Es difícil encasillar a Francisca Feuerhake porque tiene múltiples talentos. Ahora, que está lanzando su primera novela, reconoce que habita en ella la imperiosa necesidad de estar permanentemente creando cosas con las manos y con la mente, y siempre desde el humor.

  • 30 agosto, 2018

Francisca (28) estudió Literatura en la Universidad Católica, fue mamá a los 20 años –ahora tiene dos hijos– y dibuja, pinta, actúa, borda y escribe. También es la creadora de María Eugenia Valdivieso, más conocida como la Vieja Cuica, ese mega éxito de YouTube que en 2016 se transformó en un fenómeno que fue sumando otros personajes como la Catita, el Benja o la Apoderada de curso. Ha contado que partió como una humorada familiar, pero en la medida en que fue creciendo la fama, y por lo mismo las ofertas comerciales, para ella los videos fueron perdiendo gracia. Hace un tiempo decidió congelarlos –nunca se sabe qué podría pasar más adelante– y dedicarse a las tantas cosas que le gustan. Actualmente está yendo todos los días a una casa-taller en Providencia donde pinta coloridas escenas con curiosos personajes, prepara un cuento ilustrado de un niño que es adicto a los videojuegos y está lanzando su primera novela. Se llama Tres semanas y la narradora es Valentina, una joven de 17 años, alumna de un colegio católico e hija única. Las inquietudes propias del tránsito de la niñez a la adultez, incluida la confusión del despertar sexual, están representadas en el transcurso de tres semanas, el tiempo que los padres de la protagonista se van de viaje. Todo parecido con la realidad no es pura casualidad: Francisca fue al Colegio Santa Úrsula y aunque no es hija única, sí es la menor, con varios años de diferencia con sus hermanos mayores. Durante la conversación, menciona que es muy apegada a su familia y que el hecho de que sus dos padres sean psicoanalistas ha influido fuertemente en su manera de abordar la vida. De todas maneras, la autora aclara que este no es un libro autobiográfico y que la historia, que viene escribiendo hace un par de años, responde a una deuda pendiente que tenía con la escritura. Como parte de sus actividades, Feuerhake participa hace diez años de un taller de teatro bajo la dirección de la actriz Elisa Zulueta, al que califica como un “hobby permanente” que le ha permitido ir escribiendo a lo largo del tiempo, lo que sumado a un curso que tomó con el escritor Roberto Merino, le dieron más herramientas para lanzarse con un libro. 

-¿Te persigue mucho la Vieja Cuica?

-No, al principio pensé que iba a ser una piedra en el camino, pero ahora me he dado cuenta  de que es mi obra maestra y tengo que abrazarla como tal. La quiero y encuentro que es bacán.

-Quizás porque supiste pararla a tiempo.

-Puede ser. Cuando la congelé ya estaba aburrida de ella, pero ahora, con la distancia, la miro con nostalgia. No en el sentido de querer volver allá, pero sí de orgullo. 

-¿Te asustó la puerta comercial que se te abrió con los personajes?

-Sí, creo que ahí pude haber tomado mejores decisiones. Me encandilé con la posibilidad de generar plata con algo que me gusta hacer. Decir: ¡lo logré! Pero me debí haber esperado un poco o haber sido más selectiva. Era una joyita y la pude haber cuidado mejor, parte de quererla fue terminarla.

-¿Te acomoda autodefinirte como artista?

-Siempre estoy pensando: ¿qué soy? ¿Pintora o escritora? Pienso mucho en Adolfo Couve, ahí me consuelo y me recuerdo que se pueden hacer las dos cosas. Existen los artistas integrales, aunque encuentro un poco engrupido llamarme a mí misma así. Pero finalmente cuando a uno lo llaman externamente, te das el permiso de pensarlo. 

-¿Siempre quisiste ser artista?

