El Leviatán no sólo está en el origen de los estados fuertes o totalitarios. Tiene una dimensión en la democracia actual chilena. Por Ernesto Evans.

  • 15 septiembre, 2008

El Leviatán no sólo está en el origen de los estados fuertes o totalitarios. Tiene una dimensión en la democracia actual chilena. Por Ernesto Evans.

En un libro titulado La política y su sombra (Anagrama, 2005), el filosofo español Eugenio Trias realiza una visión histórica de la política moderna. Para Trias, el pensamiento político actual está dominado por El Leviatán de Thomas Hobbes, pensador al que llama el “príncipe de las tinieblas” de esta filosofía. Muy resumidamente, la doctrina de Hobbes parte de la base de que en el estado de naturaleza, el hombre es un lobo de si mismo, que propicia la guerra y destrucción permanente de unos contra otros. Y para evitar su destrucción, cada hombre debe renunciar o transferir su derecho a un poder absoluto que garantice el estado de paz. Transferimos nuestra libertad a cambio de la seguridad, dando curso a “ese miedo difuso, profuso, anárquico que sólo es exorcizado y espantado si se construye el Súper Lobo”, el Leviatán.

El Leviatán no sólo está en el origen de los estados fuertes o totalitarios. Tiene una dimensión en la democracia actual chilena, donde es ensalzado el rol del Estado sobre otros valores como la autodeterminación o la capacidad de emprendimiento individual y de los grupos intermedios. La “seguridad” –vestida de protección social, de Estado docente y de otras denominaciones–, está en el sustrato del denominado “concertacionismo progresista”, que quiere inundar de institucionalidad estatal la mayor cantidad de esferas posibles, en desmedro de la acción de los privados.

Esa nueva dimensión de la “seguridad leviatánica” está anegando la previsión (ahora quieren una AFP estatal), las políticas de desempleo, de salud y de educación. Sobre esto último, una advertencia: será el “súper lobo” quien finalmente destruya la actuación privada en la enseñanza, cayéndose en el absurdo ideológico de que sólo el Estado es capaz de garantizar la calidad de la educación. No se mejora la educación sólo porque se creen instituciones nuevas, como la Agencia de Calidad o la Superintendencia de Educación.

Ambas denotaciones de la seguridad basan, lamentablemente, sus postulados en el temor y la desconfianza de unos con otros; en la suspicacia del Estado hacia los privados, emprendedores y empresarios. Está bien proteger a los trabajadores, dar pensiones más dignas a los adultos mayores, mejorar la salud y la educación, pero se está exagerando la actuación del Estado como la gran solución.

En la Alianza la respuesta no ha sido muy distinta. Más bien, lo que hay de trasfondo de la “teoría del desalojo”, es una reedición de un Neo-Leviatán, un súper lobo moderno, eficiente y con gente más capaz. Su oferta política se basa en que son mejores, más eficaces y menos corruptos para manejar el Estado. Pero poco se escucha sobre como harán para facilitar que muchos chilenos hagan cosas nuevas, realicen actividades de valor, mejoren la calidad de sus vidas, emprendan con mayor facilidad, asuman su futuro (¡si no no hay voluntad de abrir el padrón electoral!), generen nuevos empleos o hagan más innovación. Poco se escucha de cómo nos sacarán, al menos un poco, el Leviatán de encima, con tantas regulaciones, permisos e impuestos.

Desde mi perspectiva más liberal (lo reconozco), creo que hay poca innovación en el pensamiento político chileno, lo que está en el
centro de la actual crisis institucional.