacional, en el escalafón de los jóvenes talentos de arquitectura. Los llamaron de buena parte de las grandes oficinas chilenas para reclutarlos, pero ellos decidieron lanzarse solos, en un mini taller en Pedro de Valdivia Norte.

Desde entonces, han trabajado en diferentes temas y a distintas escalas. Desde diseñar objetos y muebles y montajes de exposiciones, a construir más de cien casas, tiendas, galerías de arte y espacios educativos, en Chile y en el extranjero. En paralelo, han ganado concursos y sumado premios. Solo algunos hitos: las imágenes que produjeron para el concurso del Aula Magna de la Escuela Naval quedaron seleccionadas para la exposición “Cut and Paste” en el Moma de Nueva York. El Centro Cultural Arauco acaba de ser elegido como la mejor arquitectura construida en los países de habla hispana por los lectores de Plataforma Arquitectura.

Y, la guinda de la torta, la participación en 2016 en la Bienal de Venecia. Ese año, el curador fue nuestro Pritzker Alejandro Aravena, quien seleccionó la obra de Elton Léniz Parque Linkandes, un encargo de la fundación educacional Caserta en el Cajón del Maipo. “Es un lugar maravilloso al que llevan a niños de escasos recursos a travesías de tres días. Pero actualmente, es un parque con instalaciones precarias, domos y carpas, por lo que no pueden ocuparlo todo el año”, explica Mirene. “Nosotros les diseñamos un proyecto de cabañas, comedores y salas multiuso, muy lindo”.

El último gran logro fue el concurso para el Campus Educativo de la Academia de Guerra, junto a la oficina Forma Colectiva. Una mega obra que incluye un aulario, un casino, una biblioteca de 750 metros cuadrados, una placa de oficinas de tres mil, un auditorio, estacionamientos subterráneos, además de la remodelación del edificio principal.

-Unos verdaderos “star architecs”.

-No, nos sentimos felices y orgullosos de los reconocimientos. Aunque llevamos muchos años trabajando, sentimos que estamos empezando. Toda nueva obra es una aventura.

Estirpe Elton

Mirene Elton (49 años, dos hijas, magíster en arquitectura por la Universidad de Londres, profesora de taller en distintas universidades) se sienta en el luminoso living de su casa de Vitacura, una construcción típicamente sesentera que ella remodeló conservando todos los rasgos clásicos de la época, los mosaicos en el baño, las celosías, las ventanas de tijera.

Parece un poco tímida, piensa cada palabra, fija la vista en algún punto mientras reflexiona, pero a la vez es asertiva y segura de sí misma. No le acomodan ni la fanfarria ni los aspavientos. Ella simplemente disfruta de la pasión por la arquitectura. Una pasión que, dice, está en su ADN y que viene de su abuelo, Jorge Elton Álamos, pionero de los sistemas de construcción prefabricados (las famosas “casas Elton”) y precursor de los principios del movimiento moderno en Chile. En este sentido, quizá su obra cumbre fue el Hotel Antumalal, en Pucón, donde pudo desplegar, además, su profunda comprensión de la naturaleza y su convicción de que la edificación, cualquiera fuera, debía dialogar con el paisaje.

“Más allá de sus éxitos, hay una cosa esencial respecto de mi abuelo: la pasión por ser arquitecto”, dice Mirene. “Él era como un hombre del Renacimiento, sabía muchísimo de construcción, era un eximio paisajista, carpintero, piloto de aeroplanos y navegante… Pintaba acuarela y además era encantador y culto. La gente lo quería mucho. Yo creo que por eso su impronta ha sido tan fuerte en mi familia”.

Dos de sus hijos –Jorge y Federico– fueron arquitectos y su hija María Teresa se casó con Carlos Alberto Cruz, también arquitecto. Jorge, el papá de Mirene, se casó con la destacada arquitecta Mirene Pérez, mientras Federico se convirtió en yerno de Emile Duhart. “No ha sido solo genética, además en mi familia hay matrimonios entre arquitectos”, comenta Mirene. Hoy, 14 nietos de Jorge Elton Álamos ejercen la profesión. “En mi casa, de los Elton Pérez, tres de cuatro hermanos somos arquitectos y también un cuñado”.

Cuando entró a estudiar a la Universidad Católica, se encontró con Mauricio Léniz, gran compañero y socio desde el minuto cero.

 

-¿Cuál ha sido el secreto del éxito de la oficina Elton Léniz?

-Creo que tiene que ver con que aprendimos a hacer arquitectura juntos y recibimos las mismas influencias. Luego, con el tiempo, ha venido además una suerte de complementariedad, una simbiosis muy importante. Pero sin duda lo que ha sido clave es compartir el mismo entusiasmo por la arquitectura. Desde la universidad, siempre estábamos trabajando, mirando arquitectura, encargando libros, visitando a exposiciones.

-Y han conservado la mirada sobre un cierto tipo de arquitectura.

-Claro. La pasión y la claridad por el tipo de trabajo que queremos hacer han sido permanentes en el tiempo. Hemos tomado además varios coaching para entendernos como empresa y profesionalizarnos, alinear las expectativas y cuidar la marca Elton Léniz. Porque más allá del entusiasmo por lo que hacemos, somos una empresa que da un servicio.

