• 24 agosto, 2010


El caso de la mina San José es un buen ejemplo de esa falta a los deberes propios: de parte de la empresa y de sus ejecutivos, que no cumplieron la normativa imperante, y de parte de los órganos del Estado, que no fiscalizaron adecuadamente.


Agosto es el Mes de la Solidaridad, en consideración a la vida y obra de san Alberto Hurtado, fallecido en agosto de 1952. En su transcurso se realizan diversas campañas de fundaciones, las universidades organizan sus ferias solidarias y el mismo 18 de agosto se conmemora el Día Nacional de la Solidaridad, marcado este año por la mayor tragedia minera de los últimos años.

La intensa búsqueda de los posibles sobrevivientes en la mina San José y la situación de los familiares, mujeres y niños que viven en el campamento denominado Esperanza, han conmovido al país entero. Hasta allí han llegado voluntarios y muchas otras personas a donar comida, ropa o a acompañar a las familias con rezos por el retorno de los mineros. En otras ciudades se han hecho cadenas de oración y existe una preocupación constante por las labores de rescate.

A simple vista parece una nueva demostración de la solidaridad en nuestro país, de esas que nos emocionan, que conmueven y de las cuales nos sentimos orgullosos. Pero el caso denota –en el fondo– una verdadera falta de ella. Sabemos que la solidaridad es la obligación recíproca que existe entre todos los miembros de la sociedad y que no se basa en meros sentimientos de compasión sino en la firme voluntad de contribuir al bien de todos y de cada uno; porque en sociedad cada uno de nosotros es responsable de todos.

Por tanto, la solidaridad tiene una doble dimensión. La primera de ellas es el cumplimiento de nuestros deberes propios y la realización de un trabajo profesional de calidad. Juan Pablo II, en su discurso en la Cepal en Chile, afirmaba la existencia de causas morales de la prosperidad y que ellas residían en múltiples virtudes: laboriosidad, espíritu de servicio y cumplimiento de la palabra empeñada, entre muchas otras, pero que podían resumirse en una: amor al trabajo bien hecho. En consecuencia, no son verdaderamente solidarios el médico de turno que abandona su trabajo hospitalario o el profesor que deja sus clases para partir como voluntarios a algún trabajo social, dejando a pacientes y a alumnos abandonados, por muy noble que sea esa labor de voluntariado. Ni tampoco lo son el estudiante que no se esfuerza por aprender o el profesional que no se capacita para desarrollar de mejor modo su trabajo.

La preocupación por los más necesitados, ese sentir la pobreza ajena como propia, es la segunda dimensión de esta obligación recíproca entre todos los miembros de la sociedad, y se basa en y presupone el cumplimiento del propio trabajo.

El caso de la mina San José es un buen ejemplo de esa falta a los deberes propios: de parte de la empresa y sus ejecutivos, que no cumplieron con la normativa imperante y presionaron por reabrir una mina altamente inestable; y de parte de los órganos del Estado, que no fiscalizaron adecuadamente y que mantienen a Sernageomin como un ente centralizado, con la mayoría de sus funcionarios radicados en la capital.

A la vez, esta segunda dimensión de la solidaridad se ha manifestado en forma notable en la búsqueda de los mineros y en la atención a sus familias. Pero no debemos olvidar que estamos frente a una tragedia evitable, a diferencia del terremoto de febrero pasado, que fue inevitable por la acción humana, sin perjuicio de que respecto al accionar post terremoto podemos realizar la misma distinción entre ambas dimensiones de la solidaridad. A modo de ejemplo: no hubo solidaridad en quienes debieron dar la alerta de tsunami y no lo hicieron pero sí la hubo en quienes, sin tener el deber profesional de hacerlo, salieron a entregar tiempo, recursos y energía en ayuda de los damnificados.

El desafío de Chile hoy es crear una sociedad realmente solidaria. Es decir, que no sólo reacciona generosamente cuando existe un desastre, como el de los mineros en el norte o el del tsunami en el sur, sino que un país donde cada chileno realice diariamente un trabajo profesional de calidad, como el mejor modo de servir a los demás.