No todos los escritores eligen el lenguaje de sus obras. A algunos, como el peruano Daniel Alarcón, el asunto les es impuesto desde fuera; para otros, es cuestión de sobrevivencia, de educación, tributo y, a veces, hasta de endemoniada casualidad.

  • 16 noviembre, 2007

No todos los escritores eligen el lenguaje de sus obras. A algunos, como el peruano Daniel Alarcón, el asunto les es impuesto desde fuera; para otros, es cuestión de sobrevivencia, de educación, tributo y, a veces, hasta de endemoniada casualidad. Por Christian Ramírez; foto, Enrique Stindt.

 

Hojeando hace unas semanas la edición en español de la revista literaria británica Granta me topé con el nombre del peruano Daniel Alarcón, pero no se trataba de una antología de escritores latinos. Alarcón aparecía entreverado en medio de puros nombres gringos, en un especial llamado Los mejores escritores jóvenes norteamericanos.

Mirando con más cuidado me quedó claro que la narración había sido traducida, que Alarcón no escribía en español sino que directamente al inglés. Las palabras casi se me salieron de la boca: -¿Qué clase de híbrido sería éste?.

Pero al final la pregunta no tuve que hacerla yo, sino que la hizo el mismo Alarcón cuando nos encontramos con motivo de la recién pasada Feria del Libro, a la que vino a promocionar la edición en castellano de su primera novela, Radio ciudad perdida (ver comentario en página 176). Con 30 años recién cumplidos está claro que el joven narrador todavía está figurándose su lugar dentro del panorama literario latinoamericano, aunque es evidente que sabe cómo se viene la mano y, como tanto artista que ha hecho suya y escribe en la lengua de su país adoptivo, no puede sino sentirse muy cómodo.

 

 

 

Idiomas prestados

 

 

Eso no debería extrañar porque, pese a haber nacido en Perú, ha vivido entre angloparlantes desde los tres años. “Mi gran orgullo es haber aprendido a hablar bien un idioma que, de chico, sólo escuché de boca de mis padres y que a los 16 la verdad es que apenas lo usaba”, comenta en un perfecto español, mientas se me ocurre que su caso puede compararse con el de otra gente que optó por escribir con frases que por un asunto cultural podían serle ajenas.

No es por entrar en comparaciones desquiciadas, pero el caso de Alarcón se parece un poco al de Franz Kafka, quien pese a ser checo, aprendió alemán como su primer lenguaje. Hoy su rostro se ha convertido en un emblema del país del este, pero todas sus obras fueron redactadas en germano (salvo por unas cuantas cartas a su amada Milena), aunque en el trato del día a día se expresaba en un perfecto checo.

Algo parecido se podría decir de Borges, quien durante toda su infancia en Buenos Aires fue expuesto casi permanentemente al idioma inglés –que era el lenguaje que se usaba a diario en su casa–, al punto que en su formación literaria las referencias británicas, por más oscuras que fueran, acabaron por hacerse necesarias e indispensables. Sólo que nunca tuvo la osadía de escribir en inglés.

“A mí me pasaría algo parecido si es que tuviera que redactar en español”, comenta al respecto Alarcón. No es algo que se me dé. No me sale”, explica. Puede que, en la medida que su redacción mejore, Daniel quiera atreverse a escribir en el idioma de sus padres; pero si lo hace sería una conversión tardía, al mejor estilo de varios escritores del siglo XX. El punto es que al hacerlo se pueden dar tropezones como los sufridos por el checo Milan Kundera, quien después de una vida y al menos una docena de libros escritos en su lenguaje natal, a los 64 años comenzó – con la publicación de La lentitud (La lenteur)– a escribir directamente en francés, para disgusto de varios críticos que por años lo habían defendido y que de pronto casi lo consideraron un extraño.

“Es un problema de nivel cultural y emocional”, indica Alarcón. “Yo considero que mi español posee un nivel pobrísimo, al menos para mis estándares de exigencia. Y, sin embargo, siempre me están preguntando lo mismo, que si no me apetece escribir en español. De un tiempo a esta parte les contesto que bien podrían bajarme las ganas de comenzar a escribir en árabe, porque hace poco me metí a estudiarlo” (ríe).

 

 

Nabokov recién llegado a Norteamérica y Milan Kundera junto a su esposa Vera, en 1973. Dos ejemplos de escritores que se atrevieron a publicar en un lenguaje que no era el suyo.

 

 

Un par de maestros

 

 

En caso de querer un consejo al respecto, Alarcón tal vez podría seguir uno de dos caminos que a la larga se convirtieron en perfectos: los de Joseph Conrad y Vladimir Nabokov.

