La pasión es seductora y elocuente, convence más que los argumentos. Vincula a las personas, las palabras y las cosas a través del deseo. La pasión es una vía alternativa a la razón lógica. Tiene su propia gramática, sus códigos y penas. Los filósofos fueron los primeros en saber del poder del erotismo y las fantasías. Desde los comienzos de la historia lidiaron con los poetas y retóricos, que manejaban el arte de persuadir con expresiones y testimonios, en vez de con discursos y demostraciones.

Pensar con intensidad y transmitir esa fuerza en enunciados es el desafío principal de los escritores. Los críticos e intelectuales que ambicionen notarse afuera del corral académico están obligados a asumir que deben otorgar estilo a sus palabras, impregnarles una subjetividad que sintonice con el lector o lo impresione. Desplegar ideas es una tarea lánguida y lenta. Las asociaciones inesperadas sirven para acelerar la comprensión, al igual que el ingenio y el humor. Darle rapidez y espesor a la prosa es una tarea que debe asumir todo autor. Encontrar el tono que cautiva es crucial a la hora de discurrir por escrito, es lo que determina el destino de las obras. La pasión contagia, entusiasma, es energía.

Si de algo estoy seguro, cuando leo al autor británico Mark Fisher, es de que su escritura tiene ímpetu, agudeza y la urgencia necesaria para seguirlo con placer. Es un teórico que responde a su época y a sus inclinaciones estéticas. Lo suyo es el punk: el futuro cancelado, el resentimiento, la falta de esperanzas. En su libro Realismo capitalista ejecuta una original vivisección de nuestro tiempo. En él se leen preguntas de este calado: “¿No podemos, en cambio, pensar en la cultura del capitalismo de consumo, con sus comidas rápidas, sus restaurants autoservicios, sus hoteles anónimos y su vida familiar desintegrada, como una prefiguración tenue de aquel campo social que imaginaban los primeros planificadores soviéticos como L. M. Sabsovich?”. Sus propuestas adolecen de mayores esperanzas. Fisher insiste en una ruta: “Deberíamos pelear por algo distinto: por la construcción de una modernidad alternativa en la que la tecnología, la producción en masa y los sistemas impersonales del gerenciamiento contribuyan, todos, a la remodelación de la esfera pública. Y público no significa en este caso estatal”.

En sus libros Los fantasmas de mi vida y Lo raro y lo espeluznante analiza el correlato que hay en la música, la televisión y el cine respecto del desarraigo, la postergación y la falta de sueños que se instalan en el horizonte. La pulsión por destruir está presente día a día, no solo en los gobiernos, sino  en los sujetos que no saben cómo entender la falta de aliento que los rodea y empieza a ahogar. Para Fisher, la geografía mental del siglo XXI y su deriva política han sido delineadas por síntomas y referentes cifrados en los movimientos subterráneos y en los ídolos pop. Su padre espiritual, según propia confesión, fue Kafka, el experto en el desaliento inherente a la vida moderna. La depresión, la melancolía, era un asunto definitivo para Fisher. Ocupa como materiales, de los cuales extraer observaciones y levantar conceptos nuevos, las canciones de Joy Division o Michael Jackson; las películas de David Lynch, R.W. Fassbinder, Stanley Kubrick y Christopher Nolan; los libros de H. P. Lovecraft, Margaret Atwood, William Burroughs y Philip K. Dick. Son fuentes a las que acude en busca de modelos y procedimientos que expliquen la contingencia metafísica que nos envuelve.

Las intuiciones y preferencias de Mark Fisher son compartidas por autores como Greil Marcus, cuyos volúmenes, Rastros de carmín y El basurero de la historia, alternan la investigación sobre bandas como Sex Pistols con el análisis de la sociedad desde la perspectiva heterodoxa, en el que caben desde las prácticas precristianas hasta las tesis de Guy Debord. Otro autor de una especie semejante es Simon Reynolds. Crítico de música que tiene al menos un libro imprescindible: Retromanía. Son lectores omnívoros de literatura, filosofía y ciencia. Utilizan nociones del estructuralismo, el psicoanálisis, el feminismo y la teoría política para escrutar la letra de una canción de rock o la sensación de nostalgia. Las hipótesis que siembran mientras indagan son lo mejor de sus textos. Cada uno tiene una inflexión distinta y gustos particulares. Comparten estrategias. Sus escrituras son urgentes, legibles, no esconden sus amores y fobias. A diferencia de Slavoj Zizek, no tienen ánimo irónico, ni caen en el delirio de intentar explicar la totalidad con un lenguaje excesivo.

Leer a Mark Fisher es una experiencia intelectual. Enfocó zonas e intersticios de la sociedad que demasiados intelectuales no transitan. Estas noches frías las he pasado con K-Punk, libro que reúne textos que publicaba en su blog. Corresponden a la obra que dejó dispersa antes de suicidarse a los 48 años, en enero de 2017. El fervor que irradian sus pesquisas es hondo y su erudición, alucinante. En el ensayo “Déjame ser tu fantasía” apunta: “Lo que Kant, y los que lo siguieron con su condena a la pornografía por su carácter cosificador no llegan a reconocer, es que nuestro más profundo deseo no es poseer a otro, sino ser cosificados por los otros, ser usados por ellos en/como su fantasía”. Su osadía era radical.