Son más preguntas que respuestas las que surgen cuando se habla del futuro de los medios de comunicación. Por eso, quisimos convocar a un grupo de periodistas, académicos, expertos y ejecutivos, para conversar sobre los desafíos que deberemos enfrentar si queremos contribuir al fortalecimiento de sociedades más complejas, donde la verdad no siempre resulta evidente. Aquí sus diagnósticos, análisis y propuestas.

  • 30 agosto, 2018

Carlos Schaerer, director de El Mercurio

“Tiene algo de paradójico lo que ha ocurrido con la prensa. Hasta hace no mucho, eran abundantes las voces que anunciaban su fin. Las redes sociales desarrolladas al alero de las nuevas tecnologías –se afirmaba– desplazarían a todos los medios tradicionales, e impondrían una nueva manera de informarse, mucho más ‘horizontal’ y ‘libre’, donde cada ciudadano sería a la vez productor y receptor de sus propias noticias, sin necesidad de mediación alguna. Pero esta utopía reveló una faz peligrosa e inquietante. Ciertamente, la cantidad de contenidos a los que pueden acceder las personas se multiplicó de manera exponencial, pero ello no las transformó necesariamente en ciudadanos mejor informados, sino en muchos casos en individuos confundidos ante mareas de datos imposibles de procesar. Peor aún, ese estado de desconcierto ha sido aprovechado por grupos de interés –difíciles de clasificar– para manipular y difundir todo tipo de falsedades, amenazando el tejido social y erosionando sólidas democracias. Es en ese escenario donde una vez más se ha comprobado la necesidad de la prensa como espacio imprescindible para el periodismo de calidad, ese que investiga rigurosamente y que define y selecciona sus contenidos sobre la base de criterios de relevancia e interés público, asumiendo la plena responsabilidad de sus contenidos. No es casual lo que pasa, por ejemplo, en Estados Unidos, donde, luego de vivir momentos difíciles y al tiempo que crece la conciencia respecto del fenómeno de las noticias falsas, las grandes marcas históricas del periodismo vuelven a gozar de buena salud y marcan la agenda nacional. En tiempos de incredulidad e incertidumbre, las sociedades miran otra vez a la prensa como pilar de la confianza pública. Ese es su valor y por eso, más allá de formatos y tecnologías, es insustituible”.

 

 

 

 

 

Bárbara Fuentes, decana (s) Escuela de Periodismo Universidad Adolfo Ibáñez

“La noticia fue global: más de 300 diarios de Estados Unidos publicando editoriales en favor de la libertad de prensa y en contra de los ataques de Donald Trump. El Boston Globe, medio que coordinó esta inédita operación, escribió en su web: ‘Sustituir medios libres por uno oficial gestionado por el Estado ha sido siempre una prioridad de los regímenes corruptos al llegar al poder’. Entre otros temas, lo que estos periódicos pusieron sobre la mesa fue algo que parece evidente: la democracia no es automática. Y para ayudarla, junto a la independencia de poderes y a la educación, está la prensa. Eso es, al menos, lo que se enseña en todas las escuelas de periodismo del mundo libre. ¿De qué manera lo consigue? Antes era más sencillo. Una editorial, un reportaje, y la discusión estaba zanjada. Hoy sabemos que los mensajes se mueven en todas direcciones, que los lectores son esquivos, que la industria de los contenidos falsos también es un negocio, que se puede –¡claro que se puede!– vivir en la ignorancia y que la información que llega a través las redes es fragmentada. Y es así como mientras con una mano el periodismo –llamémoslo “tradicional”– aprende nuevas herramientas para conquistar diferentes audiencias, con la otra intenta impedir que se asienten discursos que buscan manipular a la opinión pública. Para ello, no solo investiga y destapa casos de corrupción –Lava Jato, cuadernos de las coimas, nuestros SQM y Penta–. Pero esos son los grandes titulares. El trabajo de todos los días también es confrontar el relato construido de gobiernos y corporaciones que buscan imponer su visión de la realidad. Es entonces cuando la prensa se convierte en un espacio para la crítica ordenada y para los datos certeros. ‘Abandonar los hechos es renunciar a la libertad. La posverdad es el prefascismo’, sostiene el historiador Timothy Snyder. Al parecer, una prensa libre y rigurosa es la mejor forma de poner en jaque las versiones oficiales, las posverdades y los discursos cargados de interpretaciones antojadizas de la voluntad popular”.