-Desde chica sabía que iba a hacer algo relacionado con el arte, pero también sabía que no iba a estudiar arte como tal. Siempre dibujé, siempre escribí. Todo lo que me interesaba estaba relacionado con el arte. Cuando traté de ponerme más académica y aprender de lingüística o filosofía, fallé. Me aburría y necesitaba tener las manos sobre algo, necesitaba la parte manual. La escritura también la siento como algo plástico, el hecho de escribir creativamente es como moldear algo desde la nada, como hacer cerámica. 

-¿Cómo te organizas creativamente? 

-Generalmente paso por periodos; solo pintura y después solo escritura. Soy muy intensa y embalada, entonces invierto toda mi energía en una actividad. En este minuto, cada cosa que veo, pienso cómo podría pintarla. Cuando hacía la Vieja Cuica pensaba: “Esta situación la podría actuar así”. Con la escritura, lo mismo. Ahora estoy sintiendo que todo tiene un relato, un punto de unión, pero también me he relajado ante la idea de que quizás no sea así. No es tan terrible. La consistencia en la vida tampoco es tan esencial. Hago las cosas porque quiero hacerlas y si a posteriori les encuentro un hilo conductor, genial. De todas maneras, creo que el humor siempre está presente. Si las cosas no me dan risa, no las hago.

La imperfección

 

-¿Cómo nació la idea de este libro?

-Siempre he escrito, he tenido diarios de vida y he tratado de armar un blog. Pero este libro nació de una necesidad muy de adentro, necesitaba escribir un libro para completar un ciclo. Cuando estudié Literatura no me fue tan bien como yo esperaba y me di cuenta que de soy más creativa que matea. Entonces me separé del mundo de las letras y no escribí durante un tiempo. Me dediqué a pintar y a dibujar porque consideré que era algo más posible para mi nivel de compromiso. Ponerse a escribir requiere de un nivel de abstracción y concentración distinto, y con una guagua recién nacida, siendo adolescente y viviendo con mis papás, eso era imposible. Era más fácil sentarme a dibujar y sentir que tenía un trabajo listo, eso me daba mucha satisfacción. Si no tengo un producto terminado al final del día, aunque sea un dibujo en una servilleta, me bajoneo.

-Necesitas materializar tu creatividad.

-Exactamente, todo lo que se me ocurre tengo que escribirlo o dibujarlo. Tengo la autoestima puesta en la creación. Cuando me di cuenta de que eso me hacía bien, dije: “Voy a tener que ponerme a dibujar o a escribir todos los días”. Soy pila, mucha gente me dice: “¡No paras!, todo el día estás haciendo algo”.

-¿Será tu manera de liberar energía? Así como otras personas se embalan con el deporte.

-Sí, hay una excitación, una endorfina de estar logrando algo, que algo te va a resultar. Es demasiado lindo ese proceso. He sentido esas mariposas en la guata, se trata de una sensación física. Eso me pasó con el libro: disfruté, y sufrí también, el proceso.

-¿Eres muy dura contigo misma o disfrutas de tus productos?

-No soy tan dura. Cuando estoy empezando a ponerme muy exigente, pienso en los gringos y en su cultura de no tenerle miedo al ridículo. Cuando están en un crucero se visten de gala y van al karaoke, aunque canten pésimo. No les importa hacer el ridículo, porque es un juego y nadie los va a juzgar. Entonces me inspiro en ellos. Acá en Chile, en cambio, tenemos una noción que me recuerda a mi excolegio, Las Ursulinas: “Si no vas a hacer las cosas bien, no las hagas”. Pero entonces nadie haría nada porque nada está perfecto. Eso sumado al típico chaqueteo. Yo soy muy poco de tirarme para abajo. Me encanta el cuadro que estoy pintando, aunque sepa las fallas que este tiene. 

-¿Te permites la imperfección?