-En la complementariedad de la que hablas, ¿cuánto crees tú que influye el género?

-No lo noto en el trabajo entre nosotros, pero veo que a nuestros clientes les produce cierto interés. En el área de las casas especialmente es una ventaja, probablemente porque ven con buenos ojos la mirada femenina en una serie de aspectos que tienen que ver con el estilo de vida, el diseño de los espacios domésticos y familiares.

-¿Hay machismo en el mundo de la arquitectura?

-He pensado harto en eso porque como este ha sido el año del tema del género, me ha tocado dar un par de charlas. Pienso que en el mundo del arte en general –en que la pasión está ligada al talento–, el género pasa a segundo plano. Cuando tú miras una exposición de arte, o de fotos, no estás pensando en si el autor es hombre o mujer, sino en la belleza o la calidad de la obra. En la universidad, en cambio, sí vi machismo. Era principios de los 90 y había una sensación entre algunos profesores de que tú estabas ahí por un rato, que probablemente después no ibas a ejercer. Sí, había una cierta discriminación.

Restricciones y preexistencias

-Uno tiene la idea de que los arquitectos de cierto nivel de reconocimiento y éxito tienen un estilo y tienden a imponerlo. Ustedes, sin embargo, han desarrollado un método de trabajo casi inverso con los clientes.

-Así es. Por supuesto que tenemos una impronta, una impronta que yo definiría como contemporánea pero ajena a las tendencias del momento, con materiales que sobreviven bien al paso del tiempo y una preocupación prioritaria por la sustentabilidad. Ojalá que en medio siglo más nadie se dé cuenta si determinada obra nuestra fue construida en 1990, en el 2000 o en 2010. Pero también nos encantan lo que llamamos las “restricciones”, nos gusta que los clientes vengan a nosotros con ciertas ideas de materialidad, de espacio, de presupuesto. Eso nos desafía, porque nos implica resolver un puzle. Es fascinante. Vemos muchas imágenes con ellos, las reunimos y seleccionamos, vamos armando un collage con los clientes y a partir de eso, viene nuestra propuesta. Yo podría contarte, de cada una de nuestras obras, toda la historia que hay detrás y por qué la hicimos de tal o cual manera. Hay toda una narrativa detrás. Cada casa es una novela.

-¿Cuál es para ti el mayor lujo a la hora de enfrentar un nuevo encargo?

-Un buen cliente. Un cliente que te elige porque confía en ti y se hace cómplice. Hay una frase típica: “Detrás de una buena arquitectura, siempre hay un buen cliente”.

-Ustedes también han desarrollado, en el caso de las casas, un trabajo a partir del barrio en que están insertas. Lo que han hecho en Vitacura es bien notable en términos de conservar el concepto de barrio jardín.

-El concepto de barrio jardín de Vitacura es lo que en arquitectura se llama una “preexistencia”, una condición con la que te encuentras al momento de enfrentar una obra. A nosotros nos gusta Vitacura, vivimos y trabajamos en Vitacura. Desde el punto de vista urbanístico y de calidad de vida, es un barrio muy valioso y hemos querido conservarlo tal como fue concebido en los años 50 y 60. Hace algún tiempo hicimos un mapeo y en el triángulo que va entre Alonso de Córdova, Manquehue y Nueva Costanera hemos remodelado y diseñado más de 50 casas, lo que nos ha permitido adquirir una suerte de “expertise” en la zona y desarrollar una estrategia de trabajo.

-Esa estrategia busca conservar las virtudes del barrio en esas remodelaciones.

-Así es. Consiste en liberar la mayor cantidad de área verde posible. Porque en general, son casas de poco metraje y quienes las compran, necesitan aumentar los metros construidos pero no quieren perder verde. Entonces, desarrollamos el concepto de un piso “menos uno” al que llevamos varias áreas de la casa. No es subterráneo, porque tiene luz natural y salida directa al jardín. Muchas veces a ese nivel incluso le construimos su propia terraza. Simultáneamente, Vitacura en general es un barrio de casas de un piso y no hemos querido cambiar esa escala. Entonces, en muchas de las obras, creamos un segundo piso a la manera de una cubierta; ese segundo nivel ejerce visualmente como techo. También usamos adoquines y ladrillos blancos, lo que es muy típico del barrio, hemos mantenido las áreas transparentes de los antejardines y los cercos verdes. Es que simplemente no se puede desarmar un barrio valioso y armar otro cada 50 años, que fue lo que ocurrió, por ejemplo, en El Golf.

-¿Participar en la Bienal de Venecia es como ganarse el Oscar? ¿Qué significó para ti?

-Lo es. Es un reconocimiento a nivel mundial y nunca en mi vida me imaginé estar ahí. La Bienal marca referencia en todo el mundo por los dos años siguientes. Y bueno, te disminuye la ansiedad, porque te das cuenta de que a nivel internacional están haciendo las cosas parecidas a ti; entonces si estás ahí, es porque lo estás haciendo bien.