Por Francisco Ortega Ilustración: Carlos Eulefi En las próximas semanas se cumplen 65 años de la aparición de Los altísimos de Hugo Correa. Se trata de la obra angular de la ciencia ficción chilena, género literario que existe y ha sido bastante prolífico a lo largo de casi un siglo de literatura local. También se […]

  • 30 octubre, 2014

Por Francisco Ortega
Ilustración: Carlos Eulefi

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En las próximas semanas se cumplen 65 años de la aparición de Los altísimos de Hugo Correa. Se trata de la obra angular de la ciencia ficción chilena, género literario que existe y ha sido bastante prolífico a lo largo de casi un siglo de literatura local.

También se conmemora una década de la presentación de Ygdrasil de Jorge Baradit, la novela que trajo de vuelta esta especie narrativa a la visibilidad de las masas, marcando un punto de reinicio para la anticipación chilena. ¿Qué de común tienen ambas obras, fuera de la coincidencia de fechas? Por un lado el impacto que en sus respectivas épocas convocaron, pero también una obsesión por intentar retratar un futuro a través de una relectura del presente. Característica que se ha repetido prácticamente en toda la ciencia ficción criolla.

Bastante se ha escrito acerca del género fantástico chileno. Listas donde aparecen de rebote nombres como José Donoso o Roberto Bolaño. Pero si nos ponemos exquisitos y sacamos esos coqueteos para intentar armar un panorama estrictamente de ciencia ficción a la chilena, el resultado sorprende. Moviéndose en las sombras hay una rica tradición de anticipación, autores que desde finales del siglo XIX soñaron y escribieron un futuro para nuestro país, divagaron sobre viajes al espacio y de cómo sería el Santiago de los siglos venideros.

Publicada en noviembre de 1959, Los altísimos marca el punto más alto de lo que podemos llamar edad de oro de la ciencia ficción chilena. Período que se extiende de 1920 a 1970, donde la “fantaciencia” criolla inspiró novelas, cuentos y revistas de historietas, como Rocket (1965) fundada por Themo Lobos (Mampato) para editorial ZigZag; la primera revista de cómics exclusivamente de ciencia ficción en el mundo.

Celebrado en Estados Unidos por Ray Bradbury e Isaac Asimov, Los altísimos consolidó a Hugo Correa como el autor nacional más importante del género. A través de metáforas religiosas y sobre todo sociales, con una nada de disimulada crítica a los regímenes totalitarios socialistas de Cuba y la entonces Unión Soviética, Correa construye una distopía que se adelantó seis décadas a los hoy tan de moda Juegos del hambre o Divergente. Un terrícola es raptado y llevado a un lejano mundo, donde seres biológicos y máquinas viven en un estado de aparente armonía. El narrador, fascinando por su inesperado descubrimiento, va poco a poco involucrándose con el “sistema” hasta descubrir que esa armonía no es más que el juego político de unas entidades superiores, las que dan nombre al libro, que coartan las libertades individuales en beneficio de un bien común, que en rigor son sus propios intereses.

 

Los precursores

Aunque no existe un canon de la ciencia ficción chilena, hay algo así como un acuerdo implícito en que el primer relato de este género es c, publicado en 1877, obra contemporánea a los trabajos de H.G. Wells y de Julio Verne. El editor Marcelo Novoa la cita en el prólogo de Años luz (Puerto de Escape, 2006), hasta ahora la más completa antología del género en Chile. Desde Júpiter plantea el descubrimiento de una avanzada sociedad en el mayor planeta de nuestro sistema solar, compuesta por humanoides con poderes mentales que además dominan la capacidad de volar. Este hallazgo habría sido realizado por científicos chilenos en la entonces lejana década de 1930.

Hacia 1927 es publicada la novela Tierra firme de Julio Assman, obra que desconcierta por lo exacto de algunos conceptos. El texto nos traslada al posible Chile de mediados de 1950, donde el gobierno es un régimen ecológico, preocupado por el medioambiente. Santiago es una ciudad limpia, en que la gente se mueve en bicicletas o en un avanzado tren bajo la superficie. Si bien lo de Assman es una utopía de justicia social, su libro prácticamente replica la reforma agraria de fines de los 60, adelantándose además a la construcción del metro.

