La alianza entre Mick Jagger y Keith Richards comenzó a forjarse hace 50 años, cuando se encontraron en un tren. Hoy, nuevos libros y discos permiten revisar uno de los matrimonios creativos más prolíficos y controvertidos de la música popular. Por Marcelo Soto

  • 22 febrero, 2011

 

La alianza entre Mick Jagger y Keith Richards comenzó a forjarse hace 50 años, cuando se encontraron en un tren. Hoy, nuevos libros y discos permiten revisar uno de los matrimonios creativos más prolíficos y controvertidos de la música popular. Por Marcelo Soto

 

Una mañana de la primavera de 1961 ocurrió un encuentro que sin exagerar, podría defi nirse como histórico: Keith Richards, camino a la escuela, se topó en la estación de tren de Dartford, en las afueras de Londres, con un conocido de la primaria, Mick Jagger. El muchacho no le habría llamado la atención si no fuera porque llevaba bajo el brazo dos vinilos, de Chuck Berry y Muddy Waters. El flechazo fue fulminante. Al poco tiempo formarían una banda de rhythm and blues que se convertiría en los Rolling Stones, iniciando una de las alianzas más prolíficas y controvertidas del rock.

A medio siglo de ese encuentro, los Stones se aprontan a celebrar una larga trayectoria con varios lanzamientos: entre ellos una autobiografía de Keith Richards y una colección de los singles lanzados por el grupo inglés entre 1971 y 2006 (ver recuadro). Esto, sumado a libros como el de Victor Bockris sobre el mismo Richards y a las memorias de Ron Wood, viene a poner al día a un mito tan antiguo como resistente a los presagios de disolución.

Unos meses después de cruzarse con Jagger, Richards le contaría a su tía Pat el episodio: “ya sabes que me encanta Chuck Berry desde hace tiempo y creía que era el único que lo conocía en un radio de varios kilómetros a la redonda, pero hace poco, una mañana, en la est (es para no tener que escribir entera una palabra tan larga como estación) de Dartford, estaba esperando un tren con un disco de Chuck Berry en la mano cuando se me ha acercado un tío que conocía de la primaria y resulta que tiene todos los discos de Chuck Berry, del primero al último… Total, que el tipo de la estación (que se llama Mick Jagger) y todos sus colegas (tíos y tías) se reúnen los sábados por la mañana en el Carousel, un garito con máquina de discos. Una mañana de enero pasaba por allí y se me ocurrió entrar a ver si estaban. Todo el mundo fue muy enrollado conmigo, en cuestión de un rato ya me habían invitado a diez fiestas, y además Mick es el mejor cantante de R & B a este lado del Atlántico, y lo digo en serio. En resumidas cuentas: yo toco la guitarra (eléctrica) al estilo de Chuck, y nos hemos buscado uno que toca el bajo y una batería, y otra guitarra para marcar más el ritmo, y estamos practicando dos o tres noches por semana. ¡No sabes que marcha!”.

La carta se hace pública por primera vez en la autobiografía de Richards, Vida (504 páginas), elegida por The New York Times entre los libros notables de 2010 y recién publicada en español. Escrito en un estilo fresco, divertido, espontáneo, el texto posee una cualidad difícil de describir, algo parecido al encanto. Puede que a veces la voz del narrador sea frívola, condescendiente, pero nunca deja de empatizar con el lector. ¡Vamos, que dan ganas de ir a beberse una copa con Keith apenas se sueltan sus páginas! Como en otras ocasiones, sin embargo, el placer se ve truncado debido a una traducción plagada de modismos españoles.

Richards, que estudiaba en una escuela pública de arte, tenía 18 años por entonces, y era un tipo de extracción distinta a la de Jagger, alumno de la London School of Economics. El propio guitarrista cuenta en la carta a su tía: “todos (Mick y sus amigos) están podridos de dinero y viven en unas casa inmensas, es de locos, hay uno que hasta tiene mayordomo. Un día fui a casa de Mick con él en coche (en el de Mick, claro).

-¿Desea algo más señor?

-Un vodka con lima, por favor.

-Sí, señor, se lo traigo enseguida.

Te juro que me sentí como si fuera un lord o algo así, a punto estuve de pedir que me trajeran la corona cuando me marchaba”.