 

 

 

 

 

Cristóbal Bellolio, doctor en Filosofía Política y académico UAI

 “Aunque a primera vista no hay nada bueno en los escándalos de corrupción que se han destapado recientemente en la región, creo que es posible mirar el vaso medio lleno. Tanto en Brasil –con la Operación Lava Jato– como en Argentina –con los cuadernos–, la prensa libre ha jugado un rol fundamental. En ambos casos, los adversarios eran formidables. Lula y Dilma controlaban la escena política brasileña, mientras la fuerza del kirchnerismo no menguó con la llegada de Macri al poder. Otro tanto puede decirse de Chile y el caso Caval, donde un medio escrito develó una trama que involucraba directamente a la familia de la presidenta Bachelet. Argentina, Brasil y Chile tienen motivos, en este particular sentido, para estar más o menos tranquilos. En estos tres países fue posible investigar exhaustivamente al poder político. En estos tres casos, las denuncias comenzaron en los medios de comunicación y continuaron en tribunales que juzgaron con considerable autonomía. No quiero idealizar. Quiero darles una vuelta a hechos que, aparentemente, solo desnudan nuestra debilidad institucional. Por el contrario, yo creo que se requiere de cierta densidad institucional para que ocurra lo que pasó en estos tres casos. ¿Cree usted que en Bolivia, Venezuela o Nicaragua no hay corrupción? Sería extraño que no la hubiera. Pero no hemos sabido de escándalos similares. Yo creo que es porque no en todos los países en vías de desarrollo –como los nuestros– es posible una alianza entre un periodismo y una judicatura independientes para desafiar a los poderosos. Dicho de otra manera, en países así es más o menos normal tener fiebre cada cierto tiempo. La corrupción es la fiebre. Lo importante es tener un termómetro que la marque. El termómetro son todas las instituciones indagatorias, como los medios de comunicación y los tribunales de justicia. Si hay fiebre, es mejor saberlo”.

 

 

 

 

 

Magdalena Browne, directora Desuc, Universidad Católica

“La relación entre democracia y medios de comunicación está en la base del desarrollo de la sociedad moderna. Ambas instituciones se requieren mutuamente: la primera es alimentada por la segunda, en tanto posibilita el debate, la opinión pública y la fiscalización; los medios, a su vez, solo pueden asentarse en una democracia que garantiza la libertad de expresión. Esa relación se ha visto desafiada por la digitalización e internet, al afectar cualitativa y cuantitativamente la manera en que se produce un recurso muy simple, pero fundamental: la información de interés público. Antes, la amenaza era el control y la escasez; hoy, lo es su inverso: la sobresaturación informativa. Las nuevas formas de circulación –en que potencialmente cualquier usuario puede ser un difusor masivo de contenidos– han traído posibilidades inéditas, al favorecer la creación de espacios públicos alternativos y el quiebre de la unidireccionalidad de la comunicación mediada. Desde el mundo académico, las miradas optimistas iniciales han dado paso a la preocupación por los dilemas cognitivos que trae la dramática expansión de la abundancia comunicacional, de más canales, mensajes, fuentes y voces, en que circula no solo más información, sino también desinformación. La pregunta, entonces, no es solo cómo los ciudadanos están filtrando, discerniendo y compartiendo contenidos, sino también cómo el periodismo se ve presionado ante esta economía de la atención, y es capaz de reconfigurarse como industria y –al mismo tiempo– revitalizar su legitimidad como garante de calidad informativa”. 

