Foto: Verónica Ortíz

  • 21 junio, 2019

“Mi vocación sacerdotal creo que tuvo mucho que ver con el contexto del colegio (San Ignacio de El Bosque). Creía que el mejor lugar para servir la causa de la justicia y los más pobres era siendo jesuita.

En el colegio fui siempre un alumno más o menos, y en 8° básico casi me echan. Me portaba mal: era desordenado, inquieto y desconcentrado. Cuando más chico, el profe me mandaba a dar vueltas por la pista de atletismo para que me calmara. En la universidad me puse mateo.

Tengo recuerdos de una infancia bien feliz. Vivíamos en la casa donde trabajaba mi papá, que era una fábrica de chocolates. Yo era el hijo mayor y creo haber recibido mucho amor de mis abuelos y padres. Creo que una enseñanza que me dejaron es la vocación por cuidar lo que uno tiene, lo que es importante para uno.

Me marcó mucho el tiempo que trabajé en un comedor para deportados, en la frontera de México con Estados Unidos. Estábamos a los pies del muro, en la ciudad de Nogales. Todas las personas estaban en situaciones muy precarias y con miedo, pero seguían con entereza y alegría. Ahí descubrí que, cuando las razones para migrar son poderosas, no hay nada que la detenga. Ningún muro o política pública detiene el deseo de las personas por tener una vida mejor.

El sistema de migraciones en Chile estaba reventado, hacía falta una reforma migratoria. Pero creo que sobran algunas políticas que considero discriminatorias. No me gusta que se haya cerrado la migración haitiana hacia Chile. Y tampoco algunas medidas comunicacionales en la forma de expulsar y referirse a las personas… La idea de ordenar la casa. Cuando uno ordena la casa, bota lo que no le sirve. Entonces es una idea muy violenta. 

Han intentado entrevistarme varias veces por mi salida de los jesuitas, pero me incomoda. Siento que es algo muy personal. Las crisis son largas y dolorosas. Fueron 20 años de convicción: dediqué toda mi fuerza, energía e inteligencia. Y eso después se quebró. Pero ahora lo veo como una oportunidad. Me he sentido muy querido y acompañado por mi familia y amigos.

Fue un cambio grande. Cuando estaba en la Compañía incluso ya sabía dónde me enterrarían. En cierto sentido, la vida estaba muy resuelta. De un día para otro me encontré ‘a poto pelado’, empezando todo de nuevo. Echo de menos que tenía un trabajo con mucho sentido, echo de menos a las personas y gente que quiero mucho. No echo de menos el celibato.

Tengo una libertad y autonomía que antes no tenía. Vivo más en paz. Sigo creyendo que el Evangelio es una bella noticia. El último año me he dedicado a hacer clases en la universidad, consultorías e investigación en migración, Derechos Humanos y diversidad.

Ahora estoy en un segundo momento, busco algo más definitivo a largo plazo. Me interesa la política y el servicio público. Creo mucho en los políticos, aunque están desprestigiados. Chile necesita más que nunca transparencia, probidad y buenos políticos. Si seguimos como estamos, está en peligro la democracia. Me gustaría ser diputado, por ejemplo. Aunque no tengo las espaldas por ahora. Me defino como un liberal, socialdemócrata y comunitarista. No sé si eso existe. Creo que Ricardo Lagos es de los presidentes más importantes que ha tenido Chile.

Voy poco a misa. Porque sería como que te separes y sigas viendo a tu ex suegro, ex cuñado y ex sobrinos. Cuando hay un quiebre en tu vida, tomas un poco de distancia para rearmar las cosas.

Hoy, mis sueños son una familia y un trabajo bonito, que ojalá aporte al bien común. No aspiro a nada más.”