Tomando como modelo viejas series de TV sobre vampiros, películas de ciencia ficción e historietas, sin desdeñar una subterránea tradición local que ha cultivado el horror y la fantasía –desde Lastarria a Donoso-, un grupo de autores nacionales está expandiendo los límites de la narrativa del país. Por Marcelo Soto

 

  • 30 noviembre, 2010

 

Tomando como modelo viejas series de TV sobre vampiros, películas de ciencia ficción e historietas, sin desdeñar una subterránea tradición local que ha cultivado el horror y la fantasía –desde Lastarria a Donoso-, un grupo de autores nacionales está expandiendo los límites de la narrativa del país. Por Marcelo Soto

 
 

¿Qué hubiese pasado si el golpe de 1973 se hubiese frustrado debido a la delación de uno de los involucrados el 10 de septiembre? ¿Se habría convertido Chile en una dictadura marxista? ¿Estados Unidos llegaría a invadir el país? ¿Se formaría una resistencia antiyanqui liderada por Andrés Allamand e Iván Moreira?

Preguntas desquiciadas que están en el origen de CHIL3, el delirante y divertido volumen de varios autores que reúne historias sobre lo que pudo ser y no fue. Cuentos en los que Pinochet aparece como baterista de una banda de rock, los mapuches conquistan el imperio inca y Valdivia no va al encuentro con la muerte en Tucapel. O sobre el día en que Chile, por un decreto internacional, deja de existir.

Algo está pasando con la narrativa chilena y es algo que tiene que ver con marcianos, zombies, mitos revisados, la historia reescrita. La nueva literatura fantástica nacional da señales de excelente salud con una camada de cultores del género que no tiene miedo de experimentar, de mezclar fuentes tan diversas como el cine, el cómic, la TV, el rock.

Jorge Baradit, uno de los precursores del fenómeno y autor de la estrambótica novela Ygdrasil, piensa que los nuevos autores “desprecian los conceptos de alta o baja cultura y han tenido la actitud para recoger la realidad en su forma más integral. No ignoran la cultura pop, no ignoran que la ciencia fi cción ya llegó y está en las tecnologías que usa cada ciudadano”.

Haciendo una comparación musical muy propia de su generación, agrega: “si el boom latinoamericano fue rock progresivo y la nueva narrativa pop descafeinado, lo que se viene es claramente punk rock. No viene desde las academias, desde los medios o los talleres literarios. Nació en recitales en Villa Alemana, en las profundidades de pueblitos sureños y desde todas las lecturas políticamente incorrectas del mundo”.

El peso de la tradición

Aunque escasa, Chile tiene una tradición no desdeñable de literatura fantástica. Aparte de novelas como Don Guillermo (1860), de José Victorino Lastarria – en la que el protagonista es raptado por un monstruo y trasladado a una versión infernal del país– o Desde Júpiter (1877), de Saint Paul –en la que otro chileno se ve trasportado al infi nito, desde donde verá a través de un telescopio lo que sucede ¡en Chile!–, figura como una cima del género Los altísimos (1959), de Hugo Correa, alabada por Ray Bradbury.

Así describe el escritor y crítico Alvaro Bisama –que también ha incursionado en la corriente- al autor de esa novela mítica, que murió en 2008. “¿Es posible la ciencia fi cción en Chile? La obra de Hugo Correa parece sugerirlo. Traducido al inglés y objeto de culto durante los años sesenta en España, es el representante más famoso del género a nivel nacional gracias a una novela sobre un chileno que enfrenta la vastedad del cosmos”.

Con extraños ecos a cintas posteriores de ciencia ficción (El vengador del futuro, 2001: Odisea del espacio), Correa construye una narración en la que –de nuevo– un tipo local, un ofi cinista, es secuestrado por una civilización extraterrestre. “Los altísimos trata sobre identidades despersonalizadas, fetichismos electrónicos e imposible imágenes cósmicas proyectadas hacia el fi nal de la eternidad”, afi rma, exultante, Bisama. No es casual que la novela de Correa haya sido recién reeditada por el sello Alfaguara.

