De chaqueta de cuero negra –taquillera y concertacionista–, está instalado en su oficina, en El Golf. Sobre su escritorio, un Mac que le habla para darle la hora. Alrededor, fotos de su vida política: sentado en el gabinete de la UP. Tiene buen humor este empresario-exitoso-ex marxista. Se ríe fácil y en paz. Pero tiene también una mirada profunda. Del que ha recorrido una vida con mucho para contar. Por María José O’Shea C.; Fotos, Elisa Bertelsen.

 

  • 2 mayo, 2011

 

De chaqueta de cuero negra –taquillera y concertacionista–, está instalado en su oficina, en El Golf. Sobre su escritorio, un Mac que le habla para darle la hora. Alrededor, fotos de su vida política: sentado en el gabinete de la UP. Tiene buen humor este empresario-exitoso-ex marxista. Se ríe fácil y en paz. Pero tiene también una mirada profunda. Del que ha recorrido una vida con mucho para contar. Por María José O’Shea C.; Fotos, Elisa Bertelsen.

 

Afirma Oscar Guillermo Garretón que “en este mundo uno puede cambiar de pareja, de auto, de país o de casa, pero lo que no puede hacer es cambiarse de manada. Porque la manada que dejas te considera un traidor, y en la manada a la que llegas te desprecian”.

Es la conclusión de un hombre que ha vivido 67 años a punta de transformaciones, que hasta la nariz se operó alguna vez para que no lo reconocieran mientras, oculto, miraba un Chile a través de los lentes de contacto color café con los que tapó los enormes faroles azules que tiene por ojos.

Garretón tiene historia. Para todos lados. En la política, primero. En la empresa, después. Y si para algunos él se pasó precisamente de una manada a la otra –estuvo en el núcleo duro de la UP y hoy da esta entrevista en su oficina en El Golf, pleno barrio capitalista–, para él se trata del recorrido natural de “un lote” que cometió errores y que es capaz de reconocerlos. Algo cercano a la teoría de la evolución humana. Y está orgulloso de pertenecer a esa manada.

-¿En qué etapa de su vida está?
-Iniciando la tercera edad, pero fundamentalmente dedicado a los temas empresariales, que me entretienen mucho. Es algo que siempre me sedujo, no tanto por la plata, sino por otras razones: en la empresa uno no puede mentirse a sí mismo, a diferencia de la política, en que a veces necesitas hacerlo para mantener tus banderas en alto. Y la segunda razón es porque en la empresa hay mucho más espacio para crear. A mí me gusta innovar. No soy de los empresarios que dicen que hay que seguir haciendo lo mismo porque es lo que les ha resultado. Tampoco soy de los políticos que siempre quieren parecerse lo más posible a lo que fueron antes.

-Algo que hoy les pasa a varios en la Concertación…
-No a todos, afortunadamente. Gobierno y oposición están obligados a mirar adelante. Aquí terminó un ciclo y el triunfo de la Alianza es parte de ese fin. El año 90 la política tenía un gran prestigio, la economía partió con un dinamismo enorme y, culturalmente, todos tenían espacio. Había una energía. Y con el tiempo, eso se fue agotando y hoy la política está en el hoyo del prestigio público, la economía tiene problemas de productividad –independiente de las tasas de crecimiento– y en el plano cultural hay una brecha grande entre la del establishment y la cultura más masiva del país, que creo que es más liberal.