El cliché dice que los opuestos se atraen y esa es la tesis algo superficial del escritor Victor Bockris en su investigación sobre el guitarrista de los Rolling Stones: “El magnetismo entre dos personajes tan diferentes fue instantáneo y mutuo. Auque compartían raíces geográficas, la intimidad también creció por la naturaleza complementaria de sus diferencias de carácter. Mientras Keith era un genuino producto de clase trabajadora, que envolvía con un manto de rebelión el obstinado núcleo interior de un solitario, Mick obedecía los deseos de sus padres de proseguir con su educación, y tenía claros sus objetivos; era el tipo de adolescente cuyos esfuerzos se habían visto lo suficientemente recompensados para acometer cualquier empresa”.

El encuentro en Dartford se ha transformado en un mito de la historia del rock y hay algunas incongruencias. La versión oficial dice que era Mick el que llevaba dos vinilos: The best of Muddy Waters y Rockin’ at the hops de Chuck Berry. Pero Richards, en la carta a su tía, afirma que él también llevaba un álbum. Puede ser un dato insignificante, pero revela la naturaleza de la amistad que forjarían ambos, más allá de las diferencias de personalidad y clase social. Una conexión –común para millones de adolescentes que se criaron en la era anterior a las descargas digitales– basada en el amor por los discos.

Así lo explica Richards: “La cuestión, siempre, eran los discos, desde que tenías once o doce años, el gran tema era quiénes tenían los discos y con ésos era con los que andabas. Los discos eran un tesoro”. Al ver sus vinilos, Keith le pregunta: “¿De dónde has sacado todos esos discos?”. “Bueno, es que tengo esta dirección…”, contesta Jagger, refiriéndose a los míticos Chess Records de Chicago, sello al que pedía álbumes por correo. “Mick había visto tocar a Buddy Holly, esa fue una de las razones por las que me pegué a él como una lapa… Yo no estaba nada metido en el mundillo musical por aquel entonces, en cambio Mick tenía controlada la movida de Londres”, escribe Richards. Y agrega: “Después de aquel encuentro, casi inmediatamente empezamos a quedar y Mick cantaba y yo tocaba y ‘oye, pues no suena mal’. Además no era un esfuerzo: no teníamos a nadie a quien impresionar excepto a nosotros mismos”.

Amor a primera vista, así define el guitarrista la unión con Mick. Sin decirlo claramente a lo largo del libro su relación estaría marcada por una tensión casi sexual. Se quitarían las novias, en varias ocasiones, y cada amigo nuevo de Keith recibiría el celoso desprecio de Jagger.

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Antes de Mick

Las memorias de Richards, entre otras cosas, destacan por la manera en que recrea su infancia. Hijo único, el pequeño Keith se acostumbró a pasar el tiempo solo y aprendió defenderse con los puños de los niños mayores. Era un chico mimado y a la vez independiente, callejero, dando forma a una personalidad dulce pero capaz de reaccionar con violencia. De hecho, en su adultez el guitarrista solía llevar navajas e incluso armas de fuego.

Aunque a primera vista pueda parecer extraño para su perfil rebelde, Richards reconoce que una de sus principales experiencias de la niñez fue pertenecer a los boys scouts, donde mostró sus dotes de líder y desarrolló una afinidad por la vida al aire libre sumada al interés por aprender técnicas de sobrevivencia, que le irían dando en el futuro su fama de salvaje pirata dotado de una capacidad casi irreal para superar los achaques de la salud. Obviamente, Richards sería expulsado del movimiento, por algunos problemas de indisciplina, aunque reconoce que cada vez que escucha el himno de los scouts hace el saludo correspondiente y se emociona hasta las lágrimas.

Sin duda otra clave para entender la personalidad de Richards es su ligazón con sus padres, que parecían una pareja enamorada, aunque escondían una historia de infidelidad. Bert y Doris eran tipos trabajadores y sencillos. Se conocieron en una fábrica, donde los dos se empleaban. Luego Bert marchó a la guerra y fue herido en una acción en Normandía en la que todos sus compañeros murieron, dejándole como recuerdo una enorme cicatriz en el muslo izquierdo y pesadillas para el resto de su vida.

