Elevados a categoría de tesoro natural están los huiros en Chile. Las populares algas que tanto molestan a los veraneantes –porque para algunos afean el paisaje costero o impiden bañarse sin molestias en las playas– tienen a un buen puñado de empresarios locales tras ellos, compitiendo silenciosamente de igual a igual con algas de China, […]

  • 21 febrero, 2013
Algas

Algas

Elevados a categoría de tesoro natural están los huiros en Chile. Las populares algas que tanto molestan a los veraneantes –porque para algunos afean el paisaje costero o impiden bañarse sin molestias en las playas– tienen a un buen puñado de empresarios locales tras ellos, compitiendo silenciosamente de igual a igual con algas de China, Indonesia y Filipinas.

No es mito urbano que los asiáticos se las comen a toneladas y que la industria alimenticia del mundo entero las usa como aditivo clave en miles de productos de consumo diario. Literalmente se han convertido en una industria que está dando frutos.

La demanda mundial crece a tasas de más del 15% anual y Chile ya tiene un sitial ganado: representa el 20% del mercado global de las algas para la industria de alimentos. En 2011 se enviaron 200,9 millones de dólares y los números serán aún mejores en 2012, pues el año cerrará con envíos por más de 223,4 millones de dólares. A octubre ya se empinaba a los 186,2 millones de dólares en un concierto que a nivel mundial mueve unos mil millones de dólares al año. En esa cifra no se considera el consumo directo que suma otros 4 mil millones de dólares, pues en esa tajada prácticamente no participamos. Al menos por ahora.

¿Qué diablos es la carregina?

El sector ya aporta el 5% de los ingresos que vienen de las exportaciones pesqueras. Chile está concentrado en tres tipos de algas: pardas, rojas y gracilarias y en subproductos derivados que seguramente los ha leído más de una vez en los ingredientes de varios alimentos de consumo diario, como la carragenina, alginatos y agar agar. Todas ellas piezas fundamentales en la cadena de elaboración de productos alimenticios, especialmente lácteos.

La leche con chocolate contiene carragenina que en la práctica es la que provoca que el chocolate no decante. En jamones y pollo este aditivo natural es pieza fundamental para mantener la humedad. Muchos de los productos easy to eat, como llaman en el mercado estadounidense a flanes, jaleas y budines, contienen un aditivo de algas que permite mejorar la textura.

“Mientras más sofisticada la industria de este tipo de alimentos, mayor cantidad de aditivos producidos a partir de algas”, confidencia un conocedor de la industria. La gran fortaleza, agrega, es que este tipo de añadidos son 100% naturales. Por ahora China, Japón, Noruega y Francia son los principales receptores.

[box num=”1″]

Por lo mismo, como en cualquier industria de materia prima, el valor agregado está en producir esos derivados y no sólo en exportar las algas en bruto, en grandes cantidades. Los números lo dicen: mientras enviar algas pardas tiene un valor de 1,5 dólares el kilo, el alginato se empina hasta los 20 dólares. Lo mismo con las algas rojas versus la carragenina: de 4 dólares puede saltar fácilmente a 15 dólares el kilo. La industria cosmética y la textil (tinturas) también están interesadas en estos aditivos y ante tanta demanda la pelea entre los productores es dura.

En este contexto es que a mediados de los 90 se levantó en Chile la tercera planta más importante de carragenina en el mundo, Extractos Naturales Gelymar, del empresario Vicente Navarrete, dueño de la empresa química Oxiquim y uno de los prioneros del negocio de las algas en Chile. Está ubicada en Puerto Montt y tiene una producción de más de 40 millones de dólares al año.

Esta planta es la única de capitales y tecnología chilena, pues las otras dos que le hacen la competencia, asentadas en Chile, son de inversión norteamericana y japonesa, Dupont y Kimica, respectivamente. Ambas, también, se ubican en Puerto Montt y están dedicadas a la carragenina.

