• 31 marzo, 2008

Las lógicas para retener y despedir ministros no siempre son fáciles de explicar. Por Héctor SotoLas lógicas para retener y despedir ministros no siempre son fáciles de explicar. Por Héctor Soto
Aunque la ortodoxia del presidencialismo chileno diga que los ministros se mantienen en sus cargos mientras cuenten con la confi anza del presidente o la presidenta de la República, lo que se ha venido a saber tras la experiencia del último gabinete prueba que durante un buen tiempo los observadores y el columnismo político han estado viviendo de mitos.
Belisario Velasco, el ex ministro del Interior, no sólo se entendía y sintonizaba poco con la jefa del Estado. Por lo visto tampoco tenía mayor acceso al despacho presidencial y costó un mundo para que terminaran concediéndole la última audiencia. Es curioso, porque siempre se ha dado por supuesto que el ministro del Interior es el jefe del equipo político y una de las figuras más próximas al presidente. Pero es una suposición que tiene mucho de licencia retórica. Por lo general no es así. Pinochet, en otro contexto, de acuerdo, rara vez recibía a los titulares de Interior más de una vez por semana (en circunstancias que con el ministro de la presidencia conversaba todos los días) y la relación Lagos-Insulza, que a muchos evoca la cercanía y complicidad del presidente Montt y su ministro Antonio Varas, en realidad estaba hecha de frialdades, recíprocos respetos y no pocos cálculos.
Los hechos recientes también pusieron de manifiesto otras cosas peores: que hay ministros que pasan meses solicitando una audiencia con su jefe directo; que en el turbio negocio de las infi dencias y los trascendidos han participado por igual secretarios de Estado desairados como gente del segundo piso entrenada para instalarles un cable a tierra a los ministros a los cuales, vistos desde allí, podrían habérsele ido los humos a la cabeza.
Así como la presidenta pudo mantener supuestamente en su primer círculo a una figura política con la cual no se sentía interpretada y en la cual tampoco confi aba, así también se vio en la necesidad de sacar del gabinete a un ministro como el de Obras Públicas, Eduardo Bitrán, en quien sigue confi ando genuinamente hasta el día de hoy. Bitrán no sólo le inspiraba respeto a Bachelet sino también un resuelta admiración intelectual. ¿Cómo, entonces? ¿Por qué lo sacó? En realidad, esto es ya más intrincado. Lo sacó porque al revés de lo dispone el libreto de las verdades ofi ciales, para estar en el gabinete aveces la confianza presidencial es lo de menos. Y ocurre que en este caso concreto la figura del ministro se había vuelto poco grata –es una forma de decirlo- para esa trenza imbatible representada por los partidos ofi cialistas, el laguismo y los empresarios vinculados al sector. Así lascosas, y con el dolor de la presidenta y la amarga sorpresa suya, Bitrán no tuvo más alternativa que partir.
Si estas fueran las únicas contradicciones que incorpora la textura del poder en Chile, el fenómeno a lo mejor sería interesante o anecdóticamente curioso. La verdad de las cosas, sin embargo, es que esta parte es lo de menos. Mucho más dramático para el actual gobierno es el rumbo que tomaron los acontecimientos. Más allá de que el actual sea un buen o mal gabinete, cuesta unir la foto de los nuevos ministros –zorros correteados y formados en la escuela de los viejos tercios, en su mayoríacon la promesa de renovación de las caras, los sueños y los estilos que formuló Michelle Bachelet poco después de triunfar en la segunda vuelta.
¿Cómo se pudo llegar a esto?
Obviamente la pregunta no puede ser respondida sin atender a la secuencia de fracasos que la mandataria terminó cosechando en sus dos primeros años y al crudo operativo de rescate resuelto, casi en términos de emergencia, por el acuerdo de las directivas del PS y la DC de dar esta pelea juntos.
Hasta aquí el gobierno había sido de la presidenta. En adelante, en cambio, será de los partidos. Por cierto que en este nuevo desarrollo volvieron a primar los eufemismos. Dos o tres días antes del cambio ministerial, los partidos –todos lo leímos- dejaron a la presidenta en completa libertad de acción para componer el equipo que debería acompañarla en esta segunda mitad del gobierno. Rara vez, sin embargo, a un presidente se le dejó tan escaso margen de acción. La comedia es perfecta: ella hizo como que jamás lo advirtió, los partidos como que nunca se lo redujeron y nosotros como que ni de lejos lo supimos.