En 1933, David Perry publica Ovalle: 21 de abril del año 2031, un extraño relato en que se traslada al lector cien años al futuro: el país está regido por una sociedad muy industrial y la economía vive en un  clima intermitente, al ritmo de las bolsas de países de Europa. Perry se inspiró en la crisis bursátil del 33, pero su novela resulta especialmente profética ante un siglo XXI marcado por continuas amenazas bursátiles, donde lo económico es pura incertidumbre.

En una línea similar, pero desde lo satírico, Enrique Bunster publicó en 1959, Un ángel para Chile, que se hace cargo de la transformación de nuestro país en una nación del primer mundo, luego de que en 1998 un científico local descubriera la cura definitiva a la calvicie. La prosa de Bunster es irónica al presentarnos un país ideal producto del “fin de los calvos”. El autor reflexiona con su propio presente, el gobierno de Jorge Alessandri, imaginando un futuro donde gracias al control de los poderosos, el pueblo vive en una eterna felicidad, sin cuestionarse nada. Diez años antes que Bunster, Visión de un sueño milenario (1950), de Michel Doezis, relata el primer viaje a la luna de astronautas chilenos, evento supuestamente ocurrido en 1981.

 

Sueños estelares

En 1913, y bajo el seudónimo Miguel de Fuenzalida, el escritor Alberto Edwards crea al  personaje de Julio Téllez, diputado de la Confederación del Pacífico, futura potencia latinoamericana dominada por Chile, quien hace uso de la más soñada tecnología para solucionar problemas dentro y fuera de nuestras fronteras. Mezcla de Flash Gordon con James Bond, Edwards le dio además el ilustre trabajo de integrante de la cámara de diputados, como una forma de enlazarlo con la respetable institución del poder legislativo. Este político del siglo XXI era valiente, honesto y con su vida y carrera dedicadas por completo al servicio público. Las aventuras de Julio Téllez, junto a las de Román Calvo, “el Sherlock Holmes chileno”, fueron recopiladas en un volumen titulado Cuentos fantásticos (1960), reeditado con el nombre de La secretísima por Ediciones B en 2007.

Ernesto Silva Román publicó en 1929, El dueño de los astros, serie de relatos que nos muestra un Chile del año 2001, plagado y dominado por avances en ciencia y tecnología, además del dominio de fenómenos parapsicológicos. Las invenciones que se describen incluyen cámaras de televisión interplanetarias, campos de fuerza y algo llamado giromóviles. Santiago es visto como una ciudad flotante sobre las ruinas de la vieja capital.

El caracol y la diosa (1950), de Enrique Araya, es un delirio cyberpunk treinta años antes de que William Gibson acuñara el término. Un chileno que escapa de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial es encarcelado en una habitación muy estrecha que le aprisiona dejándole inmóvil. En ese estado su alma se desdobla del cuerpo y viaja tanto al pasado como al futuro, contactando a un ser del año 20912, con quien se traslada a distintos tiempos y lugares, incluido a un Chile del 2005 cuyos esfuerzos sociales, económicos y políticos se han concentrado en la exploración espacial.

Uno de los futuros chilenos más aterradores es el imaginado por Antonio Montero en Los superhomos (1963), ambientado en el 2010, cinco años después del fin de una guerra nuclear que destruyó el planeta entero. En este porvenir, Chile es un eterno desierto de Atacama, regido por pequeños gobiernos locales, surgidos entre las ruinas de Santiago y Valparaíso. En el siglo XXI de Montero, “el desorden se desordena aún más” con el surgimiento de unos seres evolucionados, dotados de increíbles poderes y pésimas intenciones. Una versión local de la trama de Días del futuro pasado, una de las mejores sagas de los X-Men, que este año vimos en el cine. Montero es también el autor de No morir (1971) libro que trata del descubrimiento en 1980, de una nave extraterrestre en el desierto de Atacama, vehículo que posee el conocimiento necesario para convertir a Chile en el país más avanzado del planeta.