 

 

 

 

Fernando Claro, economista, Fundación para el Progreso

“Parece ser que el desafío de los medios estará en lograr diferenciarse en calidad. Hoy en día se puede difundir y acceder de manera extremadamente fácil a distintos tipos de información, lo que trae consigo las mismas consecuencias que cualquier fenómeno de masificación: el riesgo de sacrificar calidad. Algo similar ocurrió, por ejemplo, y sigue ocurriendo gradualmente, con la música, la literatura y el cine. Los medios, como los conocemos hoy, tendrán que ser una marca de confianza y entregar información que les permita sostener esa confianza en el tiempo. Además, deberán competir internacionalmente y, para diferenciarse más aún, deberán tener un sello, una perspectiva marcada, cierta estética. Los que no lo logren competirán con las redes sociales, las noticias falsas y lo políticamente correcto, es decir, con cualquier persona, por lo que estarán condenados a desaparecer. Deberán también adecuar tanto su organización interna –la tecnología está cambiando sus oficinas más que cualquier otra industria– como sus productos, buscando plataformas para ser escuchados y leídos en cualquier lugar y momento. Será un periodo con fuertes ajustes, donde una cuestión crucial será el rol que jueguen los dueños. Antiguamente, los medios nacieron de una profunda vocación periodística-cultural y de responsabilidad. Hoy en día, con la globalización, los medios están siendo adquiridos por grandes holdings o multinacionales con diferentes objetivos, legítimos, pero diferentes”.

 

 

 

 

 

 

Alberto Luengo, ex director de prensa de TVN

“El periodismo en Chile vive días extraños, difíciles. La tierra prometida digital se avizora, pero todavía no muestra sus frutos. Este oficio vive de manera confusa el fin del monopolio de los medios masivos en materia informativa. 

La profesión y la industria viven atenazados por dos brazos de hierro que se van cerrando: la caída constante de la publicidad y la competencia de las redes sociales. La publicidad general disminuye a tasas de 5% anual desde hace años; y en algunos sectores, como los diarios y revistas, es aún más fuerte. Y las redes sociales, aunque son pasto fértil de las fake news, están años luz por delante de las versiones digitales de los medios en materia de accesibilidad desde celulares, actualización instantánea y capacidad de reacción ante eventos masivos. 

Es una buena noticia constatar que la libertad de expresión en Chile es completa y los periodistas, muy lejos ya de la autocensura, son cada día más osados y creativos en su búsqueda de historias que contar y secretos que revelar. Pero al mismo tiempo, cada día hay menos medios tradicionales, se cierran revistas y diarios, los medios digitales y los tradicionales reducen sus plantillas de periodistas y las áreas de prensa de la televisión viven también su ajuste de costos, a veces de manera dramática.

Más allá de los aspectos económicos de una industria en crisis –o en transformación si se es optimista–, sus efectos pueden hacer peligrar la salud de la democracia. Sin fiscalización pública, la democracia representativa se deteriora. Una prensa vigorosa y vigilante sobre los asuntos públicos es la mejor garantía de control del poder que tienen los ciudadanos. La concentración es peligrosa en el dominio de la prensa, no porque los periodistas y medios no hagan su trabajo, sino porque la ausencia de miradas frescas y diversas afecta la percepción de legitimidad de la democracia.

En medio de una caída general de la confianza en las instituciones y de una crisis profunda de representación, la presencia de una prensa confiable, vigorosa y diversa es el mejor antídoto al surgimiento de males como la corrupción, el populismo o las noticias falsas”.

 

 

 

 

 

Ingrid Bachmann, directora del Departamento de Periodismo de la PUC

“El periodismo enfrenta hoy muchos desafíos, pero no ha perdido vigencia ni importancia, y continúa siendo clave para la democracia. En un mundo saturado de datos, la capacidad de observar, interpretar y comunicar contenidos socialmente relevantes es una tarea fundamental para promover el debate para la construcción de una mejor vida en común, y son los periodistas quienes en gran medida contribuyen a la difusión de ideas que alimentan esa discusión.

La tarea no es fácil y hay quienes la menosprecian. El periodismo es mucho más que un recuento de informaciones. Tiene que ver con seleccionar y enfocar contenidos, priorizar temas, interpretar y explicar datos más allá de lo meramente descriptivo y presentarlos de forma coherente y atractiva. El proceso no está libre de errores ni sesgos, incluso de arrogancia y un poquito de miopía –es hecho por seres humanos–, pero no por eso deja de ser profesional y relevante. En tiempos de posverdad y las comúnmente llamadas “noticias falsas”, la vulnerabilidad del periodismo es evidente, pero su rol de vigilancia y denuncia de abusos es aún más relevante.