Bert parece un padre distante pero querido, mientras Doris se transforma en una madre omnipresente, cariñosa, obsesionada con su único hijo, que recibe una atención considerable. Esta sensación acogedora se derrumba cuando Keith, al salir de la secundaria y dejar la casa paterna, descubre que su madre tenía un amorío con un amigo de la familia. La mujer abandona a Bert y se va a vivir con su nueva pareja, provocando en Richards una gran desilusión, sintiéndose estafado y sufriendo por la humillación del padre.

Quizá debido a este quiebre familiar, Keith comenzó a sostenerse en los amigos, sobre todo en Mick, de quien había sido vecino en la niñez, pero no volvió a ver –debido a que los Richards se mudaron a otro sector de la ciudad– hasta ese famoso encuentro en la estación de Dartford, que de alguna forma representa el inicio de su vida en la carretera, como un Rolling Stone.

Aprendizaje y peleas

Probablemente uno de los aspectos más interesantes de Vida, de Richards sea la descripción de su formación como guitarrista. Aparte de mencionar a todas las fuentes que inspiraron a los Rolling Stones –básicamente, el blues de Chicago–, hay una sección en la que cuenta cómo desarrolló su estilo, basado en la afinación abierta, un viejo método usado por músicos de blues en el que la guitarra se afina de un modo distinto al tradicional.

En pocas palabras, se trata de afinar la guitarra de acuerdo a un acorde mayor preestablecido, por ejemplo Sol. Richards profundizó en este concepto y llegó a quitarle la sexta cuerda a su instrumento, con lo cual quedaban sólo tres notas, dos de ellas repetidas (Sol-Re-Sol-Si-Re). El efecto logrado es que se aumenta la reverberación y se escucha un cierto zumbido, un acorde que parece venir de otra parte.

Quien haya alguna vez tratado de tocar Honky tonk woman, por ejemplo, en una guitarra afinada de manera tradicional, sabrá que nunca sale igual al modo en que lo hace Richards. Siempre hay algo que se escapa, que suena más torpe y menos envolvente. Puede que este apartado sólo interese a los que tienen alguna noción de música, pero es sumamente revelador sobre la manera en que se construyó el inconfundible sonido de la banda.

Vida. Keith Richards, Global Rhythm, 504 páginas.

Junto a este aprendizaje musical, aparece la educación sentimental del guitarrista, que contradice algunos estereotipos. Hasta bastante mayor, su relación con las mujeres es más bien platónica. A los 18 o 19 años, sólo le interesa tocar blues. Nunca toma la iniciativa. En algún momento confiesa que es más del tipo cariñoso, de relaciones largas. No le interesa el sexo casual, como a otros integrantes del grupo (Mick Jagger y Bill Wyman) que ven el asunto como una estadística y un deporte. Incluso, en sus días de mayor gloria como estrella de rock, reconoce que con muchas mujeres que lo perseguían y se metían en su cama no pasaba nada, salvo charlas y abrazarse. Bastante lejos de su imagen, ¿no?

Con Mick, sin embargo, irá desarrollando una casi enfermiza competencia. Varias novias del cantante serán amantes de Keith y viceversa, lo cual conduce a aquellos célebres comentarios que hizo el guitarrista sobre la capacidad amatoria de Jagger. Según Richards, la fama de su compañero no se correspondía a la realidad. En la intimidad, “no estaba a la altura”, comenta maliciosamente y sin duda hablando por la herida. Su novia Anita Pallenberg, actriz y modelo, tuvo un romance con Jagger mientras ambos rodaban una película, y Keith se desquitó pasando una noche con Marianne Faithfull, pareja del cantante. Justo en la mañana apareció Mick; Richards salió corriendo por la ventana, dejando un calcetín.

Estas historias no pasarían de ser anecdóticas, si no fuera porque ilustran la batalla de egos entre los dos y por el liderazgo de la banda. Durante mucho tiempo Richards se mantuvo al margen, enganchado a drogas duras, pero al desintoxicarse quiso recuperar parte del control, a lo que Jagger se opuso de manera rotunda.

