• 10 junio, 2009


Nuestro columnista se hace eco de quienes lamentan el deficiente “marketing” que ostentan las ideas de la centro derecha a nivel masivo. Pero adelanta una salida: “lo que le hace falta a la difusión del modelo de economía de mercado es un mayor énfasis en su gran impacto en la reducción de la pobreza”.

Un buen amigo y compañero de trabajo siempre me dice que la izquierda tiene malas ideas, pero a la hora de venderlas son unos verdaderos monstruos. La derecha en cambio genera buenas ideas, pero nadie sabe venderlas bien. La curiosidad de la afirmación radica en que cuando se trata de productos los profesionales del marketing, probablemente provenientes de centros de educación donde las ideas de libre mercado proliferan y son aceptadas, sí saben hacer bien las labores comerciales. Surge, entonces, la pregunta de por qué las ideas neoliberales se venden mal al compararlas con las de la izquierda. La crisis sub prime, coronada con la quiebra de GM, no harán en el corto plazo la tarea más sencilla.

Los modelos neoclásicos de la economía se fundan en dos supuestos básicos para que la organización económica funcione bien: por una parte, que las personas emprendan la búsqueda de maximizar sus ingresos a través de la competencia, la libertad de emprender, la creatividad, etc. y, por otra, que exista un Estado que fije las reglas del juego, contenga a los actores dentro de las mismas y que proteja eficientemente los derechos de propiedad para acercar los retornos privados de los emprendimientos a sus retornos sociales (un Estado protector -hobbesiano- más que uno depredador).

El problema consiste en que ambos supuestos entran a veces en conflicto. Para actores maximizadores es en ocasiones conveniente saltarse las reglas del juego para tomar ventaja y obtener rentas mayores, generando el problema que la teoría económica conoce como el del “pasajero que no paga” o polizón (“free rider”, en inglés). Así, el comportamiento oportunista que lleva a algunos hacer trampas robando, falsificando estados financieros, arbitrando vacíos legales, etc. no sólo genera tensión entre los dos supuestos antes mencionados, sino que se transforma en la mejor propaganda antisistémica. La afirmación de Adam Smith, según la cual es la avaricia del carnicero la que nos permitirá comprar buena carne a precios bajos, no se vende bien a la hora de seducir a los votantes. ¿Qué espacio tienen en ese mundo la filantropía, el amor, el comportamiento altruista que busca el bien, aunque no sea “rentable”, etc.?

La gran bandera de lucha del pensamiento neoclásico ha sido la búsqueda de la libertad. Su pecado como propuesta ha sido el no abordar suficientemente bien a nivel ideológico el problema del polizón avaro que no respeta las reglas. En la vereda de enfrente, la bandera de lucha de la izquierda ha sido la solidaridad; su debilidad, la utopía o incapacidad de cumplir con lo prometido debido a la complejidad de la tarea, la corrupción, etc. Con todo, la ideología de la izquierda aparece como más completa y de ahí su mejor capacidad de venta.

Una ideología es un conjunto de ideas, normas morales y de justicia que nos permiten simplificar la visión del mundo en que nos movemos y desarrollarnos; un paradigma acerca de cómo el mundo debe funcionar. La ideología del libre mercado en este sentido tiene falencias, ya que parece no ofrecer un marco ético, filosófico, político y social lo suficientemente completo y atractivo para generar adherencias suficientes. Es simplemente el resultado evolutivo de cómo las cosas funcionan mejor.
Faltan elementos que permitan que los actores crean que el sistema es justo y que, por tanto, existe equilibrio entre el logro de los objetivos y la necesaria acogida al que no logra surgir. Y no es que el sistema liberal de emprendimiento no tenga los elementos de solidaridad, sino más bien que simplemente aparecen más abajo en la dialéctica.

Decir por ejemplo que la función objetivo de la empresa es maximizar su valor para los accionistas, una idea simple que permite la delegación para lograr la tan necesaria especialización del trabajo y la diversificación de inversiones (ambos, elementos esenciales para aspirar a un buen crecimiento), difícilmente compite con la idea que se ha instalado los últimos 20 años en el imaginario colectivo, consistente en que la empresa se debe a toda la sociedad (“stakeholders”), donde se incluyen los accionistas minoritarios, el fisco, los trabajadores, los consumidores, los acreedores, el medio ambiente, etc. Si se analiza bien la eventual contradicción, se puede concluir en que ésta no es tal. La responsabilidad social empresarial es el concepto que da cuenta de la aparente brecha. Ello, porque es buen negocio para el accionista actuar responsablemente. El comportamiento de buen ciudadano dará estabilidad en el tiempo a la empresa, alargando el período en que los accionistas recibirán sus flujos de dividendos.

Lo que le hace falta a la difusión del modelo de economía de mercado es un mayor énfasis en su gran impacto en la reducción de la pobreza y su tremenda capacidad para generar recursos que puedan financiar establemente programas de mayor bienestar para todos. Lo que se debe hacer es incorporar al mensaje acerca de los atributos del sistema neoclásico la fuerte capacidad que tiene el crecimiento para construir acogida.