En ese contexto, las nuevas tecnologías son una oportunidad y un desafío. Es difícil mantenerse vigentes cuando cada nueva plataforma parece dejar obsoletos a sus predecesores y pelear por la atención de las audiencias. Sin embargo, lo que no cambia es el valor agregado que tienen los medios a la hora de difundir qué es lo importante cada día, sobre todo cuando lo hacen con rigor y seriedad. La adaptación a los nuevos requerimientos digitales es necesaria y si se realiza con el foco adecuado, con precisión y atención a la verificación de datos, puede dar pie a nuevas posibilidades: desde la cobertura en tiempo real hasta la interacción con usuarios activos de los contenidos informativos. Las nuevas tecnologías también pueden constituirse en valiosas herramientas para encontrar, analizar, interpretar y visualizar datos. Con todo, la mayor inmediatez y proximidad no cambia el hecho de que el periodismo de calidad se define por su contenido, no por sus formatos. Una historia bien reporteada y bien contada, que distinga lo verdadero de lo que no lo es, es la esencia del buen periodismo”.

 

 

 

 

 

Nicolás Vergara, conductor de Radio Duna

“Mucho hemos leído y oído sobre el cambio brutal que se viene en un futuro cercano; algunos nos dicen que al menos dos tercios de los empleos que conocemos en la actualidad desaparecerán en la próxima década. Hace 30 años, las radios en Chile estaban condenadas a la desaparición, las frecuencias caían de precio día a día, habían quedado atrás los días de gloria en que desde sus micrófonos se lanzaban o destruían carreras artísticas, en los que los almuerzos familiares eran en absoluto silencio para escuchar a Luis Hernández Parker o a Tito Mundt contando lo que nadie sabía, los auditorios para programas en vivo juntaban polvo o derechamente ya no existían, en fin, un mundo que se acababa arrasando a su paso con locutores, controladores, periodistas y técnicos. Sin embargo, la masificación del automóvil, con los consecuentes embotellamientos, sumado a la mejora de los equipos de audio para autos y la transformación de las emisoras a la FM no solo las salvaron, sino que les dieron un impulso tal, que hasta hace muy poco una frecuencia radial se transaba en varios cientos de millones de pesos, y hoy están muy lejos de ir en picada.

Muchos nos preguntamos, ¿será acaso nuestro oficio uno de los condenados a la desaparición? No son pocos los que se apresuran en contestar afirmativamente: las escuálidas páginas de nuestras revistas cada vez más carentes de publicidad, la fusión o simplemente la desaparición de otros medios,  o las abultadas pérdidas de la mayoría de los canales de TV no hacen sino darles la razón.

Mirar el ejemplo reciente de las radios, en el entendido de que no fue una casualidad lo que ocurrió con ellas sino que, por el contrario, hubo mujeres y hombres que supieron ver la oportunidad y la tomaron, me hace pensar que la formidable capacidad que nos da la tecnología para reaccionar casi instantáneamente ante un hecho informativo, nos lleva a una oportunidad única. Casi cualquiera puede contar una noticia, pero serán los medios modernos los que, volviendo al oficio de siempre permitirán, como le escuché a un periodista argentino la semana pasada, dejar atrás el desprecio por los hechos y evitar, como viene ocurriendo cada vez más, que la opinión reemplace a la información”. 

 

 

 

 

 

