Este 2008 se cumplen 25 años desde la aparición de un disco que redefinió lo que se entendía por éxito en la industria disquera: “Thriller” ya lleva un cuarto de siglo dando vueltas, y tanto su autor como la industria han cambiado mucho en el camino. Por Andrés Valdivia.

  • 24 marzo, 2008

 

Este 2008 se cumplen 25 años desde la aparición de un disco que redefinió lo que se entendía por éxito en la industria disquera: “Thriller” ya lleva un cuarto de siglo dando vueltas, y tanto su autor como la industria han cambiado mucho en el camino. Por Andrés Valdivia.

Si bien su primer disco solista es la obra maestra (Off the wall, 1979), fue su segundo álbum en solitario el que desató la locura. Thriller fue el título, Michael Jackson su autor y Quincy Jones, su productor. Un fenómeno de aquellos que pueden ser vistos desde distintos prismas y siempre dejan algo interesante sobre la mesa. Con 40 millones de copias vendidas en su primera temporada en los charts y siete de sus nueve cortes incrustados en el Top Ten, esta placa marca el punto de partida de la década de oro de la industria disquera: los 80. Concebido como un disco que pretendía llegar a todos los segmentos etáreos y socio-económicos, y apoyado fuertemente por la naciente cadena MTV, Thriller cambió definitivamente el estándar de lo que se entendía por éxito en su tiempo y masificó globalmente a uno de los personajes más freak y tristes de la historia del mercado que hoy conocemos por celebrilandia.

La placa es maciza y adictiva, incluso arrojada para su tiempo. Basado fuertemente en el funk y en el disco –reyes de la década que lo precedió– pero con toques de rock y puentes comunicantes con las audiencias blancas (nada menos que Eddie Van Halen toca la guitarra en varios cortes, y claro, el mismísimo Paul McCartney hace su cameo en “The girl is mine”), Thriller se pasea entre el pulso bailable y la balada bonachona con toda naturalidad, sirviendo de perfecta transición entre las noches lujuriosas de la narcótica década de los 70 y las nuevas reglas que imponía la era Reagan y el sonido sintético que la acompañó. Es decir: puro filete, por donde se le mire.

Pero así como Thriller redefinió lo que se podía lograr industrialmente con un grupo de nueve canciones buenas y una aceitada máquina de talento marketero y logístico detrás, también abrió la puerta trasera a la intimidad de un personaje que ha recorrido una trayectoria muy similar a la de la industria que lo vio nacer. Hay que decirlo: Jackson ha sido probablemente uno de los músicos más populares de la historia, pero también uno de los más aterradores engendros de nuestros tiempos. En él se concentra hoy todo lo malo del mundo que hemos construido y su vida es símbolo de una nueva y particular forma de patetismo ligado al éxito. Si antaño las estrellas morían presas de una noche de juerga con más cocaína y alcohol de lo que un ser humano puede soportar, Michael Jackson somatiza su infancia sobreexpuesta y miserable desde la patología más radical: problemas con los tribunales por asuntos de pedofilia, un cuerpo reconstruido que se cae a pedazos, una bofetada a sus raíces negras a punta de maquillaje y ya varios fracasos en la única cancha donde el tipo parece ser benigno: el escenario. Al parecer, el abismo al que se asomó una generación de celebridades no es el mismo que habita Jackson, y así como su carrera fue ejemplo para notables como Justin Timberlake, sus delirios paranoides lo son también para todo el resto de celebridades que dan jugo en estos días. A medida que los 80 comienzan a dejar de estar de moda, su resaca volverá a tocarnos como un déjà vu pesadillesco… uno en el que Jackson es protagonista.