Volvamos a 1997. El grupo de rock progresivo Marillion acaba de lanzar su disco This Strange Engine con Castle Records, casa discográfica subsidiaria de EMI, sello que hace poco y nada con la placa. No sólo hay nulo interés en distribución y marketing, sino que limitan la gira a Reino Unido, lo que provoca la indignación de los fanáticos del grupo en Norteamérica. Entonces Mark Kelly, el tecladista de Marillion, tiene una idea revolucionaria: usar internet para financiar el tour al otro lado del Atlántico. Los músicos  levantan el dominio www.marillion.com y así dan el vamos al primer modelo de crowdfunding en la historia de la industria del entretenimiento.

En resumidas cuentas, a partir de una base de datos y de cadenas de e-mail los incondicionales de los intérpretes de Kayleigh lograron reunir el dinero suficiente para financiar no sólo un tour por los Estados Unidos sino por Asia y Sudamérica. El grupo le demostraba con hechos concretos a las discográficas que el real poder del negocio estaba en el público y no en una oficina de gerencia, algo que con el advenimiento del MP3 la industria aprendería años más tarde, con mucho dolor para el bolsillo.

El siguiente paso fue incluso más radical: la banda renunció a trabajar con un sello. Sus siguientes discos serían financiados íntegramente por sus seguidores, quienes comprarían en verde las ideas, conceptos y demos que iban apareciendo en su sitio web. Por supuesto, los fans eran dueños del producto final y dependiendo de su inversión podían pagar por: a) edición de lujo con su nombre incorporado en la carátula, b) sin nombre incorporado, c) con versiones alternativas y d) la simple descarga de los temas, la más barata de todas y cuyo precio sería determinado por el consumidor con un mínimo de un dólar.

El modelo fue vaticinado como desastroso, pero resultó. Marillion sobrevivió a la extinción del prog rock, se mantiene hoy más activa que nunca, realiza tours mundiales sin depender de nadie y consiguió que en 2005, EMI se acercara de rodillas para pedir la distribución fuera de Europa de Marbles, el disco más exitoso del combo desde su triunfal Misplaced Childhood. Y claro, crearon escuela: casi una década después Radiohead copiaría el modelo sacando incluso mayores ganancias que los de la banda que inauguró la tendencia.

 

Un mundo perfecto

El crowdfunding está de moda y desde una perspectiva basada en el sentido común es lógico que lo esté: puro mundo ideal. Aparte de ser una tremenda ventana/oportunidad para creadores, lo es también para lectores, auditores y seguidores en general. Suele decirse que gracias a esta corriente todos podemos ser dueños de una determinada obra, lo que es una tremenda ilusión, no sólo para quien se pone con una parte del financiamiento de una pieza creativa, sino para el autor de la misma.

Es verdad que de esta manera un cineasta o escritor puede cumplir con el sueño de que finalmente su creación salga a la luz. También, que así el semáforo se vuelve verde para talentos jóvenes sin muchos contactos e incluso para obras que pueden molestar a la “oficialidad”.

Pero también está el reverso del juego: gracias al crowdfunding cualquiera con una buena red puede publicar lo que se le ocurra, tenga o no tenga talento. Es la cara oculta de la libertad de información. Todos podemos ser artistas, aunque la capacidad sea igual a cero. Si hoy nos quejamos de estar llenos de novelas, películas y discos malos, con la proliferación del mecenazgo 2.0 la situación de aquí a diez años puede ser horrorosa. Un mal poeta con gente influyente y con lucas alrededor puede hacer un daño irreparable a la literatura.

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Para aclarar más el fenómeno, por si aún no se entiende, crowdfunding es básicamente una cooperativa que en estos tiempos de redes sociales funciona como una de las tantas iniciativas del mundo virtual con la diferencia de que acá hay un fin concreto. Un artista (o creador) invita a sus seguidores y al público en general a ayudarle a financiar la edición de su próximo trabajo a través de compra de bonos de esta idea; con el compromiso doble de entregarle una copia del producto cuando sea terminado y acabar lo que está pre-pagando, de lo contrario se asegura la devolución del dinero a quienes participaron de la inversión.

En el mundo ideal sería la perfecta sinergia entre público y creador, derribando las figuras de editoriales, mecenas o fondos concursables y haciendo parte al fanático del proceso creativo. A la chilena Camila Moreno le resultó: su disco Panal no sólo logró recaudar por crowdfunding el dinero suficiente para su producción (5 millones de pesos); también se transformó en el proyecto símbolo de www.idea.me, plataforma creada para fomentar, desarrollar y lograr cooperativas monetarias para el talento chileno y latino. Una respuesta de esta parte del mundo a sitios como Kickstarter y IndieGoGo, que llevan la vanguardia en el modelo. ¿No más Fondart? Difícil, pero al menos una alternativa que pinta más eficiente y democrática que los Fondos Concursables.