-Sí, con la Vieja Cuica me pasó que tuve la capacidad de entregar un producto que no estaba perfecto y ahí radicaba su gracia; en la edición penca, en la poca elaboración. Muchas veces la belleza de las cosas está precisamente en la imperfección. Creo que mi anhelo de reconocimiento lo alcancé con la Vieja Cuica, y ahora estoy más satisfecha. Obvio que uno busca atención, por algo estoy publicando un libro y subiendo mis cuadros a Instagram. Pero no tengo ambición de ser más famosa. Lo que más me mueve es tener una idea y llevarla a cabo. Soy de esa gente a la que le pican los dedos por hacer lo que se imaginó. En el arte no me interesa demasiado el hiperrealismo. Confío en mis límites para hacer algo creativo, todo lo lindo tiene algo feo. Trato de encontrar la belleza en el espacio limitado de mis capacidades.

-Suenas muy consciente de ti misma, ¿cómo te ha influido que tus dos padres sean psicoanalistas?

-He crecido en una familia donde se trata de concientizar todo el tiempo, todo. Mis hermanos grandes también son así y las conversaciones siempre fueron así. La claridad en el lenguaje y tratar de ser lo más honesto con uno mismo es primordial. Ha sido mi manera de vivir y eso ha tenido un precio también. Tengo pocas amigas, no es que yo sea pesada con ellas, pero no todo el mundo aguanta que seas tan intenso y profundo. Siempre voy a tratar de hablar en la dura. Por eso también busco la simplicidad en las cosas que hago, que sean poco pretenciosas, no pretendo ser otra cosa de lo que soy. Prefiero jugar bien con los límites que tengo.

-¿Eso mismo marcó la decisión de congelar a tus personajes?

-Sí, en la medida que hubo una mayor expectación o profesionalización, cambió todo. Cuando tienes conciencia de tu público, todo se va la mierda, porque hay gente que está esperando algo distinto.

-¿Y lanzar un libro no te intimida?

-En cierto sentido sí, pero hay algo distinto, este es mi primer producto literario, entonces es difícil que sea un best seller. No creo que me pidan una saga y se transforme en un fenómeno como la Vieja Cuica. Todavía no se publica, no sé qué va a pasar.

-¿Pensaste en algún tipo de lector en particular mientras lo escribías?

-Yo creo que lo van a leer hartas mujeres adolescentes, pero lo hice también pensando en gente adulta que se ha olvidado del duelo de la adolescencia. Todo el mundo habla del duelo de la niñez, pero creo que el duelo de la adolescencia es importante también. Uno mira las fotos cuando es adolescente y encuentra todo horrible, pero es un periodo en que uno está muy conectado consigo mismo. Estás encerrado en tu pieza, no quieres que nadie te moleste porque estás enredado contigo mismo. Es una época demasiado fértil para crear, para mí fue muy marcadora. Todo lo que atesoro en mi corazón; mi mundo interno, mi universo, mi música y mi gusto visual se gestaron en la adolescencia. 

Culpa y embarazo

-La protagonista de tu libro es una adolescente que se desenvuelve desde la pasividad; la vida le ocurre y no se toman demasiadas decisiones.

-Esa idea me interesa mucho. Las monjas de mi colegio lo recalcaban siempre: “Que la vida no te viva, tú vive la vida”. Te inculcaban tomar las riendas y a mí personalmente me costaba mucho eso. Recién ahora empecé a entender que mi vida es mía y de nadie más. Fui la hija menor y muy regalona, entonces siempre he tenido a alguien que se ha hecho cargo de mí. Pasé de ser hija de alguien, a ser la señora de alguien. Y me casé con un hombre muy organizado, todo lo que yo no soy. Es genial, yo lo adoro y lo necesito por eso. Él es un reemplazo de esa energía de gestión que yo no tengo. Hay gente que le gusta organizar viajes y eventos, y yo los admiro profundamente, creo que son genios. Quizás ese rasgo más infantil de Valentina tiene que ver con eso mío. Ella es hija única, entonces está a merced de los adultos, trata de destetarse, pero le cuesta porque es duro y doloroso.