 

El polaco Conrad –Theodor Józef Konrad– se volvió fluido en inglés en 1978, a los 21 años, un poco antes que el peruano recuperase su español, en parte porque su padre, que se ganaba la vida como traductor, lo instó de pequeño a ser políglota, y también porque su profesión se lo exigía: poco antes de cumplir 30 y recién nacionalizado ciudadano británico, Conrad acumulaba experiencia y decenas de historias en sus viajes de marino mercante. Nunca logró sacarse el acento al hablar, pero cualquier traza de polaco en su escritura desapareció por completo, al extremo que sus numerosas novelas son un modelo de lenguaje anglosajón. Caso parecido al de Nabokov, quien es celebrado hoy como un maestro del idioma inglés, en circunstancias que fue su tercer o cuarto lenguaje después del ruso materno, el fránces y el alemán. En el proceso, mucho le ayudó su educación de cuño centroeuropeo y su situación de refugiado post revolución, pero el verdadero cambio vino cuando tuvo que comenzar a ganarse la vida como profesor en el Wellesley Collage, de Cambrigde Massachussets en 1941. Hasta ese entonces había escrito nueve novelas en ruso, pero ese mismo año publicó The real life of Sebastian Knight y emergió de golpe como autor en idioma inglés. Y vaya que emergió: la publicación de su polémica Lolita en 1955, es el mejor testimonio de hasta qué punto el escritor ruso se había transformado en autor norteamericano, su uso del slang gringo es pura perfección y hay escritores como el británico Martin Amis que defi enden a brazo partido el estatus de Lolita como la mejor novela escrita en inglés durante el siglo XX.

 

 

 

Traduttore, no tradittore

 

 

“Esto de la traducción se ha convertido en un hábito”, dice Alarcón y se larga a explicar que en los últimos meses trabajó duramente en un proyecto de revista con una universidad norteamericana que deseaba publicar por primera vez en inglés a un gran conjunto de escritores latinos. Como parte del paquete, el peruano acabó con una traducción completa de Bonsái, la nouvelle de Alejandro Zambra, la que al final se quedó fuera por falta de espacio, pero de paso comenzó a negociar de inmediato sus derechos de publicación en inglés.

 

“Estoy muy satisfecho con la versión que conseguimos” dice, aunque admite que el mundo de las traducciones no es lo suyo y agrega que para las versiones en español de sus textos siempre trabaja con la misma persona, Jorge Cornejo, quien vive en Lima. “Nos entendemos por e-mail”. ¿En qué idioma se entenderán? Probablemente en inglés; aunque, después de hablar durante casi una hora con Alarcón en un muy correcto español ya no estoy tan seguro.

 

 

 

Latino writer


Aunque su lengua sea el inglés, Daniel Alarcón escribe sobre Perú y mantiene contacto con el mundo literario de Lima, tanto así que fue seleccionado como uno de los escritores latinoamericanos más importantes de la actualidad en el Hay Festival de Bogotá. Su libro de relatos, Guerra a la luz de las velas, fue finalista del premio PEN Hemingway 2006, mientras que la novela Radio ciudad perdida ha sido aclamada por la crítica estadounidense.


Con tales pergaminos llegó a Chile como una de las figuras estelares de la nueva edición de la Feria del Libro de Santiago, si bien en nuestro país la crítica no lo ha tratado demasiado bien. Camilo Marks, de El Mercurio, prácticamente lo pulverizó, desatando una guerrilla verbal en los blogs literarios del continente. A favor y en contra.

El primer libro de Alarcón, Guerra a la luz de las velas, fue uno de los títulos más interesantes publicados el año pasado; sin embargo, el exceso de bombo publicitario puede jugarle en contra. En una industria editorial como la latinoamericana, carente de nombres importantes, desesperada por un nuevo boom, el caso de Alarcón tiene bastante de burbuja, por más que se apoye en un talento literario considerable.


En sus mejores relatos, Alarcón habla de los latinos en Nueva York o Miami y lo hace con un realismo y una intensidad, que casi no tiene parangón entre los autores de su edad. Tipos que quieren ser artistas, pero terminan lavando platos, y deben luchar no sólo contra el racismo sino contra la mala conciencia disfrazada de compasión de los progresistas.


En otros cuentos, el escritor –que tiene cara de niño y parece ajeno a toda la polvareda que su nombre levanta– habla de una de sus obsesiones: el terrorismo, el origen de la violencia en un país que puede ser Perú, Colombia o Chile. Aquí Alarcón camina por una delgada línea, donde la nostalgia y la corrección política funcionan como sus peores enemigos, y a veces se cae.


¿Por qué esta fijación por la violencia política que sacudió y sacude al continente? El autor ha declarado que “estando lejos del Perú mantuvimos la ilusión de que las cosas no iban tan mal. Cuando la guerra (con Sendero Luminoso) encrudeció y la violencia nos tocó personalmente, toda la crueldad de la situación se hizo realidad. Mi obsesión por comprender viene de allí. Vi de cerca la impotencia que mis viejos sentían al estar lejos y no poder hacer nada. Cuando se está lejos, sólo se recuerda lo bueno. Es natural que un inmigrante sienta eso, pero la violencia, en un momento, ya no nos permitió esa ilusión”. (por Marcelo Soto)