Javier Urrutia, director ejecutivo Canal 13

“No todo el mundo en medios es igual. No todos hacen del periodismo, de la información y la opinión un pilar de su oferta editorial. Los medios que aceptamos ese desafío tenemos una doble responsabilidad. En el 13 (en todas nuestras plataformas) tenemos un compromiso con la democracia y sus valores. Estamos para acompañar y entretener, pero sobre todo para informar y ayudar a construir identidad, para la audiencia y para el país. Lo que hacemos debe no solo ser relevante y aportar al debate social constructivo de la sociedad que queremos, debe ser oportuno, cuestionador y con una clara vocación de masividad. Son temas que deben transitar en televisión abierta, pero también en radio y en el mundo digital. Las conversaciones son muchas y variadas, pero intentamos que el tono sea uno, reconocible en todas nuestras plataformas. Hay un modo que se percibe en nuestros noticieros, en T13 radios y en nuestras plataformas digitales. No solo hay una historia y una calidad que nos caracteriza, sino también una mirada de futuro. Esa que hoy postula que para ser relevante, debemos ser plurales e inclusivos, mirar más allá, y que nuestro cuestionamiento de la realidad debe ser constructivo. Somos periodistas y realizadores, pero sobre todo somos chilenos comprometidos con el país. En eso radica nuestra diferencia y eso es lo que nos hace mirar el futuro con tranquilidad y optimismo. Si hacemos la pega bien, somos más necesarios que nunca en un mundo donde la mitad de lo que circula simplemente no es cierto y a muchos no les importa con tal de ser vistos, leídos y escuchados. A nosotros sí, mucho”.

 

 

 

 

 

Marcela Abusleme, directora de prensa TVN

“Hoy, el desafío de los medios de comunicación en torno a la credibilidad y la confianza es enorme. El aterrizaje e instalación de las redes sociales y nuevas plataformas en general ha provocado en la producción y recepción de noticias un cambio absoluto, que ha sacudido a la industria de medios de comunicación tradicionales (televisión, diarios y radios). No es un secreto que el modelo de la audiencia social ha golpeado la credibilidad de este tipo de medios y de sus periodistas, quienes además han comenzado a confundirse, entre lo que es realmente noticia y lo que no. Son hoy por hoy, las redes sociales las que comunican e instauran verdades, a veces con legitimidad y otras no tanto. Ello también ha dañado la autoridad editorial de los medios tradicionales para dar cuenta de lo que realmente es noticia. También ha generado una falta de confianza del público, además de la migración de las audiencias a otros puntos de referencia. Por otro lado, la audiencia también sufre una crisis, al no saber dónde posicionar su confianza. El desencuentro de la institución periodística y su audiencia, y la ruptura del contrato tácito existente entre ambos, es lo que ha dado espacio a la explosión de fake news y a las verdades sesgadas sobre hechos concretos. 

Sin embargo, el escenario tiene puntos también valiosos, como por ejemplo, el capital social con que aún cuentan los medios tradicionales, preferentemente los informativos de televisión, que todavía tienen una audiencia importante. Por lo mismo, creo que el desafío está en desarrollar y reforzar procesos que creen confianza en nuestros informativos, y por otra parte, estrategias de atracción de audiencia a la oferta informativa, alimentando sistemáticamente un círculo virtuoso entre las redes sociales y la pantalla tradicional, creando formatos de contenido noticioso propio. En términos de contenido informativo, es importante analizar las tendencias de las redes y transformar ese análisis en contenido noticioso. Recuperar la credibilidad y la confianza depende de nosotros. Nuestra tarea es entender e interpretar a nuestra audiencia, y proveerlos de contenido serio y útil para colaborar con la toma de decisiones de la ciudadanía. Eso pasa por trabajar de manera acuciosa e independiente, incorporando obviamente los intereses y tendencias de las redes sociales, pero agregando antecedentes concretos que le den solidez al contenido”.

 

 

 

 

 

Diego Uribe, CEO de la plataforma de negocios creativos Idemax

“La explosión digital, la democratización (piratería) de los contenidos, los modelos de pago por uso, la desintermediación, la fragmentación de la audiencia y el avisaje tienen en jaque el modelo de negocio tradicional de los medios: la plataforma cerrada de doble entrada, en donde los contenidos atraen audiencias y esta se vuelve argumento de venta para avisadores publicitarios. Quizás la respuesta esté en el origen y razón de existir de los medios, los contenidos, y no cualquier contenido, sino los de calidad. El mundo de los medios habla, respira, crea y distribuye contenidos. Sin embargo, la mayoría elude olímpicamente el test más ácido de la calidad y el valor, que es la disposición a pagar por los contenidos y las plataformas por parte de los consumidores. Por alguna razón, varios  medios nos han educado en el paradigma de que los contenidos tienen valor cero (marginal) para la audiencia y que otros pagan por estos. La industria de los libros, el cine o los videojuegos nos muestra una realidad distinta. Aun cuando existe una componente publicitaria, siempre ha estado en un primer plano el pago directo por el contenido. Es la hora de que los medios de información y difusión den el salto a la modernidad sin filtros, sin complejos ni temores, y busquen la viabilidad económica desde el pago directo a los contenidos sobre plataformas flexibles y personalizadas. Si sucede la debacle de perder la audiencia, entonces quedaría claro que los contenidos no eran de la calidad que creíamos. Buen reality check para darse cuenta de que el problema entonces no son las flechas, sino el indio”. 

