Claro, nos convertimos en potencia salmonera, pero a qué costo. Con escasa regulación y empresas que se expandieron a ritmo vertiginoso. Ahora llegó el tiempo de los rescates y de proyectar la nueva industria que podremos y queremos reconstruir. Sucesivas reuniones entre los representantes de la banca y de Claro y Asociados –la firma […]

  • 4 marzo, 2009

 

Claro, nos convertimos en potencia salmonera, pero a qué costo. Con escasa regulación y empresas que se expandieron a ritmo vertiginoso. Ahora llegó el tiempo de los rescates y de proyectar la nueva industria que podremos y queremos reconstruir.

Sucesivas reuniones entre los representantes de la banca y de Claro y Asociados –la firma de consultoría contratada para evaluar la situación de la industria– que la prensa ha mencionado varias veces una cantidad de entre 2.000 y 2.500 millones de dólares para referirse a la deuda bancaria total de la industria, las mismas instituciones financieras no parecen manejar un monto consolidado y, hasta el momento, la recolección de datos les lleva a unos 1.500 millones. La cifra es igualmente atemorizante, en particular si se considera que hay empresas que deben hasta 1,5 veces su venta en años buenos (y esos no son, precisamente, los que ahora predominan). Dicen que el sector perdió entre 800 y 1.000 millones de dólares a han marcado las últimas semanas. Cientos de ojos las siguen de cerca y se entiende. Está en juego uno de los componentes clave que definirán el futuro de las empresas salmoneras: su viabilidad financiera.

Lo más indicado para configurar una idea del problema es recurrir a las cifras, pero en este caso eso no es simple. Aun- partir del huracán ISA, que necesita unos 450 millones para recapitalizar y que, en ese marco, la garantía por 120 millones que ofreció el gobierno es bien recibida y servirá para superar los problemas, en la medida en que esos recursos sean bien utilizados. Y es en este aspecto donde surge la segunda clave.

¿Corresponde entregar recursos a los mismos protagonistas que nos llevaron a esta crisis y bajo las condiciones actuales? Cierto que el virus no se originó en Chile y que a ello se sumó la recesión económica mundial, con efecto en demanda y precios. Pero los analistas dicen que eso no explica todo. Que nuestro país haya llegado a producir en unos 500 kilómetros de borde costero lo mismo que Noruega consiguió en 2 mil kilómetros, es una ilustrativa forma de explicar lo estresado que resultó el ecosistema local. Y los acuerdos de producción que la misma industria está alcanzando (prácticas que no existían o, al menos, no eran masivas, como la obligatoriedad de descansos de centros, tiempos máximos de siembra, prohibición de movimiento de peces entre centros marinos) son un indicio que algo del Far West se respiró en la zona austral.

Tampoco la legislación estuvo a la altura de las circunstancias. La Ley de Pesca, discutida por años en el Congreso, terminó privilegiando la regulación de la actividad extractiva y artesanal, dejando a la acuicultura casi con la exclusiva misión de crecer. A comienzos de enero, La Moneda envió el proyecto que busca modificar la normativa actual, precisamente en los ámbitos que más afectan a los salmoneros. “Esta situación (la expansión del virus ISA) ha impuesto la necesidad de dictar estrictas medidas sanitarias para conseguir controlar el virus, habiéndose constatado a la fecha que los instrumentos existentes para hacer frente a este tipo de enfermedades deben ser complementados, pero lo más importante, que se requiere un cambio en el emplazamiento de los centros de cultivo y de las condiciones de operación”, dice el mensaje presidencial. Un traslado que, por cierto, dejaría a la X Región sin una de sus principales actividades.

Raya para la suma, no se trata de perder la experiencia y conocimientos de aquellos empresarios que posicionaron a Chile entre los principales productores de salmones del mundo en sólo 20 años, pero bajo unas condiciones que, de paso, supondrán el desarrollo de un nuevo perfil de industria.

Desarrollo tutelado

Volvamos al asunto de la situación de las empresas. Hasta la fecha, más de la mitad de la producción se explicaba por el salmón atlántico. Entre las especies muertas y lo cosechado a la fecha, los especialistas calculan que queda poco por explotar y que este pilar de la industria tardará un par de años en recuperarse, lo que supone un déficit de flujo de caja para las empresas por dos o tres ejercicios. El resto de la producción consiste en salmón coho y trucha, cuyo mercado (principalmente Japón) es más restringido y, por lo mismo, insuficiente para equilibrar las menores ventas de la variedad atlántico. En el sector prevén una merma de 30% en el volumen de producción 2009, compensado en parte por un incipiente crecimiento en los precios (en torno al 10% en Estados Unidos es lo observado a la fecha).

Aunque las señales públicas de la industria van en la línea de los acuerdos de producción limpia, mayor responsabilidad y nuevos marcos de autorregulación, en la banca persiste cierto escepticismo. Advierten que, para enfrentar la crisis, las empresas han optado por producir al máximo (y confían en que esos recursos frescos sean bien invertidos), que pronto tendrán poco insumo para vender salmón atlántico y temen que algunos kamikaze se la jueguen con smolt con riesgo de infección. Incluso en reformas importantes, como la implementación de los barrios productivos, resta el acuerdo de las empresas en materias de fechas de producción y descansos en al menos el 20% de las zonas que definió el Servicio Nacional de Pesca. La iniciativa complica, particularmente, a los productores de menor tamaño y diversidad.