Baradit, sin embargo, sostiene que “el caso de Los altísimos es particular, yo diría que se entronca más con una visión internacional de la ciencia fi cción que con algo que se haya estado tramando en nuestras tierras, en ese sentido, dialoga más con autores como Bradbury que con Los Sea Harrier, de Diego Maquieira”. El autor piensa que hay una corriente fantástica secreta, no reconocida en la narrativa chilena, que va desde Pacha Pulai, pasa por El obsceno pájaro de la noche y llega a Miguel Serrano.

Similar opinión expresa Francisco Ortega, otro de los estandartes del nuevo fenómeno, autor de El número Kaifman. “Creo que Chile tiene una tremenda herencia desconocida en el género. La épica de La Araucana por ejemplo, está llena de ideas heroicas europeas del tipo Rey Arturo (elegidos, gigantes, guerreros, etc.); súmale a eso la rica mitología local, que es muy particular y con una identidad muy propia. Los onas tienen cuentos muy parecidos al ciclo de Beowulf/Grendel, y para qué hablar de Chiloé, la verdadera Tierra Media. Y aunque oficialmente se diga que en Chile no hay fantástico, excepto lo que hizo Hugo Correa, eso es falso. Pacha Pulai, Patas de perro, Alsino, son tres piezas claves en lo fantástico. Papelucho y el marciano, Mampato, Dr. Mortis: la lista no es corta. Yo suelo decir que Donoso también la integra, porque El obsceno… es a mi entender la gran obra de horror gótico local, sus monstruos son más cercanos a Lovecraft y a Poe que al realismo mágico del boom. Juan Emar, Jodorowsky, Vicente Huidobro…. ¿Hay algo más cyberpunk que El Cid Campeador de Huidobro?”

La noche del vampiro

Otros dos libros recién publicados vienen a ilustrar la arremetida de la literatura fantástica: Cuentos chilenos de terror y Cuentos chilenos de ciencia ficción, ambos editados por Norma, y en los que, además de Baradit, Ortega, Francisca Solar y Mike Wilson, participan autores no necesariamente relacionados con el género, como Carlos Tromben, Luis Emilio Guzmán y Marcelo Simonetti.

La gracia de estos volúmenes, aparte de su humor, soltura y una buena dosis de suspenso, es que permiten apreciar la mixtura de infl uencias que inspira a cada uno de los escritores, un variopinto universo en el que sobresalen legendarias series de TV como La noche del vampiro (1979), con el gran David Soul; películas como Blade runner, de Ridley Scott y Duna, de David Linch, y novelas como Matadero 5, de Kurt Vonnegut.

“Yo soy absolutamente pop”, dice Ortega. “Mi aproximación al género está muy lejos de Isaac Asimov y de ese tipo de ciencia fi cción que en rigor no me importa ni me interesa. Voy por hacer una literatura que usa elementos de ci-fi , más que puramente de género. Lo mío va por lo provinciano, lo rasca, a lo Stephen King. También mi fascinación por la historia, las conspiraciones y los mitos urbanos. Por decirlo de alguna forma, me importan más como tema literario los monstruos marinos y los complots de la iglesia que los avances de la tecnología. Además ,hay una cuestión práctica: la tecnología va tan rápido que no se puede anticipar. Hace rato que Apple y Microsoft trabajan más veloces que la imaginación de un escritor, esa guerra se perdió”.