-Y usted ¿donde se ubica en ese arco iris? ¿Más liberal o conservador?
-Encontré un libro fantástico de un señor Rossetti, que por el año 30 hablaba del socialismo liberal… No sé si hoy tienen mucho sentido esas definiciones. Hubo dos siglos para probar si el capitalismo y el socialismo eran válidos. Ambos tienen éxitos y fracasos en las cosas que plantearon, y como la humanidad es bastante más sabia que los militantes, las conclusiones hoy son cruzadas. Por ejemplo, creo que el mundo capitalista le apuntó con la visión de la economía de mercado como modelo más eficiente que la propiedad estatal y la planificación central, lo cual se desplomó. Seguir creyendo en ello no es consecuencia socialista, sino que es una estupidez. Sin embargo, en otro ámbito, el socialismo dejó otras cosas. Siempre les digo a mis amigos empresarios que lo que enseñan en estos seminarios de capital humano que hay a cada rato yo lo aprendí hace 40 años en la escuela de cuadros de la izquierda. Y no se llamaba capital humano, sino que proletariado. Y que no se llamaba creación de valor, sino que plusvalía, que es la teoría de Carlos Marx. Por lo tanto, ese es un concepto de padres socialistas. El mundo cambió y todos hemos tenido que cambiar.

-¿Cuánto ha cambiado usted?
-Creo que solamente para mantenerse estable en la época, uno tiene que haber cambiado mucho. Si después de los últimos 40 años que ha vivido el mundo uno dijera que piensa exactamente igual a entonces, es una especie de reloj parado que se quedó pegado en una historia que no cree nadie.

Mundos raros

-¿Y qué imagen suya ve cuando mira hacia atrás?

-No te sabría decir. Me cuesta, porque viví mundos muy raros. Vengo de una familia de clase alta, me tocaron los tiempos de la reforma universitaria; después, la UP, cuando fui subsecretario de Economía… Hoy estoy más convencido de que eso era inviable. Sin embargo, sigo prefiriendo estar en el lado de las víctimas. Partir como empresario fue algo que me tocó. Tuve que instalar una pequeña empresita de comercio exterior en Argentina, para sobrevivir en el exilio. Y lo pasamos pésimo con la crisis que había. Luego, como tenía una condena por sedición –por la cual estuve seis meses preso–, y por ley no podía ni trabajar como funcionario público, ni postular en cargos de elección popular, cuando llegó Aylwin partí en la presidencia del Metro. Después llegaron unos head hunters privados y me reclutaron para el directorio de la Telefónica.

-¿Quiénes?
-Una empresa de abogados bien grande de este país, en la cual no creo que haya nadie de izquierda… (se ríe).

-¿Le costó insertarse en ese mundo?
-Entiendo que la gente al principio lo encontrara súper chocante. No sólo porque era de izquierda, sino porque fui uno de los creadores del área de propiedad social. Había una sensación lógica de rechazo. Pero a medida que fue pasando el tiempo y descubrieron que no lo hacía tan mal…

-¿Y en qué minuto usted se dio cuenta de que el modelo de la UP era insostenible?
-Hay que distinguir dos cosas. Primero, creo que hubo un error grande en la visión política. Pensar en un cambio así, en que se expropiaban las empresas industriales más grandes, la banca y demases, con sólo un tercio de los votos, era inviable. Sin embargo, lo que rescato es que fue un periodo de pasión y compromiso personal muy impresionante. Y la segunda cosa es que dejó en Allende una figura ética. Su muerte simbolizó una derrota política para los que daban el golpe, pero si se hubiera entregado o exiliado hubiera sido uno más de tantos… Su muerte se transformó en un fenómeno mundial. Y ese gesto ético le permitió a la izquierda hacer una autocrítica sin tener que defenderse de todas las cosas que había hecho. Ahora, respecto del cambio en la mirada económica, como yo fui alumno de algunos Chicago Boys en la UC, entendí mejor lo que Pinochet quiso hacer en ese plano. Nunca pensé que iba a ser un fracaso, a diferencia de otros que miraban con horror las reformas.

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Los empresarios y Piñera

-¿Cómo ve la relación del empresariado con la política hoy?
-Tengo la impresión de que en Chile la economía de mercado y la empresa tienen un consenso bastante amplio. Y algo que yo siempre conversé con los gremios empresariales era que se desligaran lo más posible de la derecha.