Así las cosas, independiente de los 120 millones de dólares en garantías de CORFO, los bancos no están seguros de seguir colocando dinero en este negocio. Por el otro lado, es fácil advertir que, de no hacerlo, corren el riesgo inminente de quedarse con los fierros de muchas empresas quebradas (porque la mayor garantía, que eran los pescados, ya no está). Y estamos hablando de al menos tres bancos bastante comprometidos. Siguiendo con la imagen del Far West: salmoneros y bancos, frente a frente, estirando sus opciones al máximo.

Al gobierno le interesa que la actividad se recupere, principalmente por su impacto en el empleo en pleno año electoral (se estima que se han perdido unos 4.000 de los 50.000 empleos vinculados a la industria, pero podrían llegar a 15.000 a partir de fines de marzo, luego que terminen las faenas más intensivas de producción de estas fechas).

Lo que podría satisfacer a la industria financiera es acceder a una mayor tutela sobre las empresas y su administración, lo que podría traducirse en exigencias explícitas en los contratos o, por qué no, en el interés de algunos bancos por ingresar directamente al negocio. De hecho, no son pocos los que leyeron ese objetivo detrás de la propuesta de la Asociación de Bancos para que las instituciones financieras puedan capitalizar la deuda de empresas con riesgo de caer en quiebra.

La tutela se complementaría con las nuevas disposiciones normativas de una autoridad que, considerando la situación a la que llegamos, no respondió al crecimiento del sector (¿alguien asumirá la responsabilidad por esa falta de diligencia?). Harán falta la ley (recién en primer trámite legislativo), la definición de una autoridad clara y una suerte de SAG que vigile las condiciones sanitarias.

En todo caso, aprovechando las turbulencias, la reforma legal de La Moneda incorpora un cambio varias veces planteado por parlamentarios oficialistas: eleva el monto de la patente única de acuicultura en forma gradual a partir de 2010. En otras palabras, una inoportuna especie de royalty al salmón.

Como sea, lo que surgirá después de este complejo episodio será una industria distinta (por ejemplo, hay muchos partidarios de eliminar de la producción las etapas de agua dulce en ríos y lagos), quizá con otros niveles de producción, con capitales diferentes y márgenes más acotados. En el rubro estiman que recién a partir de 2011 estarán en condiciones de retomar el ritmo de crecimiento y volver a competir en las grandes ligas.

 


DIGA NO AL PROTECCIONISMO
Mientras en Chile discutimos la conveniencia o no de introducir cambios al modelo de desarrollo económico (incluso a nivel constitucional, como sugirió un parlamentario), en el mundo surge una amenaza que requiere de toda nuestra fortaleza y unidad para evitar su concreción: el proteccionismo.

No es broma. Detrás de algunas campañas de marketing, discursos presidenciales, medidas arancelarias y restricciones financieras se esconden señales inequívocas de autoridades que buscan proteger sus economías y propiciar el crecimiento interno en base a la añeja y desprestigiada fórmula del proteccionismo. Olvidan, como dice el sueco Johan Norberg, que la globalización fue el factor clave en el período de expansión económica más prolongado que haya conocido la historia. Y para un país abierto al mundo y altamente dependiente de las exportaciones, como es Chile, ese olvido puede resultar desastroso.

Como advierte Osvaldo Rosales, director de la división de Comercio Internacional e Integración de CEPAL, “la crisis está amenazando con proteccionismo comercial y financiero, así como con renovadas formas de eoproteccionismo”. El comercial aparece, a su juicio, como el más evidente (“Buy American” en Estados Unidos, el Protecting National Champions de Sarkozy, salvaguardias en Ecuador, licencias no automáticas de importaciones en Argentina, sobretasas para vehículos en Rusia y para el acero en India, constituyen algunos ejemplos). Pero Rosales pone el ojo en el financiero. Recientemente, The Economist alertó sobre las exigencias a la banca francesa y suiza que reciba apoyo fiscal, en orden a focalizar los préstamos en empresas nacionales o en deudores locales.

El riesgo es que los -en apariencia- bien intencionados apoyos a la industria automotriz en Estados Unidos y Europa (por mencionar un caso), o las medidas que puedan surgir en materia de proteccionismo sanitario y fitosanitario terminen por “teñir el escenario internacional de acusaciones y mal ambiente”, dice el especialista.

Por algo Martin Wolf, editor asociado y jefe de comentaristas económicos de Financial Times, recomendó la semana pasada al presidente Barack Obama que aproveche la próxima cumbre del G20 (a realizarse a comienzos de abril en Londres) ara hacer un fuerte llamado a evitar el proteccionismo y, de paso, le recordó que “en una guerra comercial los países con superávit son los que más tienen que perder”.

En estas circunstancias, la activa estrategia de Chile en materia de acuerdos comerciales nos pone en ventaja. “Los TLC son un instrumento destacado para defendernos de estas amenazas. No significa que nuestros socios nopuedan aplicarnos eventuales innovaciones proteccionistas, incluso vulnerando los tratados, pero en ese caso tenemos la posibilidad de acudir a los mecanismos de solución de controversias”, añade Rosales.