Muchos de estos autores comparten ciertas cosas: casi todos crecieron aterrados viendo La noche del vampiro en la TV abierta, o consiguiendo copias en VHS de El exorcista. Por lo mismo, observan el revival hollywoodense de los colmillos y las posesiones como algo que tiene que ver más con el marketing que con la experiencia de terror auténtica. Dice Ortega, que ha trabajado como editor en Alfaguara y conoce el tema desde cerca: “lo de Crepúsculo es sintomático. Apareció y nos llenamos de clones. Por eso yo los saco del género. Crepúsculo es el hit, no la literatura de vampiros. Los lectores quieren más Crepúsculos, no versiones chilenas de vampiros. El año pasado en Alfaguara probamos con Sinfonía eterna, una historia romántica de vampiros ambientada en Chile, y no funcionó. La que vende es Stephenie Meyer, no Drácula. Recuerda lo que ocurrió con El código da Vinci hace años y revisa cuánta novela de templarios hay ahora liquidándose en librerías, a luca”.

Mike Wilson, Jorge Baradit, Francisco Ortega y Alvaro Bisama.


Tierra prometida

Hasta ahora la nueva narrativa fantástica chilena ha funcionado más como una corriente de culto, bendecida por los expertos antes que por el gran público. No son pocos, como el boliviano Edmundo Paz Soldán, que afirman que el movimiento chileno representa la mejor expresión del género en lengua castellana en el panorama actual.

Si Baradit es un fenómeno underground, Francisca Solar ilustra la versión más popular de la corriente. Su primera novela, La séptima M (2006) fue publicada por Random House Mondadori y lanzada en la Feria del Libro de Frankfurt, con la idea de convertirse en una saga que explorase las experiencias paranormales.

Francisca Solar.

Solar, fanática de Harry Potter, se hizo conocida en 2003, cuando causó revuelo al publicar en internet una adaptación libre del niño mago: El ocaso de los Altos Elfos. Una versión personal, de 800 páginas, del sexto capítulo de la saga de J. K. Rowling que recibió más de 80 mil visitas y que captó atención mundial.

La séptima M vendió 22 mil copias y fue traducida al portugués, rumano y polaco, y ahora Solar ha decidido incursionar en la literatura juvenil, siempre de corte fantástico. Es así como el año pasado lanzó La asombrosa historia del espejo roto (Ediciones SM), finalista del concurso Barco de Vapor.

Precisamente, el gran mérito de esta nueva generación, aparte de lo diverso de la paleta de estilos e influencias que muestra, es su productividad. Ya hay varios proyectos en camino, que hablan de que no se trata de una moda pasajera. De partida Baradit publicará una novela gráfica, KARMA POLICE, sobre una sociedad en que los crímenes cometidos en vidas pasadas son perseguidos. “Una fuerza policial puede entrar a tu casa y llevarse a tu señora por haber dirigido una matanza de civiles durante la segunda guerra mundial. La está dibujando el gran Martín Cáceres y la coloreará Oliver Contreras, dos artistas chilenos de primer nivel”, explica el escritor. No solo eso. Para fines de 2011 se espera que Nicolás López filme una adaptación de su novela SYNCO, inspirada en un proyecto cibernético de vanguardia –en el que participó Fernando Flores– en plena Unidad Popular.

Por su parte Ortega publicará en abril 1899 (Norma), una novela gráfica basada en uno de los relatos que aparecen en CHIL3. El arte es de Nelson Daniel y se trata de una ucronía –relato que plantea una historia alternativa, distinta, a la real– ambientada en la guerra del Pacífico, que mezcla personajes de nuestra literatura como Martín Rivas y Alsino, y de la literatura universal, como Nemo y Drácula. “Es un pastiche pulp victoriano”, define Ortega.

En noviembre, también por Norma, se lanza Mocha Dick con Gonzalo Martínez, que es el relato gráfico de la leyenda de la ballena blanca mapuche en la cual se basó Melville para su clásica novela. “Es más aventura que fantástica, pero tiene elementos épicos y mitológicos, con la idea de vender una imagen país”, explica el autor, que además tiene terminada una novela de 300 páginas con elementos góticos y de horror. Como se ve, a la nueva avanzada de autores fantásticos inspiración y trabajo no les faltan.