• 14 mayo, 2009

Enríquez-Ominami es un hijo de nuestro tiempo: su progenitor se llama gobiernos de la Concertación y –al igual como advirtiera Freud- para él llegó el momento de matar al padre.

Se encumbra en las encuestas, genera adhesión política transversal y, de seguir así la tendencia, no sólo será el candidato alternativo más votado en las últimas dos décadas, sino también se constituirá en una seria amenaza a la lógica política binominal.

¿Cuáles son las razones que han llevado a Marco Enríquez-Ominami a convertirse en todo un fenómeno electoral? ¿Cómo influyen los factores externos en el éxito de su flamante candidatura? Adicionalmente, ¿hay méritos propios en su exponencial crecimiento en las encuestas?

Quizás alentada por un fuerte desprestigio de la actividad política, ya hace varios años se percibe una tensión entre los intereses ciudadanos y la capacidad para representar los mismos por quienes han monopolizado el debate público, tanto en el gobierno como en la oposición. Esta dificultad se percibe claramente en la histórica brecha de popularidad que los candidatos mantienen respecto de los partidos políticos que los apoyan. Por lo mismo, tanto la campaña presidencial de Lavín en 1999, como la de Bachelet el año 2005, entendieron esta cuestión. En efecto, ambas candidaturas fueron exitosas sobre la base de imponer, sin intermediarios de ninguna naturaleza, una relación directa con los electores.

Si a lo anterior sumamos el desgaste propio de una coalición que ha gobernado el país por casi dos décadas, muchos perciben que con la próxima elección presidencial se estará culminando un ciclo político. Cualquier sea el resultado de dichos comicios, es fácil anticipar que se provocará –especialmente en la coalición que finalmente resulte derrotada– una fuerte presión por el recambio generacional. Pues bien, con más instinto que disciplina, Enríquez-Ominami se ha erigido en un símbolo de dicha cruzada, transformándose en una suerte de víctima –y por ende, respuesta– del deterioro de la actividad política.

Pero más allá de estas circunstancias, que pudieron haber sido rentabilizadas por cualquier “joven promesa”, sería muy mezquino no reconocer los evidentes talentos del candidato. En primer lugar, posee una destreza comunicacional superlativa, especialmente vinculada a la mass media, que –como sabemos– es el instrumento de divulgación política por excelencia. Se nota que conoce su negocio y, por lo mismo, puede decir en un minuto lo que a muchos políticos tradicionales les tomaría más de una hora.

A continuación, su discurso resulta refrescantemente impredecible. Así por ejemplo, y liberado de los tradicionales anclajes de la política, no tiene problemas para presentarse como un hombre de izquierda, que hace suya las bondades del mercado y que, sin embargo, reivindica una mayor presencia del Estado, al mismo tiempo que clama por una mayor eficiencia inspirada en la noción del mérito. Esta amplitud o margen de maniobra ha sido premiada con un apoyo político transversal, el que incluso traspasa varias generaciones.

Pero lo más lucido, a mi modo de ver, es que se presenta ante la opinión pública como la mejor síntesis entre la tradición y el cambio. Contrario a lo que muchos creen, no reniega de su pasado ni tampoco de su historia (mal podría hacerlo el “niño terrible” del establishment). Por el contrario, haciendo suyo el patrimonio de una coalición exitosa, reivindica el protagonismo de una generación llamada a gobernar para las otras dos décadas que tenemos por delante. En efecto, Enríquez-Ominami es un hijo de nuestro tiempo: su progenitor se llama gobiernos de la Concertación y –al igual como advirtiera Freud– para él llegó el momento de matar al padre.

Dicho todo lo anterior, todavía persisten algunas dudas de cuán sostenible será este esfuerzo. ¿Cuánto hay de convicción o de capricho en esta empresa? ¿Existe alguna proyección institucional que vaya más allá del mismo Enríquez-Ominami? En definitiva, ¿estamos en presencia de una personalidad o sólo de un personaje?

En lo inmediato, tres son las tareas que deberá acometer para viabilizar su candidatura: la recolección de 36.000 firmas notariales de sus adherentes (faena titánica que pondrá a prueba la infraestructura logística de su campaña); el contar a la brevedad con un programa de gobierno (lo que, paradójicamente, no resulta tan indispensable para los candidatos de las dos grandes coaliciones) y, por último, resolver la forma en que se relacionará con su “familia política” de origen. A mi modo de ver, esta última es la variable más crítica, ya que tendrá que innovar sin traicionarse a sí mismo. Dicho de otra manera, una cosa es matar al padre y otra, muy distinta, es suicidarse en el intento.