• 30 noviembre, 2010


Me duele profundamente el sufrimiento que han experimentado quienes han sido violentados en su dignidad por parte de un consagrado. Me duele y me repugna.


Cuando ingresé al Seminario el año 1984 movido por el testimonio de sacerdotes humildes, trabajadores, sencillos y que trasparentaban un amor a Dios y al prójimo extraordinario, jamás pensé que 25 años más tarde íbamos estar en la portada de todos los diarios en virtud del abuso que algunos eclesiásticos cometieron con jóvenes y adultos. Ha sido un shock sin igual que nos tiene perplejos, dolidos, avergonzados e indignados. Es lo más opuesto a la vida sacerdotal y lo más opuesto a lo que las personas creyentes y no creyentes esperan de un religioso. Han sido tiempos de dolor indecible pero al mismo tiempo, y ahí está la paradoja, de mucha paz. Paz porque se están tomando las medidas que corresponden para que hechos como estos nunca más acontezcan al interior de la Iglesia y esperamos que en ningún lugar Clara es la sentencia: no hay espacio en el sacerdocio para los que abusan de los niños. Y punto. No son dignos del sacramento del orden y debiesen ser castigados, una vez demostrada su culpabilidad, de manera ejemplar. Una cosa es la debilidad humana, propia de nuestra condición, y otra cosa es que, fruto de la confianza del ministerio recibido, se abuse de un joven o de un niño que justamente va en búsqueda de Dios al acercarse a la Iglesia.

Pero también tengo paz porque en este tiempo he podido valorar cada vez más lo que significa ser sacerdote. El hombre llamado por Dios a hablar de Dios a los hombres. Y si hay algo que necesitamos todos es que nos hablen de Dios, del sentido trascendente de la vida y que Dios nos ama por medio de su Hijo que se entregó por todos nosotros para que tuviéramos vida abundante en la misma fuente de la vida, Jesús.

Me duele profundamente el sufrimiento que han experimentado quienes han sido violentados en su dignidad por parte de un consagrado. Me duele y me repugna. Ese dolor ha hecho acrecentar en muchos de nosotros un anhelo de llevar una vida más conforme al llamado recibido y la opción tomada libremente. Además, quisiera reafirmar en esta tribuna mi profundo amor a la Iglesia y al agradecimiento que día a día le doy a Dios por ser sacerdote. Me fascina estar confesando un día, confirmando en la fe a los jóvenes al otro. Me gusta consolar al enfermo por la mañana, acompañar con la oración a quienes han perdido a un ser querido en la tarde. Gozo generando proyectos en beneficio de los demás y llegar a mi casa cansado, muy cansado, comer algo, rezar y dormir. Me levanto cada mañana lleno de esperanza preguntándome: ¿qué me dirá Dios hoy? Los dolorosos hechos a que aludo no han opacado en mí la alegría de pertenecer a la Iglesia que educa, enseña, consuela, acompaña, santifica. La Iglesia que amo y que tanto entrega. Más alegría experimento en mi calidad de obispo. Allí estoy sirviendo, animando en la fe, en la esperanza y en la caridad. Me encanta lo que enseña la Iglesia y yo me hago eco de su magisterio con convicción en las homilías, en las clases, en las conversaciones; en definitiva, en mi vida. Que hemos sido creados por Dios por amor, que somos fruto de su amor y que nuestra vocación es El. Me encanta enseñar que nuestra condición de seres sexuados se integra en un contexto en que nuestros actos son relevantes, importan y que nos tenemos que tomar en serio tanto a nosotros mismos como a los demás. Me encanta saber que mi vida es para los demás y que estoy llamado a servir, a ser un hombre de paz y a dar la vida por los demás. Sí, me encanta ser sacerdote y mirar la vida desde Dios que nos habla a través de la Biblia, los hechos, la historia que se va tejiendo en el tiempo y los demás. Cuando me acerco a una parroquia y veo la fe de la gente me estremezco y digo para mis adentros: esto es un milagro. Nada ni nadie ha podido apagar el anhelo de una vida religiosa, de una vida con sentido en el corazón humano. Nadie va doblegar la porfía de Dios de hacerse presente en la historia aunque el diablo, como dice la Escritura, anda como león rugiente a quien devorar.

Basta que haya un solo abuso para manifestar todo nuestro rechazo y toda nuestra solidaridad a quienes lo han sufrido. Pero también tengamos claridad en que no es legítimo aprovecharse de circunstancias tan dolorosas para enlodar a los que, en el norte y en el sur, en oriente y occidente, y muchos con grandes dificultades, anuncian el Evangelio. No puedo dejar de escribir estas líneas sin darle un sentido homenaje a un hombre excepcional: monseñor Sergio Valech Aldunate. Ejemplo de sencillez y de vida admirable, puesto que todo lo que fue, todo lo que tuvo, todo, lo puso al servicio de la Iglesia, de los más pobres y de la sociedad. Su preocupación por los más desfavorecidos lo llevó a ser muy incomprendido. De la mano del Señor supo resistir, consciente de que hay que agradar a Dios antes que a los hombres. Se ganó el cariño de muchos y hoy descansa en paz después de que todo el pueblo reconociera su labor infatigable a favor del Evangelio. Don Sergio, como le decían, representa lo más propio de una vida sacerdotal ejemplar. Siempre preguntándose por la voluntad de Dios y poniéndose en sus manos antes que en sus propios proyectos. A pesar de poseer muchos bienes, fruto de la herencia recibida, vivió pobremente y entregó todo para glorificar a Dios y enaltecer al enfermo, al menesteroso, al necesitado. De hecho, encabezó en 2006 la lista de donantes para fines educacionales. Pero algo más: como ningún otro supo trabajar para que Chile fuera un país reconciliado y pudieran sanarse las heridas que tanto daño nos causan aún. Y ello lo hacía desde el talante más alto al que puede aspirar un ser humano: pedir perdón y perdonar. Ese es el amor hecho carne al que monseñor Valech dedicó la vida y espero, en Dios, hacer lo mismo. La verdad es que me fascina ser sacerdote y recomiendo el camino vivamente.