Adaptada a partir de una gran novela de espías de John Le Carré, El topo anida en su interior a un protagonista abominable: el fantasma de un hombre común. Por Christian Ramirez.

  • 9 mayo, 2012

Adaptada a partir de una gran novela de espías de John Le Carré, El topo anida en su interior a un protagonista abominable: el fantasma de un hombre común. Por Christian Ramirez.

 

Quien hace unas semanas tuvo la súbita idea de poner una pista de risas grabadas a los momentos más dramáticos de La dama de hierro, no sólo se anotó con un popular video deInternet sino que dejó a la vista el talón de Aquiles de muchas interpretaciones para el cine: pensar que todo está en el disfraz –en la caracterización-, cuando al menos la mitad depende del contexto.

Con las carcajadas de fondo, el trabajo de Meryl Streep como Margaret Thatcher –que consiguió el Oscar 2012 a Mejor Actriz- se diluye en el ridículo y la irrelevancia. Peluca y maquillaje. Lo que no tiene nada de malo, siempre y cuando haya algo más de qué echar mano. Sin ir más lejos, es la materia prima usada por Gary Oldman en El topo, la versión fílmica de Tinker tailor soldier spy, celebrada novela de John Le Carré que llega con el atraso de rigor a nuestros cines (lleva por lo menos cinco meses dando vuelta en DVD).

 

 

 

Oldman no es del tipo de actor que se oculte detrás de un papel, pero su versión de George Smiley, esencialmente, es eso: un canoso señor de lentes, impermeable y paraguas. Alguien construido a partir de detalles externos muy precisos, pero que al mismo tiempo podría desaparecer sin rastro en una multitud, indistinguible de cualquier otro. Lo que para su trabajo no tiene precio: común y corriente, Smiley es un suspicaz agente secreto. Curtido veterano de una guerra fría que ya se ha prolongado por un cuarto de siglo, el espía –después de una debacle interna- es llamado desde su forzado retiro para investigar quién es el traidor en los puestos de avanzada de la inteligencia británica. Alguien se ha vuelto del lado de los rusos y, de pronto, todo lo que les rodea queda en peligro. Parece un trabajo para James Bond, y no para esta versión de Oldman, que se desplaza lenta e imperturbable como una tortuga, pero también como un caimán.

 

 

 

El actor no está solo en su aventura: aunque todavía jura que sólo leyó el libro para prepararse, su trabajo trae inevitablemente a la memoria el del Smiley “original”, el que encarnó -usando casi los mismos materiales- Alec Guinness, en la adaptación de Tinker tailor para la BBC, en 1979. En esos días, uno recién se recuperaba de haber visto a un barbado sir Alec como el místico Obi Wan Kenobi en Star wars, pero su idea de espía era acaso más audaz: quitarle al sabueso todo atisbo de manías y particularidades; ocultar, en lo posible, su impenetrable fachada y la firmeza de carácter asociada a esa clase de oficio.

 

Confundida con la de un aburrido jubilado, su versión de Smiley era temible y –en último término- terrorífica. Así que esta era la clase de hombrecitos que realizaban estas misiones, que mantenían el equilibrio entre potencias, que administraban la nación… La idea adquiría fuerza inusitada en esos días, cuando la guerra fría todavía era asunto de editoriales de prensa y Thatcher y sus tories comenzaban a disfrutar –y a sufrir- con el recién recuperado poder. El Smiley de Guinness era el amigable y anodino rostro de quien salva la situación, pero al mismo tiempo la esfinge de piedra que emerge, indescifrable.

Mucho de eso hay todavía en el gris rastro que Oldman va dejando tras de sí en el filme de 2011, pero, aunque la máscara usada es la misma, los 30 años trascurridos entre una y otra interpretación las convierten en animales necesariamente diferentes: allí donde había proximidad y aparente mansedumbre, ahora sólo queda un sordo sentido del deber, la frialdad del método aplicado hasta las últimas consecuencias. Le Carré había concebido a su antihéroe como un sujeto siempre opacado por la brillantez de los secundarios que los rodeaban, y el tenso filme de Thomas Alfredson le toma la palabra: el magnífico elenco de actores que rodea a Oldman –Colin Firth, John Hurt, Toby Jones, Mark Strong, Benedict Cumberbach- luce vívido y exuberante al lado de este Smiley que, cuando no está trabajando, parece un muerto en vida, alguien que extirpó de sí toda emoción en pos de mantener el control. En su caso, el rol no se comió al personaje, como ocurre en La dama de hierro. El devorado aquí es la persona.

 

El impasible Sr. Smiley

Nacido en 1931, en Dorset, Inglaterra, John Le Carré es el seudónimo que utiliza David John Moore Cornwell, quien estudió en Harvard y fue profesor en la famosa escuela Eton, enclave de la aristocracia británica. En los años 60 integró el cuerpo diplomático de su país, y todo indica que sus novelas de espionaje, ambientadas por lo general en la guerra fría, tienen un componente sacado de sus propias experiencias, aunque él se ha negado a confirmar si fue o no agente secreto. Su personaje más famoso, el enigmático, convencional y de pronto terrorífico George Smiley, protagoniza cinco novelas: Llamada para el muerto (1961), Asesinato de calidad (1962), El topo (1974), El honorable colegial (1977) y La gente de Smiley (1979) . También aparece como personaje secundario en El espía que surgió del frío (1963), El espejo de los espías (1965) y El peregrino secreto (1990). Al cine se han adaptado varios de sus libros, como El espía que surgió del frío, dirigida por Martin Ritt en 1965, con Richard Burton; Llamada para el muerto, dirigida por Sidney Lumet en 1966, con James Mason; y El espejo de los espías, dirigida por Frank Pierson en 1969, con Anthony Hopkins. En televisión la BBC ha producido El topo (1979) y La gente de Smiley (1981); ambas, con Alec Guinness y Un espía perfecto (1987), con Peter Egan.