-¿Y lo han logrado?
-No quizás como debieran, pero en parte sí. Los gremios empresariales han sido bastante hábiles para establecer diálogos con todas las fuerzas políticas.

-Uno llegó a decir que “los empresarios aman a Lagos”.
-Y también a la Michelle, y a Frei y a Aylwin.

-Pareciera que les gustan más los gobiernos de la Concertación que el de Piñera.
-¿Tu crees? Pasan varias cosas. Primero, la derecha sólo podía ganar con alguien que no fuera de derecha, con alguien que dijera entre otras cosas, que estaba orgulloso de votar por el No. Segundo, para muchos empresarios él no es empresario, sino un hombre del mundo financiero. Como que “no es de los nuestros”. Y tercero, no es una persona que haya sido nunca del agrado de la UDI. Hay, entonces, muchas razones como para pensar que no es automático decir que un gobierno de derecha les encanta a los empresarios.

El clandestino

-¿Le cuadra la imagen, sentado en esta oficina, de haber estado en la lista de los 10 hombres más buscados del país después del golpe?
-Mira, uno no puede tratar de ocultar la historia, hay que ir por la vida con lo que pasó. El país cambió. Tengo amigos pinochetistas…

-Juan Antonio Guzmán, ex ministro de Pinochet, es uno de sus más cercanos.
-Claro. Y él, como todos, hemos hecho un camino para construir un país mucho más amable –en el sentido del que habla Silvio Rodríguez, digno de amor– del que teníamos.

-¿Le gusta Silvio?
-Me gusta la música en general.

-Dicen que usted es buen cantante.

-Me encanta cantar. Esa es la actividad más constante en mi vida.

-¿Cuál es su hit?
-Mi repertorio es fundamentalmente de boleros y rancheras mexicanas. Depende de las circunstancias qué es lo que toco, porque una clave de los artistas es que uno nunca se equivoca cuando logra sintonía con la gente. Te das cuenta rápido cuando el público está lateado y cuando está prendido. Siempre he andado por la vida con una guitarra. Me encanta cantar.

-Y es bailarín, también. ¿Dónde baila?
-Uno de los lugares más espectaculares que hay es La Piedra Feliz, de Valparaíso. Voy menos de los que quisiera, pero bailo en cualquier parte: una fiesta, matrimonio, a veces también en El Cachafaz. Me gusta ser de los que bailan cuando hay baile.

-En Cuba tiene que haber conocido harta música. ¿Por qué decidió irse de París a La Habana, en el exilio?
-Porque estaba entre los más buscados y ya habían comenzado los atentados en el mundo. Pensé dónde podía estar lo más lejos del caballero. Y partimos a Cuba. Estuvimos 7 años. ¡No sé por qué estamos hablando de la prehistoria!

-Porque es interesante. Desde Cuba vino un par de veces clandestino a Chile. Ahí se operó la nariz.
-Sí, porque era muy característica mía.

– Pero sus ojos también lo son.
-Me los puse cafés. Y las cejas las cambié de forma.

-¿Se operó en Cuba o pasó por otra parte antes de Chile?
-Mira, todo esto de la clandestinidad me provoca un problema hasta hoy día… Me carga contar detalles de por dónde entré, por dónde salí, como que no me gusta transformarlo en una especie de reality.

Cuba hoy: “Una tragedia”
-¿Cómo ve a Cuba hoy, con todo el afecto que le tiene?
-Como una tragedia. Era evidente que lo que nosotros quisimos hacer en Chile no tenía nada que ver con Cuba, pero a medida que pasó el tiempo, esto que era un sueño para muchos se fue transformando en una cosa senil, muy dolorosa. Es un país precioso, de gente maravillosa.

-¿Conoció a Fidel?
-Sí, pero no era muy habitual con él. Yo estoy muy agradecido porque fueron muy hospitalarios cuando este país era muy inhóspito para mí y mi familia. Pero yo tenía claro que en el ranking protocolar, los primeros eran el MIR y el PC, luego venía el PS y, después, el MAPU.

