• 23 marzo, 2010


El terremoto nos develó varias caras ocultas, de esas que tristemente emergen en situaciones límites. Estas situaciones nos obligan a reflexionar sobre nuestro país y el estilo de vida que estamos promoviendo.


El 27 de febrero sentimos mucho miedo. Temblaba la tierra, se movían los muros, sonaban los vidrios, se caían los adornos. Del festival de Viña del Mar, con sus cantos y sus gritos de euforia pasamos, sin más, a los gritos de espanto, de temor, de miedo. Muchos salimos a la calle. El panorama era desolador: las calles y plazas, así como las casas y edificios, estaban sin luz; en muchos lugares no había agua ni gas y en otros no había nada. Nada. Años de trabajo, años de esfuerzo, en un par de minutos fueron arrasados.
Sólo quedaron el recuerdo de los sobrevivientes y una bandera chilena que con gran dignidad siguió flameando los días sucesivos.

Lo primero que hicimos todos fue llamar a nuestros familiares, especialmente a los que suponíamos más frágiles y desvalidos. Lo primero es la familia. Aunque tengamos con algún miembro de ella alguna divergencia, a la hora del espanto es lo primero que aparece como importante, como lo más importante. Es el lugar del abrigo, del consuelo. Muchos pudimos decir: gracias a Dios están todos bien. Otros lloraban a sus deudos, algunos estaban desaparecidos. Muchos de nuestros compatriotas nunca fueron hallados. Y ello nos duele.

A esta primera cara del desastre, cuando la naturaleza hacía lo suyo y frente a lo cual poco o nada podíamos hacer, salvo reconocer nuestra fragilidad y nuestra indigencia, apareció la otra cara, la oculta
pero no por ello menos real que aparece en situaciones límites. Fue la de aquellos que en medio de la destrucción no se preguntaron qué puedo hacer por los demás, sino cómo puedo sacar provecho de esta
situación. Así, al terremoto que nos prodigó la naturaleza apareció otro peor y del cual sí somos responsables: el terremoto que produjeron tantas personas que crearon inseguridad, que sacaron lo que no
les pertenecía, que robaron y que, amparados por la oscuridad y el dolor de tantos, quisieron obtener de mala manera bienes materiales.

Este terremoto nos obliga a reflexionar sobre nuestro país y el estilo de vida que estamos promoviendo y que hace que se llegue incluso a justificar actos deplorables para saciar el deseo de posesión. Lo que hubo fue robo y es bueno decirlo con todas sus letras. Aquello revela que la crisis que dejó al descubierto el terremoto es más bien moral. Si reconstruir templos, colegios, hospitales, caminos y cárceles tomará algunos años, reconstruir una sociedad en que las personas distingan con claridad el bien del mal requerirá muchos más. Muchos años más.

La educación no promueve esa distinción porque no educa la conciencia moral. Sólo educa para sacarse buenas notas, y las consecuencias aparecen en estos tiempos, cuando el hombre pierde toda objetividad y se deja llevar por el instinto más bajo. En tiempos de crisis vimos con dolor cómo la razón se dejó vencer por el deseo y los gustos personales prevalecieron por sobre el respeto a la propiedad privada y las apremiantes necesidades de los demás. Al caos de los efectos del terremoto se sumó el caos fruto del terremoto que produjeron las acciones humanas. Ese terremoto seguirá presente por mucho tiempo. El miedo del terremoto abrió paso al miedo que nos prodigamos entre nosotros mismos. Ese está en todas las esquinas, en todos los barrios, en todas partes y, obviamente, es una herida abierta que tendremos que sanar. Es inaceptable que el apagón de luz diera pie a verdaderas milicias obligadas a defenderse de posibles saqueos. También llama a reflexión que hubiera personas que, sin pensar en los demás, se abalanzaron sobre todo lo que podían comprar sin caer en cuenta que los demás también necesitaban los
productos que ellos sólo querían para “asegurarse”. Esta actitud no es más que otra demostración
de la desconfianza generalizada en que nos movemos y que en nada ayuda crear ambientes fraternos cuando más se necesitan.

La otra cara del terremoto se manifestó en que obras civiles, aparentemente de gran consistencia,
estaban lisa y llanamente mal realizadas. Ya sea por impericia, incapacidad, error, negligencia u otra causa, hubo etapas del largo proceso que significa realizar una obra que no se hicieron bien. Y, por
ello, personas concretas tendrán que responder. Son innumerables las construcciones recién inauguradas que quedaron parcial o totalmente inutilizadas. Algunos edificios, hospitales, puentes, caminos,
iglesias… y suma y sigue. Ello es inaceptable, dado que lo que está en juego es la seguridad de las personas, por una parte, y la confianza en nuestros profesionales, por otra. Los recursos de todos los chilenos no fueron administrados de manera adecuada. Sólo si hay responsables no se extenderá un manto de desconfianza sobre todos quienes participan en la cadena de diseño y edificación y que en Chile gozan
de gran reputación. Es la persona y la salvaguarda de su vida lo que debe animar el trabajo de todo profesional. Hacer como si nada hubiese pasado con los edificios que sufrieron graves daños –son pocos,
es cierto–, pero edificios donde viven familias enteras, podría dar la señal de impunidad. También sería interesante analizar las competencias de aquellos que participaron en dichas obras y quién debe velar por sus cualidades profesionales e idoneidad, así como sus virtudes éticas. Este terremoto es mucho lo que nos puede enseñar, siempre y cuando estemos dispuestos a aprender las lecciones.