• 25 marzo, 2011



Lo que vemos en los medios de comunicación social en relación a esta situación tan dramática e inaceptable es una mínima parte de lo que realmente acontece en nuestro país.

Es evidente y comprensible el escándalo que produce un miembro de la Iglesia que abuse de un menor. No lo permitiremos y estamos trabajando arduamente para que ello nunca más ocurra. Y si ocurre, que quien lo cometa sea adecuadamente sancionado. Me preocupa que estos hechos puntuales opaquen el drama de miles de niños y jóvenes abusados en Chile, principalmente al interior de sus propios hogares o vecindarios. Tengo algunas estadísticas de la Unicef y de otras instituciones dedicadas a estudiar este flagelo que les quiero presentar. El abuso de un menor puede estar aconteciendo al frente de usted y, tal vez, no se haya dado cuenta.


Según la Unicef, se define como víctima de maltrato y abandono a aquellos niños, niñas y adolescentes de hasta 18 años que “sufren ocasional o habitualmente actos de violencia física, sexual o emocional, sea en el grupo familiar o en las instituciones sociales”.

En Chile el 73% de los niños y niñas sufre violencia física o sicológica de parte de sus padres o parientes. El 54% recibe castigos físicos, un 25,4% es víctima de violencia física grave y un 28,5%, de
violencia física leve. Un 19,7 % de los niños y niñas sufre violencia sicológica. Y sólo un 26,4% de los niños y niñas y adolescentes nunca ha vivido situaciones de violencia por parte de sus padres.


Llama la atención que las madres suelen ser más violentas con sus hijos que los propios padres. Además, es conocido el perfil de los padres que abusan de sus hijos. Suelen tener baja tolerancia a la frustración, expresiones inadecuadas de la rabia, falta de habilidades parentales y una sensación de incompetencia e incapacidad como padres. Lamentablemente, el entorno sociocultural y familiar, con su actitud, acepta y legitima el uso de la violencia con los hijos. Estos son los datos que arrojan un estudio de Unicef del año 2000 y la situación no ha cambiado mucho desde entonces. Por lo tanto, lo que vemos en los medios de comunicación social en relación a esta situación tan dramática e inaceptable es una mínima parte de lo que realmente acontece en nuestro país.


La violencia y el maltrato infantil también se presentan bajo la forma de violencia sexual. Las estadísticas en el mundo y en Chile son alarmantes. El Centro de Atención a Víctimas de Atentados Sexuales (CAVAS), dependiente de la Policía de Investigaciones, plantea que se producen en Chile 20.000 delitos de abuso sexual al año en contra de menores. O sea, cada 54 delitos diarios o 2,3 delitos por hora y, por lo tanto, uno cada 20 minutos. Sólo un 15% se denuncia oportunamente a través de los tribunales y un 3,3% recibe sentencia judicial. Las principales víctimas son niñas y niños menores de 11 años. En 2006 hubo, tanto en Carabineros de Chile como en la Policía de Investigaciones, 4.500 denuncias. Según estudios de victimización, por cada delito perpetrado otros siete se mantienen en silencio. En lo que a abuso sexual se refiere, según estudios de la Asociación Chilena Pro Naciones Unidas, el 97% de las agresiones sexuales lo cometen hombres. Y el 37,5% de los agresores son familiares directos de la niña o del niño. En su mayor número, las víctimas son niñas. Este doloroso fenómeno se da en mayor o menor medida en todos los estratos sociales.

Con fuerza debemos decir: nunca más. Para ello tenemos que estar muy atentos a las señales que den los niños y niñas, que podrían inducir a pensar que fueron abusados y que están ampliamente descritos en la bibliografía y, sobre todo, no callar. Si hay heridas, si hay cambios de conductas, si hay agresividad o silencios nunca ante vistos, preocúpese. Denunciar estos abusos es un gran avance. Ello, porque muchas veces la vergüenza o el temor llevan a silenciar actos repudiables que no se pueden permitir. Si queremos mirar hacia el futuro con un sano optimismo, para frenar esta epidemia debemos introducir en todos los ambientes la palabra prevención. Y ello acontece, en primer lugar, al interior del hogar. En el seno de la familia urge un diálogo franco y respetuoso acerca de estas materias al igual que en los colegios, gimnasios, hospitales infantiles, hogares de menores, etc. En las parroquias de Estados Unidos hay programas extraordinariamente eficaces sobre la materia que han reducido los abusos prácticamente a cero.
Sin embargo, nada de esto dará resultado si no fortalecemos a la familia en sus valores y en sus necesidades. Una cultura hedonista y superficial genera en las personas heridas muy profundas y mucha rabia, las que muchas veces se expresan en agresividad y actos de violencia: especialmente, hacia los más débiles. La labor que realizan Carabineros, la Policía de Investigaciones, el Sename, la Iglesia y otras instituciones que sería largo de enumerar en materia de ayuda a los niños y jóvenes vulnerables es inmensa, pero no dará los frutos esperados si no hay una política de prevención a todo nivel que comience en el seno de la propia familia y en la escuela. Los medios de comunicación pueden hacer un aporte importante al dar a conocer esta dolorosa situación que se vive en Chile y en el mundo entero mostrándola y, sobre todo, educando a la población.

Si bien es cierto que este fenómeno se ha dado en todos los tiempos, se irá agudizando en la medida en que los hombres no nos volvamos a reconocer como hermanos y como hijos de Dios. Soy un convencido de que la promoción de la dimensión trascendente de la vida y una sólida formación valórica y espiritual son la base de un trato digno entre todos los seres humanos, comenzando por los más débiles.