John Bohr es quien firma Mañana hacia el ayer (1975), novela en la que un anciano viaja atrás en el tiempo hasta 1910, donde en medio de las celebraciones del centenario de Chile, recibe la revelación de un extraterrestre que lo pone ante la disyuntiva de cambiar la futura historia nacional o dejar que las cosas sucedan tal como ocurrieron. Tras los eventos ocurridos en 1973, implícitos en el libro, la disyuntiva surge visionariamente política.

 

¿La nueva era?

Flores para un cyborg (1997), de Diego Muñoz, fue por años la única novela fantástica chilena ganadora del premio del Consejo Nacional del Libro. Y hasta la aparición de Ygdrasil (2005), de Jorge Baradit, uno de los pocos ejemplos de una novela de género publicada por una editorial importante. Flores para un cyborg no es futurista, pero sí extremadamente exacta en sus datos y conceptos, constituyendo la más compleja obra de ficción acerca del tema de la inteligencia artificial escrita por un autor chileno. Muñoz matiza su relato con política y acción policial, construyendo una realidad paralela al Chile de la dictadura. La novela cuenta la historia de un científico exiliado que para superar la soledad decide crear un robot que le sirva de ayudante y compañía. El hecho pone la atención de las multinacionales sobre la invención y también la de los aparatos de inteligencia del régimen de Pinochet. Mezcla de Pinocho y Frankenstein, la obra hace uso de las dudas de una mente artificial en crecimiento para responder a la compleja realidad política chilena posterior a 1973.

Un año después, Darío Oses publicó la fallida pero interesante 2010: Chile en llamas, una novela en clave ensayo periodístico que describe los pormenores de la celebración del bicentenario nacional. El Chile soñado por Oses está dominado por empresas, donde todo se ha privatizado, incluso las fuerzas armadas, que han hecho de su tradición prusiana un arma comercial que los ha convertido en los mayores proveedores de ejércitos privados del mundo. Nuestros estudiante de la Escuela Militar del 2010 son codiciados por magnates, jeques árabes, narcos e incluso armadas profesionales, como la norteamericana. La sobrepoblación santiaguina ha producido que hordas de homeless se tomen los grandes centros comerciales de los ochenta, convirtiéndolos en comunidades generadoras de extrema pobreza. El Parque Arauco y el Alto las Condes son “nuevas tomas”, un gran problema para un gobierno que se esfuerza por disfrazar todo, razón por la cual ha legalizado las drogas. La policía vigila desde grandes dirigibles capaces de ver y oír a través de las paredes. Y en medio de ese panorama, el país se prepara para celebrar sus dos siglos de libertad, pero un hecho cambia los planes, la muerte del gran símbolo del siglo pasado: Augusto Pinochet. Oses es exagerado en sus predicciones, no toma en cuenta el papel de la tecnología, pero arma una distopía interesante acerca de un futuro que casi fue. Lo de Pinochet y su supervivencia hasta el 2010 es anecdótico, pero constituye un gran gancho para descubrir esta novela, que no es difícil encontrar en librerías de saldos.

Ygdrasil de Jorge Baradit, que hace diez años inició la nueva oleada de literatura fantástica chilena, es en la superficie tan distópica como 2010: Chile en llamas, sobre todo respecto del rol de nuestro país en los próximos años. Pero Baradit inyecta el tema del ciberpunk a sus visiones, iluminando (o ensombreciendo) un porvenir que es puro vértigo, donde las fronteras geográficas se han desmoronado, la tecnología se ha hecho una con la religión, el ciberespacio es una cancha abierta para establecer nuevas soberanías y las empresas se han convertido en entidades políticas, económicas y sociales más poderosas que las naciones. Con este libro Baradit gatilló una especie de segunda oportunidad para la ciencia ficción chilena, en la cual han aparecido nombres como Patricio Urzúa (Nunca), Alberto Rojas (La sombra de fuego), Sergio Amira (Identidad suspendida) en las arenas de la anticipación, y Francisca Solar (La séptima M), J.L. Flores (El mago del desierto) y Camila Valenzuela (Saga zahorí) en la fantasía. Todo un mundo por descubrir. •••