 

 

 

 

 

 

Matías Rivas, escritor y editor

“Desde que tengo memoria que se habla de los problemas que asolan los medios de comunicación. Hoy, el tema ha recrudecido con el protagonismo de las redes sociales y el cierre de revistas y diarios. Existe la sensación de que algo se acaba. La situación para los periodistas ha sido desastrosa. No obstante, confío en que aparezcan dueños de este tipo de empresas que sepan que el negocio es administrar la opinión pública, canalizarla, darle cabida, entender lo que pasa y mostrarlo. Tener medios está vinculado al gusto por el poder e influencia, más que por obtener dinero en efectivo por avisaje. Seguro que los medios mutarán, pero tienen, y tendrán, más importancia que nunca. Cumplen con la tarea de investigar y dar a conocer los deseos y frustraciones que están aconteciendo en una sociedad en plena transformación cultural. Solo estimulando la creación de medios de calidad se puede desarrollar una democracia solvente, donde el diálogo sea informado y conduzca a soluciones. Sin ellos es imposible saber del otro. Los medios son necesarios en la medida que catalizan las tendencias que circulan. Es peligroso que un porcentaje de la ciudadanía quede sin intérpretes. Espero, por lo mismo, que la responsabilidad se imponga. Cerrar medios es una forma de destruir la conversación pública y de estimular a los fanáticos y radicales”. 

 

 

 

 

 

 

Juan Jaime Díaz, presidente de la Asociación Nacional de la Prensa

“Como actividad, vivimos un momento complejo, pero estamos muy lejos de ser un anacronismo solitario ante un maremoto de cambios. Inmersos como estamos en un cambio de época, debemos ser parte activa del desafío y la oportunidad que él presenta de revalorizar la información y el periodismo. El lector necesita información fidedigna para comprender, para poder formarse juicios sustentables, separables de la sola emoción o pasión del instante o, peor aún, de la noticia falsa, de la mal llamada ‘posverdad’ –‘no verdad’ o ‘antiverdad’ serían términos quizás  más adecuados–. Cuando, por ejemplo, en grandes potencias se polemiza sobre el influjo que hayan podido o no tener tales ‘posverdades’, difundidas principalmente por medios digitales, en sus resultados electorales, pienso que quizá puede incubarse una reevaluación de la importancia de aquellos medios escritos que comprueban sus fuentes, que responden con su prestigio y, si lo pierden, incluso con su existencia misma. Ante el fenómeno de ‘las noticias falsas’ deliberadas, debemos más que nunca redoblar la importancia de la credibilidad de cuanto publicamos, provistos, además, de insobornable independencia para debernos únicamente a los intereses de nuestros lectores. Las empresas de prensa deben atender a las preferencias y tendencias de sus consumidores, pero no pueden seguirlas pasivamente. Su deber es ilustrarlas objetivamente, para ampliar su libertad, que bien ha sido sintéticamente definida como la posibilidad real de elegir entre distintas opciones”.