Pero Chile ha ocupado también otros tronos. Durante mucho tiempo el empresario local Miguel de Polo, precursor junto a Navarrete en esta industria, ostentó el título de tener la planta más grande del mundo en gracilaria. Hace pocos años la construcción de una planta en Indonesia lo bajó a segundo lugar.

Artesanales e industriales

Hasta ahora la ventaja competitiva de Chile ha estado sólo en lo que la naturaleza ha dado. La extracción de huiros depende de la captura de cientos de pescadores desde el norte al sur. En los registros oficiales figuran 35 mil algueros inscritos. De cultivos sólo se ha empezado a hablar en los últimos años y lo que existe son muestras muy acotadas. Miguel de Polo, por ejemplo, tiene cultivos de gracilaria en el sur.

La reciente y polémica ley de pesca incluyó una indicación en que las autoridades se comprometen a promover el repoblamiento y cultivo de algas, siguiendo el ejemplo del sector forestal. Todo un reto por delante. Hace unas semanas en el seminario Fomento al Cultivo y repoblamiento de Algas, realizado en la Universidad Católica, el tema fue anunciado por el propio subsecretario de Pesca, Pablo Galilea, quien anticipó que la idea es tener un buen proyecto en el corto plazo “que compatibilice el desarrollo con la sustentabilidad”. Un plazo de seis meses para aquello es lo que se maneja en la industria.

La idea es hacerse cargo del fuerte crecimiento en la explotación del producto. Según datos del Instituto de Fomento Pesquero (Ifop) el salto ha sido tremendo. El 2000 se extraían 280 mil toneladas y en 2011 se llegó a 403 mil. Un dato como para tener en cuenta: en China se cultivan 11 millones de toneladas al año.

¿Sobreexplotación? No hay una visión única. Efectivamente hay zonas en que antes había, al menos visiblemente, muchas más algas que las que se observan hoy, pero –según los entendidos– antes de cualquier análisis Chile debe realizar un catastro de la biomasa existente, igual como se ha hecho con la industria pesquera. Recién ahí se va a saber cuánto es lo que se puede explotar sin afectar los equilibrios ambientales.

En el seminario de la UC, el premio Nacional de Ciencias 2012, Bernabé Santelices, admitió que “el contar con un estímulo legal al cultivo y manejo de algas debiera resultar en un incremento notable en sustentabilidad, desarrollo y diversificación de estas”. Lo que, desde su perspectiva, es especialmente positivo “debido a la mayor demanda generada por estos recursos desde países asiáticos, especialmente China”.

En Chile hay 54 empresas exportadoras, pero el 75% de los envíos están concentrados en unas pocas: Alimex, de propiedad de Multiexport; Prodalmar del empresario René Pianitini y M2 de la japonesa Kimica, principalmente.
Nada que decir. Está claro que quienes pensaban que las algas eran un estorbo o sólo servían para armar un hosomaki, estaban equivocados. •••

_____________________________________________________________________________________________

El sueño del combustible

Hace rato que se viene hablando de la posibilidad de generar bio combustible a partir de las algas. Aunque hoy es un sueño (en términos de viabilidad económica), la tecnología para hacerlo prácticamente ya existe.

Las algas tienen un alto contenido de carbohidratos que se transforman en azúcares, que al ser fermentados se pueden convertir en etanol. Y lo que es más importante: como éstas consumen grandes cantidades de Co2, para muchos ecologistas el cultivo masivo de algas ayudaría a mitigar el efecto invernadero.

El Departamento de Energía de Estados Unidos calcula que por cada hectárea de algas cultivadas se podría producir casi 20 mil litros de etanol, el doble de lo que se hace a partir del maíz y muchísimo más que de la caña de azúcar.

En Chile existe un proyecto piloto con capitales internacionales, impulsado por un grupo de Silicon Valley, Bio Architecture Lab, que ya logró generar etanol y que hoy se encuentra buscando mejoras al proceso. Ya cuenta con cuatro plantas de cultivo y en los próximos meses comenzarán con una nueva planta a gran escala. Habrá que esperar los resultados.