-¿Te ha marcado particularmente venir de un colegio religioso? 

-Sí. Por un lado está la noción de culpa, eso me lo transmitieron de manera muy efectiva. También está el tema con la virginidad, eso de no ser una niña fácil y de comportarse bien. El mensaje implícito era: “Si tú quieres ser monja, vas a ser feliz”.

-¿Y las religiosas proyectaban felicidad?

-Proyectaban autonomía y seguridad, una especie de empoderamiento dentro de su rol. El amor de Dios era lo único importante. A los hombres nos los retrataban como una especie de trogloditas que no sabían hacer nada. En el colegio nos enseñaban a tejer, a cocinar, a bordar, cosa que agradezco mucho y que creo que debieran enseñar en todos los colegios, a hombres y mujeres. Pero todo eso era para atender a este estúpido que iba a vivir con nosotras y que nosotras íbamos a necesitar para que nos hiciera hijos. Ese era nuestro precio a pagar. Pero te podías salvar si eras monja. Tenías que tomar una decisión inteligente. Como los niños son muy morales, les interesa mucho el bien y el mal, ese modelo femenino era muy poderoso. Yo tuve buena relación con las monjas porque a ellas les gustaba que fuera reflexiva y contestataria, creían que eso podía hacer de mí una buena conversa. Cuando me embaracé, uno de mis grandes miedos era qué van a decir las monjas.

-¿Los momentos más sexuales del libro tienen que ver con sumarte a una conversación que está en el ambiente?

-No lo hice pensando en el ambiente ni en la actualidad, de hecho, lo tenía pensado mucho antes de que el tema estuviera de moda. Creo que todos estos abusos o aventuras terribles que puede vivir una niña son parte de la vida, no sé qué adolescente está libre de esta situación.

-¿No hay un espíritu #MeToo?

-Quizás a posteriori sí, pero este no es un libro de denuncia, en ningún caso. Simplemente es un retrato de lo que creo que pasa internamente a una niña cuando va creciendo. Pienso que es muy difícil librarse de esas experiencias. No sé si con todos estos nuevos movimientos se logre la vida feliz y tranquila de la mujer caminando por la calle sola, lo encuentro un poco utópico. No quiere decir que no lo desee, pero no creo que nadie esté libre. Mi intención con este libro no es social ni colectiva, hice un libro totalmente personal. No quiere decir que sea autobiográfico, pero sí íntimo. Por eso está en primera persona.

-¿No pretende plantear moralejas?

-¡No! Me cargan las moralejas (ríe). Creo que no existen las malas decisiones, hay otras consecuencias no más. Van formando distintas vidas y esa es la gracia también. El día que esté dando clases de cómo ser, avísenme. 

-¿Haber sido mamá tan chica te derrumbó el orden establecido?

-Sí, nunca fui de hacer planes propios, pero la vida me vivió y me quedé esperando guagua. No me tomé la pastilla, no me hice cargo. Por un lado embarazarme me arruinaba planes difusos; me habría gustado irme de intercambio pero también me daba pavor, nunca había viajado sola. Entonces de algún modo fue un alivio, una guagua era terreno más conocido porque ya tenía sobrinos. Las consecuencias las viví después, pero me acuerdo de que me despertaba en las mañanas y tenía una buena sensación. Eso me guiaba.

-¿En tu familia fue traumático?

-Más que nada fue desilusionante para mis papás, ellos creían que yo era más inteligente. Me imaginaban estudiando afuera y haciendo miles de cosas. Y sí, estoy haciendo miles de cosas. Siempre supe que una guagua no me iba a limitar, pero ellos sí se preocuparon y lo dudaron. Yo también lo haría. Si mi hija tiene un hijo a los 20 años, yo pensaría: “Cagó”. Les tuve que probar lo contrario.