 

 

 

 

 

Cristián Bofill, gerente de Estrategia y Nuevos Negocios de TV-Medios

“Sin una dosis de autocrítica es más difícil encontrar respuestas a los problemas. La revolución digital plantea desafíos formidables para la prensa, que todavía no ha encontrado respuestas concluyentes para enfrentarlos. En pocas palabras: perdió su virtual monopolio como intermediaria en los debates de la sociedad y su modelo de negocios agoniza a manos de Facebook y Google. Pero si el rol de los medios es indispensable para un debate informado y civilizado en sociedades democráticas, como de hecho lo es, en algún momento llegarán soluciones para financiar la calidad. The New York Times y otras catedrales del periodismo, que cuentan con presupuestos y cerebros de primer mundo, ya han encontrado fórmulas con algún grado de éxito. El problema es qué pasa mientras tanto. El mayor peligro es optar por caminos que agraven el problema. Un riesgo evidente ya está a la vista. Vale la pena reflexionar si en vez de responder a los desafíos mejorando los estándares, que son la base de la fortaleza de los medios, se están asimilando las peores conductas de las redes sociales: poco reporteo y mucha opinión desinformada, prédicas narcisistas en vez de análisis y una fuerte apuesta por la confrontación (‘nosotros contra ellos’). En síntesis: las recetas para tener visibilidad en los buscadores y más repercusiones en las redes. Puede ser una visión autoflagelante y es injusto generalizar. Pero siempre es bueno preguntarse, por ejemplo, si hay muchos reporteros que dan la impresión de gastar más tiempo navegando en el computador que al teléfono o en la calle. O si está predominando demasiado un tufillo de superioridad moral en analistas”.

 

 

 

 

 

 

Alejandro Trujillo, director de Medios Digitales Copesa/La Tercera

“Cuatro minutos y medio, una foto y un tuit. Si es verdad que la velocidad promedio de lectura es de 200 palabras por minuto –como aseguran algunos expertos–, la mañana del sábado 11 de agosto, una persona dedicó más tiempo que lo que se gastaría escuchando cualquier canción de Elvis o de los Beatles (salvo Hey Jude) en viralizar un artículo de La Tercera que resumía la biografía del entonces ministro de Cultura, Mauricio Rojas. Había que llegar casi hasta el último párrafo para encontrar la frase sobre el Museo de la Memoria que, llevada como imagen a las redes sociales, terminaría costándole el cargo. Semanas antes, los que se enteraron de las denuncias de abuso contra Nicolás López y Herval Abreu a través de la revista Sábado habían estado disponibles para gastar todavía más tiempo de sus descansos. Cada uno de esos reportajes bordeaba las 6.500 palabras, por lo que una persona promedio tuvo que destinarle más de media hora si quería leerlo de principio a fin. Más o menos la misma cantidad de minutos que gastaron también los seguidores de revista Capital, cuando leyeron y transformaron en tendencia la última entrevista hecha al exministro Gerardo Varela en estas páginas. Parece una superficialidad estar contando como con parquímetro los segundos que una persona le dedica a artículos de prensa, sobre todo cuando lo que se debate es el rol que les compete a los medios como vigilantes de la democracia y fiscalizadores del poder, pero que el trabajo periodístico demuestre seguir siendo eficaz para captar la atención de las personas no es un hecho que pueda dejarse sin analizar. Es, en efecto, algo más concreto a lo que aferrarse que los llamados al bien superior de la República. Qué es el interés público sino eso: minutos de algo que importa a muchos. Nunca antes el tiempo fue tan escaso. Nunca antes hubo tantos distractores como los que caben dentro de una pantalla de celular y, sin embargo, las personas siguen deteniéndose ante una buena historia. Congelando sus vidas por cinco, por treinta minutos… ¡Treinta minutos es casi lo que puede durar el capítulo de una serie! Siguen dedicándole la misma, y si no una mayor cantidad de tiempo a consumir buen periodismo, en sus diversas formas. Lo que toca es asumir que el negocio no está más ya en enumerar o imprimir un listado suelto de noticias, ni siquiera está claro si todo lo que antes considerábamos noticia lo sigue siendo bajo el nuevo esquema. De lo que se trata hoy es de poner  al periodismo al servicio de las conversaciones que movilizan a públicos bien definidos, de contextualizar y explicar lo que otros no pueden o no quieren explicar, en todos los momentos y en todos los formatos que sean necesarios. La influencia, ese valor tan preciado por los medios, ya no es algo abstracto y puede medirse al detalle. Por ejemplo, en tiempo. Porque si es verdad que las personas leen en promedio 200 palabras por minuto, usted dedicó ya a estas líneas casi lo mismo que si hubiera puesto play a Burning Love. Y eso ya es demasiado”.