A veces conviene no seguir la costumbre ni irse por el camino fácil. No buscar tanto lo que se puede, sino lo que se quiere. Una filosofía que vale para el vino.

  • 27 julio, 2007

 

A veces conviene no seguir la costumbre ni irse por el camino fácil. No buscar tanto lo que se puede, sino lo que se quiere. Una filosofía que vale para el vino. POR M.S.

 

El mundo del vino local ha estado convulsionado. Robert Parker, el más famoso winewriter del planeta, cuya opinión puede hundir o llevar al éxito a una etiqueta de Francia o Uruguay o Turquía, acaba de dar a conocer sus cifras sobre la industria chilena.

 

Y digo cifras porque este experto norteamericano, que ha sido llamado la nariz del millón de dólares, fue el responsable de que hoy todos los críticos usen la tabla de los 100 puntos, donde un vino bueno alcanza 80 y uno extraordinario 90.

 

Con Parker, en el país, sucede una cosa curiosa. En privado todos hablan pestes de él, pero nadie osaría ignorarlo ni dejar de invitarlo a una cata privada. De hecho, la mejor evidencia es la reacción que han causado sus opiniones sobre el vino nacional aparecidas en el último número de su revista Wine Advocate. Algunos están felices, varios indignados.

 

Se dice que los viñateros de Burdeos han sufrido paros cardíacos al conocer los puntajes de Parker y es comprensible que en el medio local los productores y enólogos hayan mostrado tal grado de aprensión o susceptibilidad. Es como una serpiente que se muerde la cola.

 

Por más antipático que pueda resultar Parker, es un personaje digno de una cinta de Michael Moore, sus observaciones son bastante coherentes. Los mayores puntajes fueron para el carménère, lo que representa un empuje considerable para hacer de esa cepa olvidada nuestra bandera en el mundo.

 

Nada menos que 97 puntos para el insuperable Carmín de Peumo y 95 para su hermano Terrunyo, los dos de Concha y Toro bajo la mano de Ignacio Recabarren. Si alguien dudaba de la capacidad de este enólogo para hacer vinos de primera clase, la opinión de Parker es un tapabocas.

 

Asimismo lograron buenos puntajes carménère de Casa Silva y Santa Ema, y también superaron la barrera de los 90 nuestros mejores cabernet sauvignon, como Don Melchor, Casa Real de Santa Rita, Almaviva y Altaïr, del mismo modo que algunos sauvignon blanc de San Antonio, un par de chardonnay de Casablanca y, vaya, otro par de pinot noir de clima frío.

 

Lo que quiero decir, y perdonen tanto preámbulo, es que me parece provinciana tanta expectación y tanta mala onda por los dichos de Parker. Sobre todo, y para aclarar de una buena vez, que las notas no son del influyente gurú, sino de Jay Miller, su lugarteniente, su mano derecha para Sudamérica. ¿Habrá probado el mismísimo Parker alguno de estos vinos? Quién sabe. Probablemente no. Ojalá que no. Entonces, no seamos pesados ni tontos y pongamos las cosas en su lugar y a los puntajes de Wine Advocate en su justa dimensión: como un hecho de la causa. No se acaba el mundo ni descubrimos la pólvora. Así de simple.

 

Pienso en todo esto mientras hablo con Mauro Von Siebenthal, un abogado suizo que tuvo la loca idea de producir vinos finos en Aconcagua y que ha demostrado en pocos años que a la industria local le faltan pasión y ganas. Si hubiera 10 tipos como él en nuestro medio, Chile quizá no ganaría por goleada pero al menos causaría admiración. Mauro está feliz, porque dos de sus vinos alcanzaron 92 puntos en la revista de Parker: el Montelig, una poderosa mezcla tinta y el Carabantes, un syrah de armas tomar. Pero el abogado tampoco cree que haya alcanzado el cielo. “Sé que Parker genera una obsesión entre los viñateros, pero es parte de las reglas del juego. Uno sabe qué tipo de vinos le gusta. Prefi ere los corpulentos, con barrica, concentrados, potentes. Por eso no mandé mi Carménère”, afirma sonriendo.

 

Y, la verdad sea dicha, al probar el exquisito Carménère 2006 de Von Siebenthal tiendo a pensar que, por suerte, no fue incluido entre los preferidos de Parker. Como sabe cualquiera que ha competido en deportes de alta exigencia, a veces no basta con ser el mejor, sino el más rápido. Y en el caso del vino esa dualidad es una arma de doble filo. A cuidarse.