Keith suena particularmente dolido por la decisión de Mick de abordar una carrera solista en los 80, dejando en segundo plano a los Stones. También se burla de su obsesión por componer temas de éxito, basado en el sonido de moda que “escuchó en la discoteca la noche anterior”.

Digna de mención es la parte en que recrea el registro del álbum de 1997 Bridges to Babylon, producido por Don Was. Jagger estaba indignado porque el disco incluiría tres canciones de Richards. Según él, los fans de la banda no querían ese tipo de temas. Para solucionar el entuerto, Was encontró una salida: colocó dos cortes de Keith (Thief in the night y How can I stop) al final del disco, casi sin separación, para que así muchos creyeran que se trataba de un solo tema. Mick aceptó, pero aún así esas dos canciones, junto a You don’t have to mean it, son las mejores del álbum y las tres son de Richards.

Drogas y cenizas

La autobiografía de Richards alcanza momentos bastante emotivos cuando recuerda el fallecimiento de un hijo de dos meses (al parecer, de muerte súbita), mientras Keith se encontraba en gira con los Stones. Le ofrecieron cancelar la actuación, pero el guitarrista salió de todos modos al escenario. Puede ser difícil de comprender y el músico no es precisamente autocrítico, pero afirma que es un dolor que lleva consigo siempre.

Cuando Richards se disponía a lanzar las cenizas de su padre, una pequeña nube de polvo voló por los aires y llegó hasta una mesa. "No podía apartarla sin más, así que la recogí con la yema del dedo y esnifé los restos. Polvo eres de padre e hijo", afirma sin remordimientos.

Hay cierta indulgencia en estos pasajes, y lo mismo pasa cuando describe su período de adicción a las drogas. Se ha especulado mucho sobre cómo alguien que se excedió tanto en el uso de sustancias peligrosas pudo sobrevivir. Una teoría es que se cambió la sangre por completo, pero él la niega y señala que su capacidad para mantenerse vivo después de tales experiencias se debe a que siempre tuvo acceso a droga de primera calidad (salvo breves periodos en que tocó fondo), casi nunca se pasó de la raya y supo combinar los diferentes efectos de cada material.

Un aspecto que no podía dejar de mencionar el guitarrista es esa historia sobre que aspiró los restos de su padre incinerado. La explicación es la siguiente: cuando se disponía a lanzar las cenizas de su progenitor junto a un roble, una pequeña nube de polvo voló por los aires y llegó hasta una mesa. “No podía apartarla sin más, así que la recogí con la yema del dedo y esnifé los restos. Polvo eres de padre e hijo”, afirma sin remordimientos.

Así, de un modo bastante satisfecho (raro en alguien famoso por un tema sobre la insatisfacción), concluyen estas memorias. “Puedo dormirme en los laureles. Creo que ya he provocado revuelo más que suficiente en esta vida y puedo vivir con ello, y sentarme a ver cómo otros la llevan. Pero esa palabra, ‘retirarse’… Me retiraré cuando estire la pata”.

Reflexión aparte, puede decirse que con sus altibajos, la alianza entre Jagger y Richards se parece a un viejo matrimonio. “Yo suelo dejar que corra el agua”, dice el guitarrista. “Puede que no perdone, pero tampoco soy capaz de guardar rencor durante mucho tiempo. Mientras tengamos entre manos algo que funciona, todo lo demás se convierte en secundario”. Medio siglo después de aquella cita en el tren, la chispa no se apaga del todo.

Discos conmemorativos

Aparte de las memorias de Keith Richards, los Rolling Stones seguirán en el ojo del público cuando se acercan a cumplir medio siglo de existencia. En abril, se editará una caja con los singles de la banda entre 1971 y 2006. Una pieza de colección que contendrá 173 canciones, 83 de las cuales no estaban disponibles oficialmente. Desde Brown sugar hasta Biggest mistake, este box set repasa los lanzamientos de la banda e incluye un libro de 32 páginas con un ensayo de Paul Sexton, y una entrevista con el ex bajista Bill Wyman.

Por ahora, se encuentra en el mercado una recopilación de los temas de Keith Richards en su faceta solista. Se llama Vintange vinos e incluye canciones como Take it so hard, Make no mistake y Too rude, que demuestran que Richards es mucho más que el socio a la sombra de Jagger.