Hace más de cinco años despedimos a este gran creador nacional. Hace casi ocho tuvimos su última exposición en Chile. Y cuando ya parecía que los frutos del artista habían llegado a su final, aparece en la galería Artespacio una obra desconocida de Matta: “Desnudar los ojos”.

  • 19 marzo, 2008

 

Hace más de cinco años despedimos a este gran creador nacional. Hace casi ocho tuvimos su última exposición en Chile. Y cuando ya parecía que los frutos del artista habían llegado a su final, aparece en la galería Artespacio una obra desconocida de Matta: “Desnudar los ojos”. Por Luisa Ulibarri

 

Le Feu en feu, óleo sobre tela.

En noviembre de 2002, la muerte lo pilló muy cerca de su cumpleaños número 92 y de la reciente inauguración de su exposición “Sin Título” en el museo D’Ulises de Roma, con 50 pinturas y otras tantas esculturas que, más que cerrar el círculo de lo que fue su creación, abrían las puertas del infinito y el pasaje eterno a la inmortalidad. Ahí, Matta experimentaba la metamorfosis más decisiva de su vida y el acto artístico o la performance más trascendente: abandonar la materia orgánica y convertirse en ese fluido “gran transparente” que concibió con sus amigos Breton y Duchamp. Definitivamente, su partida era el acto pictórico, la lección y el legado más nítido y coherente de una vida y de una obra que sigue fluyendo como verbo universal.

 

Recién a comienzos de este año, la galería Claude Bernard de París cerró la muestra Tapez dans l’oeil/C’est urgent d’atteindre, en que sus visiones y su muy única cosmovisión de la humanidad multiplicaba en óleos, pasteles y poemas un alucinante imaginario de átomos de sol, universo y estrellas. Antes, la exposición había estado en la FIAC parisina, cuando todavía resonaban los ecos de un efervescente “Año de Matta”, inaugurado en 2006 en Cuba por el escritor Roberto Fernández Retamar que, con su seguidilla de conferencias, mesas redondas y un público inagotable, exhibió óleos, grabados, dibujos y objetos como sillas y revistas que ratificaban el vigor de todo un siglo.

 

Ahora nos tocó a nosotros. Después de la gran retrospectiva “Matta en el año de los tres 000” exhibida en el edificio de la Telefónica (2000), María Elena Comandari y Rosita Lira traen nuevamente al artista a la galería Artespacio, con obras de gran formato y no vistos antes en Chile, en la muestra “Desnudar los ojos” (marzo-mayo).

 

Definitivamente, el empeño tesonero que las impulsa hasta hoy a ambas es doblarle la mano a estudiosos convencidos de que la más potente y decisiva producción de Matta había llegado sólo hasta los años 50. Claro, esa era sin duda la etapa en que el joven arquitecto titulado en la Universidad Católica de Chile y que en barco carguero partió a Europa conoció y se dejó querer por Breton, García Lorca, Alberti, Duchamp y Le Corbusier. En 1940, su primera exposición en la galería Julián Levy de Nueva York inició su minuto de gloria y su entrada al olimpo de los grandes del siglo. Pero su creatividad imparable y nuevas visiones que hacían conversar el arte con la ciencia, la cosmogonía, los poemas, crucifixiones, y morfologías continúan hasta hoy, y lo sobreviven. Porque Matta era un convencido de que la vida y la obra humana debían crecer siempre como planta y como fruto. Y la actual muestra que veremos en Chile lo ratifica con creces. Tuvimos y tendremos a Matta ahora, mañana y quizá siempre.