-¿Porque eran más cuicos?
-No, no había eso de resentimiento social. Siempre la izquierda ha estado llena de cuicos en Chile. El primer candidato presidencial del PC fue Vicente Huidobro, poeta y latifundista. Y ni Allende, ni Carlos Altamirano, ni Eugenio Matte salieron de una población. Lo otro que quiero decir sobre Cuba, es que espero que haya un cambio pacífico y gradual, porque mientras más se demoran, más conspiran contra una salida que no sea traumática. Además, creo que por el nivel educacional de los cubanos, que es muy alto, y la creatividad que tienen después de verse obligados a inventar algo todos los días para sobrevivir, durante 50 años, una vez que salgan va a ser un país muy pujante.

“Voto por la Concertación, aunque no me guste el candidato”
-¿Cuál es su evaluación del gobierno?
-Ha hecho cosas buenas, pero tiene varios problemas. El primero es una coalición que, al año, tiene las malas prácticas que la Concertación tuvo tras 20 años. Lo que haga el presidente está tapado por las riñas internas e irregularidades, a lo menos, alarmantes. Desviar fondos de los damnificados por el terremoto no es un tema menor. Y el caso Kodama no sabemos en qué va a terminar, pero está muy impresentable.

-¿Murió la nueva forma de gobernar?
-Murió esa promesa. Ahora tienen que venir otras. Y ojo que no todos los gobiernos son recordados por su primera promesa, pero es importante que exista un eje.

-¿Cómo ve la presidencial en la Alianza? Usted conoce mucho a Golborne.
-Sí, pero yo voy a votar por la Concertación.

-¿Sea quien sea?
-Mira, en este mundo puedes cambiar de señora, de polola, de auto, de país o de casa, pero lo que no puedes hacer es cambiarte de manada. Porque la manada que dejas te considera un traidor, y la manada a la que llegas te desprecia. Todos los que han hecho ese tránsito, han terminado muy mal. Yo soy parte de un lote que ha hecho un recorrido durante muchos años, y voy a votar por lo que ese lote diga que hay que votar. Aunque no me guste mucho.

-¿Y cómo ve a la Concertación?
-Bueno, perdió la presidencial por muy poco y puede ganar la próxima elección.

-Pero con Bachelet no más…
-Con quien tenga más votos. Creo que hay muchas figuras que no sé si alcanzarán a ser competitivas en tres años, pero hay. Están la Carola Tohá, Lagos Weber y Claudio Orrego, por nombrar algunos, que al menos pintan para… Y si al final Michelle gana en todas las encuestas estando a 10 mil kilómetros de distancia, habrá de resolver. Ahora, sí yo fuera ella, miraría con mucha atención una cosa: con quién y para qué voy a gobernar. No me bastaría con ser muy competitivo. Hoy hay desafíos nuevos, hay muchas definiciones que tomar, por ejemplo, en el plano energético. Hoy no puedes aspirar a dar una respuesta en la que, en el fondo, no respondes nada. Los partidos, los centros de pensamiento, tienen que tomar decisiones y tener voluntad de transar en posiciones.

Puerto Ventanas: Bajar la emisión
-Usted es accionista y director del Puerto Ventanas, ¿cómo ve el conflicto ambiental en la zona?
-En este tema hay una deuda de las empresas muy fuerte. No somos ni el más chico ni el más grande, pero estamos trabajando a mil para mejorar la situación. Hay que entender que en las zonas industriales uno puede disminuir las emisiones, pero no eliminarlas del todo. Nosotros hemos tratado de disminuirlas al máximo. Y es así cada día más.

-¿Cómo se enteraron de lo que pasaba en la escuela La Greda?
-Por la prensa. Ahora, desde lo que partió siendo esta zona industrial de la V Región hasta lo que se ha convertido hoy, hay un mundo de avance de diferencia.