El hombre de Malpaso Productions se tienta con el cine de tesis y políticamente correcto. Nadie es perfecto.   Hector Soto   Cuesta decirlo de otra manera: es una ironía que precisamente en el momento en que Clint Eastwood alcanza mayores reconocimientos a escala mundial –y mejores condiciones de producción para llevar a cabo sus […]

  • 23 febrero, 2007

El hombre de Malpaso Productions se tienta con el cine de tesis y políticamente correcto. Nadie es perfecto.

 

Hector Soto

 

Cuesta decirlo de otra manera: es una ironía que precisamente en el momento en que Clint Eastwood alcanza mayores reconocimientos a escala mundial –y mejores condiciones de producción para llevar a cabo sus proyectos– las dos últimas películas que ha estrenado entren al nicho menos interesante y también más pretencioso de su filmografía. Hay algo en La conquista del honor, y en menor medida también en Cartas desde Iwo Jima, que definitivamente no funciona. Y no es de extrañar puesto que en ambas realizaciones, quizás si por primera vez, Eastwood entra al siempre discutible negocio del cine de tesis que a partir de verdades un tanto pedestres intenta probarlas y demostrarlas con lo que ocurre en la pantalla.

El más clásico de los directores de Hollywood, el cineasta que durante toda su carrera puso su oficio y su talento al servicio de verdades particulares, asociadas estrictamente al comportamiento de sus personajes, esta vez opera en sentido inverso. Partiendo de lo general intenta llegar a lo particular.

En La conquista del honor la película plantea que todas las naciones necesitan héroes y que pueden llegar muy lejos en su esfuerzo por fabricarlos, al costo que sea, pasando por encima incluso de la dignidad de las personas. El relato confronta el momento en que un grupo de soldados izó la bandera americana en una colina de Iwo Jima en el curso de esa larga y cruenta batalla, escena que quedaría registrada en una foto oportuna, con las versiones oficiales que el ejército fabricó de ese instante, utilizando a tres soldados, en realidad tres peleles instrumentalizados con frialdad por los altos mandos, que terminaron recorriendo la Unión en apoyo de la campaña de venta de bonos para el financiamiento del tremendo esfuerzo bélico que entonces Estados Unidos estaba realizando.

Sí, fue una turbia operación de marketing patriótico. Sí, el costo del operativo lo pagaron tres jóvenes inocentes que terminaron muy mal. Sí, esa batalla fue un infierno. Sí, la tesis hace sentido. Pero, lo más importante, lo que no hace sentido son los personajes –la especialidad de Eastwood, extraordinariamente planos aquí– a los cuales un libreto tan severo como literal obliga a repetir frases y representar conductas que están dictadas mucho antes por la supuesta “inteligencia” del guión que por el peso específico que puedan tener como caracteres.

En Cartas desde Iwo Jima, laborioso fresco de la misma batalla, ahora desde la perspectiva japonesa, las cosas funcionan algo mejor. Por de pronto hay más misterio. Eastwood vuelve a lo que mejor sabe hacer, delinear personajes, y a uno de sus temas predilectos, el sacrificio y el honor. Y si la cinta en este aspecto trasunta genuina emoción, su gran problema es que el guión alienta un espíritu reparador del heroísmo de los vencidos que con frecuencia huele a tributo diplomático. Este factor aproxima peligrosamente la realización a ese espacio del cual el cine de Clint Eastwood siempre huyó como de la peste: la conciencia políticamente correcta. Es una lástima, porque inunda las imágenes de buenos sentimientos, resta complejidad al carácter del protagonista, el general Kuribaya-shi (el flashback de la cena de despedida del militar en Estados Unidos es feroz como acumulación de lugares comunes) y simplemente suprime la ambivalencia moral donde Eastwood ha construido sus anteriores catedrales.

A diferencia de lo que suele ocurrir con los cineastas que sufren un traspié o sencillamente se vienen guarda abajo (Wenders o Almodóvar, por hablar de dos cuyos últimos trabajos los colocan en serio entredicho) nadie saldrá de estas películas insuficientes relativizando la obra anterior de Eastwood. Entre otras cosas, porque precisamente es en relación a esas películas inmensas –Los imperdonables, Un mundo perfecto, Los puentes de Madison, Río Místico– que sus dos últimos trabajos no están a la altura. Sin duda que es lamentable. Pero no es fatal.