 

Dulce venganza

Nivel 26 es el nombre de la novela escrita por el creador de CSI, Anthony Zucker, y su origen resulta incluso más interesante que el de otros casos de crowdfunding. Zucker era un nombre conocido en la industria y confiaba en ello a la hora de presentar a las editoriales su manuscrito, pero el resultado no fue el que esperaba.

Buscando una revancha montó una web (www.nivel26.com) y fue soltando trailers y filmaciones falsas, con los que calentó la sopa lo suficiente como para lograr una buena base de incondicionales, tras lo cual liberó la mitad de la novela, que cualquier individuo podía disfrutar, imprimir y lo que quisiera.

La salvedad es que en la última página, Zucker decía que si querías leer lo que seguía tenías que depositar un par de dólares en determinada cuenta corriente. Hecha la transacción, se te haría llegar el libro en edición de tapas duras autografiada. Resultado: Zucker acabó vendiendo más de 700 mil ejemplares en menos de un mes, antes de que un solo ejemplar saliera de imprenta y fuera distribuido, logrando además ganancias muy por encima de lo conseguido con el sistema oficial de pago por adelanto de derecho de autor.

Claro, lo de Zucker es sorprendente, pero tenía una gran ventaja: el tipo es rico y famoso. ¿No era acaso el crowdfunding  una cruzada para apoyar a artistas emergentes? En absoluto. A nivel de industria quienes más le están sacando partido a esta modalidad son quienes ya cuentan con un prestigio. Camila Moreno, de hecho, ya tenía una carrera previa a www.idea.me. Sucede que el público no se arriesga, no apuesta por lo que no conoce y si va a invertir en algo, lo hará por aquello que le gusta, que ha probado antes y sabe que no le va a defraudar.

Ahí, sin ir más lejos, está la historia de Marillion, que lleva más de quince años existiendo gracias a los aportes de su fanaticada internacional. Tocan en Santiago en poco más de un mes, detalle que en la andanada de conciertos por la que pasamos no debería ser novedad, salvo que ellos lo hacen sin sello ni productora de eventos detrás. No los necesitan. Ahora, la pregunta es: ¿para el resto de los crowdfunding también será posible vivir sin ese apoyo industrial? La respuesta, como en todo lo referente al 2.0, aún está en suspenso. •••

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Invasiones nazis

En 2006 el cineasta alemán Timo Vuorensola tenía una idea. Una película de ciencia ficción en tono comedia negra acerca de la invasión a la Tierra por nazis en platillos voladores que desde finales de la Segunda Guerra Mundial se encontraban ocultos y esperando su hora de venganza. (Nota al margen: muchas de las ideas de Vuorensola habían sido tomadas del paranoico libro del fallecido Miguel Serrano, Los Ovnis de Hitler contra el Nuevo Orden Mundial, solo que en tono de joda).

Como sea, el tema no era precisamente el más políticamente correcto y a pesar de que en Cannes pasó por un par de rondas de inversionistas donde se mostró trabajo de arte y un trailer bastante bien hecho, ningún productor quiso arriesgarse con el proyecto que entonces ya tenía nombre: Iron Sky.

Hacia inicios de 2008 el equipo de Vuorensola estaba a punto de tirar la toalla cuando la movida comercial de Radiohead de dejar EMI para ser financiados por sus seguidores les prendió la ampolleta. Armaron un sitio web y crearon la ficticia Energia Production, una mutual donde todos los que estuvieran interesados en cooperar para financiar la película y lograr que ésta fuera terminada, pudieran hacerlo. En tres años fueron recolectados casi 8 millones de euros, suficientes no sólo para acabar la cinta, sino también para iniciar la preproducción de dos secuelas.

Iron Sky fue estrenada en febrero de 2012 en el marco del Festival de Berlín y aunque su recepción fue más bien tibia (y las críticas horrendas), la historia detrás de su realización motivó a que Disney adquiriera los derechos de distribución de la cinta. No será estrenada en cines, pero a nivel global tendrá una muy buena salida en BlueRay/DVD, formato en el que llegará a nuestro país durante septiembre.

Lo curioso del asunto es que si bien los fans/inversores han literalmente destrozado la obra en las redes sociales, un 80% de ellos está dispuesto a volver a invertir en Energia Production para que Vuorensola y su equipo terminen las dos secuelas prometidas tras su estreno en Berlín. Así son los hinchas de verdad, ¿o no?